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Jack McGurn, el golfista letal

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Olympia Fields era un club de golf con pedigrí. Sus acaudalados socios rara vez dejaban que el trajín de la competición turbara la paz de este idílico refugio enclavado en las afueras de Chicago, aunque por sus pulcros greens ya habían pasado algunos de los mejores golfistas de la época durante el primer tercio del siglo XX. Allí, Bobby Jones perdía el US Open de 1928 en un descorazonador desempate ante Johnny Farrell, Walter Hagen acrecentaba su leyenda en match-play al imponerse en el PGA Championship de 1925 y, apenas dos años después, «The Haig» volvía a alzar un trofeo de relumbrón, el del Western Open, en ese mismo recorrido. Dicho torneo, cuya edición inaugural se celebró en 1899 y era considerado uno de los más importantes del calendario, regresaba en 1933 a Olympia Fields, siempre con la aquiescencia de los lugareños, y congregaba a un plantel excepcional. Entre los favoritos, MacDonald Smith, doble ganador de la prueba en 1912 y 1925, Tommy Armour y Jock Hutchinson, entre otros, que, como la lógica deportiva mandaba, acabaron disputándose el título y acaparando la atención del público allí reunido.

Gebhardi era un profesional de club modesto y semidesconocido que no aparecía en casi ningún ranking, pero en abril de 1930 su notoriedad se había disparado al figurar en el cuarto puesto de una chocante lista

Otros partidos apenas arrastraban un puñado de espectadores. Ese era el caso del terceto en el que figuraba Vincent Gebhardi, profesional del Evergreen Golf Course y autor de un aparatoso 83 en la primera vuelta que le mantenía lejos de los líderes. Sin embargo, en la segunda ronda parecía que su suerte había cambiado y después de seis hoyos iba bajo el par del campo norte de Olympia Fields, con lo que superar el ansiado corte en este durísimo recorrido estaba a su alcance. Pese a sus esfuerzos, al partido solo lo seguían un par de curiosos y una rubia despampanante con un traje blanco ajustado que pugnaba con sus curvas, sombrero a juego y un llamativo anillo de diamantes con un pedrusco de tres quilates. El aspecto de Louise Rolfe, pues así se llamaba la esposa de Gebhardi, no tardó en levantar murmullos entre las escandalizadas damas allí presentes, cuchicheos que tornaron en sonoros comentarios cuando aparecieron ocho policías, algunos uniformados y otros de paisano, que rodearon el green del hoyo 7.

Al partido solo lo seguían un par de curiosos y una rubia despampanante con un traje blanco ajustado que pugnaba con sus curvas, sombrero a juego y un llamativo anillo de diamantes con un pedrusco de tres quilates

Gebhardi era un profesional de club modesto y semidesconocido que no aparecía en casi ningún ranking, pero en abril de 1930 su notoriedad se había disparado al figurar en el cuarto puesto de una chocante lista: la de «enemigos públicos» elaborada por Frank J. Loesch, presidente de la Chicago Crime Comission. Y es que Vincent Gebhardi era uno de los alias de Vincenzo Antonio Gibaldi, mafioso de la banda de Al Capone. Nacido en Sicilia en 1902, cuatro años después alcanzó la isla de Ellis, la puerta de Estados Unidos, de la mano de su madre, Giuseppa Gibaldi. Tras una infancia tranquila a pesar de vivir en los barrios bajos de Chicago, Gebhardi se labró una notable reputación como boxeador adolescente y enseguida se cambió el nombre a Jack McGurn, bien porque los irlandeses conseguían mejores combates o porque pretendía alejarse del estereotipo racial italiano, nunca quedó del todo claro. Pese a ello, no tardó en acabar en la órbita de Al Capone, el señor del crimen de Chicago a quien impresionó por su combatividad como púgil. Poco después, McGurn dio un salto considerable en el escalafón mafioso después de ejecutar a los tres asesinos de su padrastro, que se había negado a dejarse extorsionar por una banda rival, y pasó a formar parte del círculo íntimo de Capone junto a otros personajes de peligrosos motes: Fred «The Killer» Burke o Jake «Greasy Thumb» Guzik. No es de extrañar que nuestro protagonista renunciara al «Battling» (combativo) que formaba parte de su nombre pugilístico y optara por un más contundente Jack «Machine Gun (es decir, ametralladora)» McGurn.

 

McGurn dio un salto considerable en el escalafón mafioso después de ejecutar a los tres asesinos de su padrastro, que se había negado a dejarse extorsionar por una banda rival, y pasó a formar parte del círculo íntimo de Capone

Curiosamente, tanto a McGurn, Burke y Guzik como a su jefe, Al Capone, les apasionaba el golf y se pasaban las horas muertas (o asesinadas, en su caso) en el Burnham Woods Golf Course. En estos duelos Capone siempre elegía como compañero a McGurn, un jugador scratch que compensaba las muchas carencias como golfista del cerebro del crimen de Chicago, y por lo general ambos se imponían a sus rivales. Por supuesto, el golf no dejaba de ser un pequeño paréntesis en las vidas empapadas de sangre y alcohol de la banda de Capone, y McGurn se vio implicado en un buen número de altercados con la ley. De hecho, se cree que tenía 25 muertes a sus espaldas y que fue uno de los ideólogos y ejecutores de la masacre del día de San Valentín, el asesinato de siete miembros de la banda de George «Bugs» Moran que se produjo el 14 de febrero de 1929, punto de inflexión en la lucha por el control del crimen organizado en Chicago entre la banda italiana de Capone y la irlandesa de Moran. Sin duda, su puntería con la ametralladora Thompson, la famosa «Tommy Gun» de cargador circular, estaba a la altura de su habilidad con los palos de golf, aunque McGurn se libró de una acusación en firme por aquella matanza gracias a la declaración de Louise Rolfe, quien afirmó haber pasado todo el día de San Valentín con su pareja en un hotel, y a quien a partir de entonces se la conoció como la «Coartada Rubia».

Sin embargo, el encarcelamiento de Al Capone en 1931 y la excesiva notoriedad de McGurn provocaron que los herederos criminales de la banda le dieran de lado y que el matón optara por ocupar un discreto segundo plano y centrarse en el golf. A ello se dedicó con empeño en el Evergreen Golf Course de la esquina entre la calle 91 y Western Avenue, campo en el que invirtió y donde se le solía encontrar entrenando, dando lecciones o jugando a las cartas con otros compinches. De ahí que en 1933 se animara a probar suerte en el Western Open, prestigiosísimo torneo que recalaba una vez más en los alrededores de Chicago.

Pero McGurn no sabía que, justo el día antes del torneo, el juez Thomas Green había emitido una orden de detención contra él y dos docenas de presuntos gánsteres siguiendo el mandato del equivalente estadounidense de la «ley de vagos y maleantes», y que el fotógrafo Tom Shafer había avisado a la policía de la presencia de McGurn en Olympia Fields al reconocer su alias en la lista de inscritos del torneo. El jefe de detectives de la policía de Chicago envió a dos sargentos, que a su vez recurrieron al teniente Frank McGillen y a cinco policías de la comisaría de Homewood, y todos ellos se presentaron en pleno torneo para sorpresa de espectadores y jugadores. McGillen se acercó a un Gebhardi-McGurn cuya bronceada tez contrastaba sobremanera con su indumentaria —camisa blanca, chaleco a rayas y pantalones también blancos de franela—, y le comunicó que estaba detenido. Sin embargo, el gánster pidió a los policías que le dejaran acabar su vuelta y les prometió que luego se entregaría sin ofrecer resistencia. Sorprendentemente, el teniente accedió y McGurn se dispuso a rematar el hoyo 7, aunque el ajetreo hizo mella en sus nervios y salió de allí desquiciado con un doble bogey que volvía a llevarle por encima del par del campo. «¿A qué lumbreras se le ha ocurrido esto?», se escuchó decir a Louise Rolfe, dispuesta a apoyar hasta el final una vez más a su hombre.

El jefe de detectives de la policía de Chicago envió a dos sargentos, que a su vez recurrieron al teniente Frank McGillen y a cinco policías de la comisaría de Homewood, y todos ellos se presentaron en pleno torneo para sorpresa de espectadores y jugadores

En el hoyo siguiente, McGurn perdía el oremus por completo después de que Tom Shafer, el fotógrafo que lo había identificado entre los participantes del torneo y le había denunciado a la policía, le fotografiara tras haber acabado con un abultadísimo 11. «Como me hagas una foto te parto el cuello», amenazó McGurn mientras corría detrás de Shafer, momento inmortalizado por otro fotógrafo del Chicago Tribune. Pese a todo, los policías recondujeron la situación y dejaron que el mafioso terminara su vuelta con un exorbitante 86, que sumado al 83 del día anterior lo llevaban a 29 sobre par, catorce golpes por encima de la línea del corte. Y mientras McDonald Smith alzaba el trofeo del Western Open al cerrar la prueba al par del campo con seis golpes de margen sobre Tommy Armour, Jack McGurn era interrogado por el FBI, aunque, una vez más, su silencio y las buenas artes de su abogado lo llevaron a la calle pasados unos días. «¿He infringido la ley? Solo estaba jugando al golf y me detienen. ¿Por qué a mí? Llevo un año sin hacer nada», declaraba insolentemente McGurn al salir en libertad.

«Como me hagas una foto te parto el cuello», amenazó McGurn mientras corría detrás de Shafer, momento inmortalizado por otro fotógrafo del Chicago Tribune

Pero la suerte y sus antiguos socios le dieron la espalda. Tres años después, el 15 de febrero de 1936, McGurn era abatido a tiros en una bolera justo un día antes del séptimo aniversario de la masacre del día de San Valentín. Aunque se desconoce la identidad de sus asesinos, los principales sospechosos fueron sus antiguos rivales de la banda de «Bugs» Moran, víctimas de muchas de las fechorías del matón de origen italiano. En la mano del cadáver apareció una tarjeta con un breve texto: «Has perdido el empleo, has perdido tu dinero, las joyas y las casas elegantes. Pero podría haberte ido peor. Al menos conservas los pantalones». Un final predestinado para el golfista más letal, en el sentido literal de la palabra, que jamás haya pisado un campo de golf.

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