Hay nueve horas en coche, quizá algo más, de Mobile, Alabama, la sede de la Final de la Escuela del LPGA Tour, a mi casa en Florida. Es tiempo más que de sobra para reflexionar sobre lo que ha ocurrido este año y, sobre todo, en lo que ha pasado en estos últimos días. Qué mal se pasa en la Escuela. Qué tortura. Llega un momento que lo único que deseas es que acabe ya, casi da lo mismo cómo. Así lo sentí hace quince años, la primera vez que la jugué, y así ha vuelto a ser esta vez. Hay momentos que piensas: ¿de verdad merece la pena todo esto? Creo que puedo decir que esta es la última que juego. Pase lo que pase. No quiero volver
Más allá del sufrimiento, que es tal cual, tengo que decir que estoy feliz, satisfecha y orgullosa de haber podido conseguir la tarjeta. Lo siento, pero me vais a tener dando guerra al menos un año más. Y tengo muchas ganas. Me apetece mucho. Y no creáis que siempre ha sido así. Antes de los Juegos Olímpicos estaba en una crisis importante. No estaba jugando bien, los resultados no salían y no hacía más que sufrir en el campo. Era un mal rato. Llegó un punto en el que prácticamente no quería jugar, era como una tortura.
Al mismo tiempo, me sentía fatal por pensar así. Me decía, pero Aza, si son los Juegos, la competición que más ilusión te hace, competir por España, lo grande que es esto, cómo puede ser que no tengas ganas… Pero era así. Sin embargo, en París comencé a ver la luz y se produjo un punto de inflexión. Entre otras cosas, fue gracias a Marcelo Prieto, mi entrenador de toda la vida. Me ayudó mucho esa semana.
Llevaba tiempo trabajando con Edo Miquel, entrenador chileno que como sabéis forma parte, entre otros, del equipo de Joaco Niemann. He aprendido muchísimo a su lado, me han enseñado un montón de cosas, pero al final no funcionaba en el campo. Había mucha técnica y creo que mi cuerpo no ha sido capaz de hacer lo que él me pedía. Sí, en la cancha de prácticas salía bien, pegaba a la bola muy bien, pero en competición, con presión, no lo conseguía. Pensaba demasiado en la técnica, mucha corrección, mucho drill en por dónde tenía que ir el palo, casi en cada movimiento de la secuencia… Hubo momentos que realmente no quería jugar y pensaba para jugar así por qué juego. Tanto viajar, tanto pasarlo mal en el campo, ¿realmente es necesario?
Pero como digo, en los Juegos algo cambió. Mi swing nunca ha sido el más bonito del mundo, yo lo sé, pero de una manera u otra siempre me las he arreglado para hacer pocas. Con Marcelo he vuelto a esa libertad. «Da igual cómo lo hagas, lo único importante es que la cara de palo llegue cuadrada en el momento del impacto», me dijo. Desde entonces, he empezado a jugar al golf, a tener más libertad en el campo, de alguna manera estoy recuperando mi instinto. Si veo un draw, pego un draw, si veo un fade, pego un fade. Juego al golf sin pensar en la técnica, sólo en qué golpe es que dibujo en mi cabeza para cada situación. Me pongo y lo hago.
Desde mediados de octubre he estado trabajando mucho y bien y se puede decir que de algún modo he recuperado la ilusión. Es más, llegué a la escuela con el único objetivo de pasar. Me encuentro muy bien y siento que realmente tengo al menos un año más de golf que ofrecer. Quería pasar para demostrarlo y estoy muy contenta de que haya pasado. Además, estoy en un momento de mi vida personal realmente muy bueno. Si no hubiera pasado, no iba a estar llorando o lamentándome. Si no sucedía, pues sería que mi momento ya había pasado. Pero ha pasado y tengo muchas ganas.
En cuanto a la escuela os cuento una historia curiosa. Los dos primeros días, aunque hice 72 y 74 golpes, la verdad es que jugué muy bien. De tee a green, espectacular. El primer día cogí 17 greenes y sólo hice dos birdies y par total. El segundo día, que hice +3, fue increíble. Cometí un bogey tonto en el 12, mi tercer hoyo, después me llegó un tripateo y seguí con cuatro putts en el 17. De pronto, en ocho hoyos me había puesto +4 y estaba jugando bien. Pasó lo que suele pasar. Si jugando bien, no aprovechas, el golf te está esperando. A partir de ahí, empecé a jugar mal, pero fui salvando pares increíbles, unas recuperaciones impresionantes y al menos pude salvar los muebles.
Al acabar de jugar hablé con Tim, mi marido, y le expliqué lo que estaba pasando. El juego estaba bien, pero el putt no funcionaba. Uno de los clientes de Tim es Brooks Koepka y decidió escribirle para ver si me podía dar algún consejo para el putt. Brooks le puso un mensaje y me lo pasó. Cuando lo leí, lo primero que pensé es: hay que ver lo fácil que ven el golf los buenos. Yo tenía muchas dudas con las líneas de los putts y lo único que me decía en el mensaje era, precisamente, que no pensara en las líneas, que no me preocupara por eso, que daba igual la línea, que me pusiera encima de la bola, mirara al hoyo y tirara a meter. No parecía mucho, pero me ayudó un montón. Me dio libertad y tengo que decir que he metido muchos putts. El sábado jugué como una moto y fue clave para darle la vuelta a la Escuela, así que muchas gracias a Brooks y a Tim.
El mensaje de Brooks me hizo recordar una historia que me contó So Yeon Ryu hace tiempo. Éramos muy amigas y ella prácticamente íntima de Inbee Park. Un día vino y me dijo algo así como: «sabes qué, no le vuelvo a preguntar nada a Inbee porque me pone de mala idea. Le he pedido si me podía ayudar con el putt y me ha dicho que es muy fácil, que me ponga, mire al hoyo y le das, nada más». Pues eso, qué fácil lo ven los buenos.
Por último, una curiosidad simpática. He jugado con varias niñas estos días y cuando les decía que tenía 37 años me veían como a un dinosaurio… Las entiendo perfectamente. En primer año en el Tour me pasaba lo mismo cuando jugaba con Karrie Webb, la veía como un dinosaurio, y tenía la misma edad que yo ahora. Cómo cambian las perspectivas…
Hala, a seguir dando guerra. Con todo.




Mucho éxito y a renovar la ilusión