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El clan de los irlandeses

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Sergio García, de espaldas en el green del hoyo 5. (© Golffile | Ken Murray)

Pisé Irlanda por primera vez hace casi trece años, unos días antes de la Ryder Cup que se disputó en 2006 en el K Club. El plan, sencillo. Recorrer en coche la isla y terminar la semana en Dublín, desde donde nos desplazaríamos para disfrutar de la jornada dominical de aquella maravillosa y emotiva Ryder en la que se impuso el equipo europeo. Al poco de aterrizar y de empezar a moverme por el país me topé con una maravillosa mezcla de cercanía, amabilidad y carácter. Los españoles no tardamos en sentirnos irlandeses adoptivos y en pensar que, salvadas las distancias y las diferencias culturales, no nos costaría demasiado hacernos al ritmo de vida de la isla. Pese al acento enrevesado, nos sentíamos como en casa.

Algo así les pasa a Sergio García y a Jon Rahm, y lo han declarado en más de una ocasión. El golfista de Borriol estrenó su palmarés en el European Tour al ganar el Open de Irlanda de 1999 que se celebró en el bello parkland de Druids Glen. 18 años después, Jon Rahm seguía sus pasos y también se anotaba su primer triunfo en este circuito al vencer en ese mismo torneo, aunque esta vez en el links de Portstewart, para reeditar su título en la edición disputada este año en Lahinch. Como dijo Newton reciclando un dicho clásico, García y Rahm llegaron a Irlanda a hombros de gigantes, ya que antes de ellos José María Olazábal ya había ganado ese mismo torneo en 1990 en Portmarnock, y, previamente, Seve Ballesteros abría camino al vencer en tres ediciones del Abierto de Irlanda en Royal Dublin y Portmarnock entre 1983 y 1986.

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Precisamente ayer se cumplían 31 años del último triunfo de Seve en el Open Championship, el logrado en 1988 en Royal Lytham & St. Annes, un buen guiño del destino para los españoles presentes en Royal Portrush y, en especial, para Rahm y García. De momento, la combinación Irlanda y links sigue dando réditos al golf español, y los dos se mostraron resolutivos y bien plantados en un Royal Portrush que no escatimó zarpazos a quienes se despistaban, fueran o no hijos predilectos de la tierra (como el maltrecho Rory McIlroy, a quien el ansia le pudo en el primer tee de salida, o Tiger Woods, circunspecto y envarado durante toda la vuelta, con un swing a medio gas que deja traslucir algún problema físico).

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García tiró de calidad y oficio para eludir los problemas en el primer tramo y convertir las buenas oportunidades que se fue procurando a continuación, y aunque se le escaparon un par de birdies francos en los dos primeros hoyos su rendimiento con el putter en los ondulados greens del Dunluce Links dibujaron muchas sonrisas en los aficionados españoles e irlandeses. Por su parte, Rahm bordaba el golf en sus once primeros hoyos, y luego exprimía sus recursos para salvar las dificultades que se encontró en el tramo final. El destino fue el mismo, un magnífico 68 para ambos, aunque el camino se pareciera solo a ratos.

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Por delante 54 hoyos con el cóctel habitual de sufrimiento y júbilo, fogonazos de inspiración y trabajo duro, desajustes compensados con magia y aciertos que no siempre son premiados, todo aderezado por las habituales variables meteorológicas y orográficas que se dan en los links. Entre los rivales directos de los dos españoles, mucho nombre ilustre, entre los que hay que destacar a Shane Lowry, uno de los pocos que relega a los españoles en el corazón de los aficionados locales, y un Brooks Koepka que sigue asustando con esa mezcla de chulería y contundencia en su juego.

Aún queda mucho por jugar, pero ya que estamos con los topicazos, me permitirán que reclame una parte de la suerte de los irlandeses para los “irlandeses adoptivos” y vaya reservando unas cuantas pintas de cerveza negra por lo que pueda pasar.