No hay que ser un lumbreras o un prodigio de intuición, ni siquiera formar parte de su círculo más cercano, para darse cuenta de que Rafael Nadal es fundamentalmente un miedica. Sólo haber permanecido atento a algunas cosas que dijo, que todavía dice, que hizo, que todavía hace. Eso y, por supuesto, haber leído RAFA. Mi historia, el libro que compuso mano a mano con John Carlin hace ya más de trece años, revelador al respecto y en todos los sentidos. Ha pasado mucho tiempo, cierto, y hoy Rafa seguramente no necesite ya dormir con una luz encendida o la televisión puesta…
De muchas y variadas maneras se ha escrito o dicho aquello de “no es valiente quien no siente miedo…”. Nos quedamos ahora con la cita que se atribuye a Nelson Mandela: “El valiente no es quien no siente miedo, sino aquel que lo conquista”. Rafa no ha hecho otra cosa que afanarse casi a diario por conquistar sus miedos, ponerles cerco, domarlos, someterlos hasta donde fuera posible. Por eso, Nadal, el miedica, es también fundamentalmente un VALIENTE con mayúsculas.
Seguro que muchos rivales de Rafa se sintieron intimidados ante sus rutinas guerreras previas al duelo en la pista, pero cabe una sospecha razonable: quizá el fin primero de tales rituales no fuera tanto intimidar como la conquista de sus propios miedos.
La paradoja ha resultado fascinante a lo largo y ancho de todos estos años: viéndolo jugar podías sentir sus miedos, casi palparlos (¿aquellos cientos de miles de primeros saques encogidos?), y a continuación dejarte llevar, gozoso, por la torrentera de un poderío descomunal. Todo comprimido, incluso en un mismo punto. En un mismo juego. No digamos ya en un mismo set, en un mismo partido.
De perdidos, al río. Las veces que hicieran falta. Muchas gracias, Rafa, por revolverte una y otra vez contra tu ‘naturaleza’ e ir, de perdido, al río. Qué lección permanente. Qué disfrute. Qué disfrute. Qué disfrute.



