Por David Durán
Tormenta de viento en el desierto. Rachas que sobrepasan los cuarenta kilómetros por hora en la primera jornada del Commercialbank Qatar Masters. Jueves, 3 de febrero de 2011…
Sergio García ha salido en el turno matutino de juego. Como todos, viene librando una épica batalla contra la calamidad meteorológica. Pero él no sólo lucha contra el viento: es su primera aparición del año en competición oficial y el curso anterior, 2010, lo había terminado a trancas y barrancas, mustio y casi desesperado, peleado con su juego, con sus sensaciones en el campo… Peleado con el golf.
El resultado final del español es de uno sobre par. Notable, teniendo en cuenta que al final del día sólo diez jugadores ganarán al campo. Cinco del turno matutino y otros tantos del vespertino, para que no haya duda de la severa justicia impartida por Eolo. El 74 de Seung Yul Noh y el 77 de John Daly, sus compañeros de partido, también confirman que algo bueno habrá hecho Sergio en el campo.
Pero el rostro de García saliendo del green del 9, por donde acaba, no puede ser más descorazonador. Está literalmente hundido. "Fatal, fatal", es lo primero que dice cuando me acerco, grabadora en ristre. Que si el viento, que si es una jornada muy dura para todos… No hay manera. "Todo eso está bien, y es cierto, pero lo que yo siento es que he jugado fatal", dice con la mirada perdida.
Me he acordado de esta imagen, de aquella mirada perdida, muchas veces en los últimos meses. Porque más allá de sus mejoras técnicas puntuales (pateando, por ejemplo), la gran lucha de Sergio en 2011, y su gran triunfo, tienen mucho que ver con el modo de sobreponerse a sus exigentes sensaciones. Bastante castigan los adversarios, el campo, la suerte o las condiciones de juego, como para encima flagelarse gratuitamente.


