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Rafa: tenía que ocurrir y tenía que ser así

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Rafa Cabrera Bello, ganador del Open de Escocia. © Golffile | Fran Caffrey
Rafa Cabrera Bello, ganador del Open de Escocia. © Golffile | Fran Caffrey

Tenía que ocurrir, después de tanto disparo a la madera y de tantísimas y dramáticas tandas de penaltis. Después de auparse al top-50 del mundo con suficiencia y de doctorarse cum laude en una Ryder a contrapelo. Tenía que ocurrir, después de haber sumado la escalofriante cifra de 27 top ten en el circuito europeo tras su última victoria, allá por febrero de 2012, en Dubai, hace cinco años y medio. Después de aquellos domingos o fines de semana agridulces en Irlanda, en Francia, en Austria, en Austin (tercero en el WGC match play de 2016…), en Abu Dhabi, en Qatar, en Dubai, en Holanda…

Tenía que ocurrir que Rafa Cabrera Bello, tan valorado y respetado, es cierto, encontrara el premio definitivo, el del triunfo. Sencillamente por todo el trabajo que se ha tomado en el proceso: ese ir limando, puliendo, buscando y reconociendo en la intimidad del entrenamiento diario los puntos flacos, los márgenes de mejora.

Tenía que ocurrir y tenía que ser así: un domingo extraterrestre (tarjeta de 64 golpes, sin bogeys) para alcanzar al líder. Un fin de semana eléctrico, de killer, con 16 birdies en los últimos 36 hoyos, lloviera, tronara, soplara el viento escocés, como ayer, o acariciara el sol del norte de Europa, como hoy. Tenía que ser así: enchufando tres delicados putts para salvar pares vitales en el último tercio de la última vuelta. Tenía que ser jugando un desempate a cara de perro en el par 5 del 18 del Dundonald Links, y pegando un gran drive, y luego una madera de ensueño desde 250 metros a la bandera. Y dejándose el birdie más que dado. Sólo faltó, es cierto, que hubiera embocado el putt de eagle en el play off ante Callum Shinkwin para convertirse siquiera unos segundos antes en el primer ganador español del Open de Escocia, el torneo hueso que se le resistía a la Armada.

Faltó el putt de eagle, pero hoy era el día. Hasta la suerte, esquiva tantas veces, le sonreía (¿te acuerdas, Rafa, de aquel putt de eagle en el 18 del Emirates, hace año y medio, y de cómo Willett enchufó después el suyo para birdie?). De otro modo, sin la fortuna de su lado, el segundo tiro en el hoyo 72 hubiera acabado en el agua, apurado como iba en busca del eagle, pero esta vez no, esta vez la bola rebotaba en un tablón para saltar caprichosa la ría. De otro modo, sin esa pizca de suerte que siempre hace falta, el joven inglés que venía jugando como un gran campeón, Shinkwin, no hubiera titubeado tampoco en el último suspiro para acabar con bogey y darle la oportunidad de salir a desempatar.

A Shinkwin, boxeador amateur con buenas maneras en el cuadrilátero  (no es broma), volveremos a verlo (qué bonito año Ryder nos espera, pendiente como anda el equipo europeo de rematar su renovación). Además de sólo 24 años, tiene todo lo que tienen los jóvenes que dan forma al golf moderno. Pegada y fondo de armario, si de recursos técnicos hablamos. Pero hoy era el momento de Rafa. Hoy, la lanzadera era de Rafa, que efectivamente pasa a otro nivel. Pueden ustedes apostar todo lo que tengan a que no tardará otro lustro en volver a ganar.

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