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Un monstruito con cara simpática y la piel de un tambor

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La vista desde dentro del hotel de la fachada en obras.
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No hay pérdida. Llegas a la rotonda y tres enormes tees de color azul, blanco y rojo te dan la bienvenida. Es el Golf National. En París. La sede de la Ryder Cup en 2018. No hay duda. Un enorme tablón anunciando el gran torneo preside la entrada a un club que está plagado de referencias, banderas, mensajes, productos, fotos… Se respira agitación.

Aún quedan 18 meses para que se dispute la Ryder, pero da la sensación de que va a empezar mañana. Se nota la ilusión y ese punto de nerviosismo/tensión en las caras de todos, desde el jardinero que está terminando de rasurar la barba al rough del 16 al camarero que te sirve la cerveza. Es un club entero volcado hacia la Ryder. Es un sueño hecho realidad. Lo transmiten sin querer hacerlo y eso sólo puede ser porque lo llevan muy dentro las 24 horas del día. Contagian.

El hotel está en obras, cubierto por andamios, hay que aligerarse con la chapa y pintura, pero tranquilos, todo estará listo para el gran momento.

Quien está ya preparado es el hombre de verde que vive al otro lado de la casa club. Se llama Albatros y es un campazo de golf. Maravilloso. Un monstruíto con cara simpática. Bello y fiero. Es como el cuento de la Bella y la Bestia, pero todo en uno. Igual es exagerado decir que la Ryder ya podría jugarse allí, pero no es nada aventurado asegurar que en octubre sí que estaría listo. Éste octubre, el de 2017. Para que se hagan un idea del grado de preparación del campo bajo la supervisión del súper intendente español, Alejandro Reyes.

He tenido la inmensa fortuna de poder jugar el Albatros esta semana. Bushnell presentaba su nueva gama de productos para 2017 en el Golf National y ha invitado a algunos periodistas. Una oportunidad extraordinaria. Es el campo de la Ryder. Ya no sólo es verlo, sino poder jugarlo, sentirlo. La experiencia ha sido fantástica. Un escenario de lujo.

El campo es precioso y es muy fácil imaginarse sus hoyos tipo estadio repletos de público en octubre del año que viene. Sólo la llegada al 18, con el enorme lago, con el green del 15 a la izquierda y el del 16 un poco más a la izquierda, es una gozada para los sentidos. Te plantas de pie ante el 18, es una especie de loma que corona el green y ya puedes sentir cómo va a temblar ese suelo.

El Albatros es divertido y fiero. Te exige mucho desde el tee. Hay que jugar recto, muy recto. Un día tonto con el drive te puede hacer sufrir de lo lindo, y eso que cuando nosotros lo jugamos el rough estaba cortado a 55 milímetros. “Tranquilos porque vais a encontrar la bola. En el Open de Francia lo tendremos a 96”, nos dice con una sonrisa Alejandro Reyes. Me lo imagino y me da un escalofrío.

El diseño del campo es fantástico, muy variado. El hoyo 1, por ejemplo, es un dog leg muy pronunciado a la derecha. Un drive con más adrenalina de la cuenta y recto te manda al agua, así que o le echas lo que hay que echarle para tirar por encima de la curva, pegas un slice extraordinario o sales conservador con la madera 3. El tiro después no es largo, aunque tienes agua por delante. Es una magnífica bienvenida.

Los nueve primeros hoyos son muy buenos, pero los segundos nueve son una pasada. Cada hoyo es único y dan ganas de jugarlo cien veces. No es fácil quedarse sólo con uno. El 10 (par 4) es muy bueno, el 11 (par 3) tras la remodelación es espléndido, el 12 es complicado, el 13 es un hoyo que yo llamaría boutique, precioso, tenso como él solo, pero precioso. Y el final es alucinante. Va a ser una de las Ryder Cup con más drama de los últimos tiempos. Nos contaban que un buceador había estado hacía unas semanas en el campo y había sacado de los lagos 80.000 bolas… Así, sin más.

No obstante, si hay algo que llama la atención del Albatros es un sonido, un golpe de tambor, un ruido seco, profundo, intenso, que reverbera. Hablo del sonido que emite la bola cuando golpea con el green. No se te quita de la cabeza. Es estilo US Open. Duros y firmes, y eso que no estaban al límite. Rapidísimos, pero nobles. Es sensacional cómo rueda la bola.

Pienso en la Ryder Cup y se me hace la boca agua… Tengo que dar las gracias a Bushnell y todo su equipo (el gran Raúl a la cabeza) por la magnífica experiencia.

¿Perdón? ¿Me decían? ¿El resultado? De eso, si les parece, hablamos otro día…