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Cuando el R&A y la USGA ‘aconsejaron’ la prohibición del belly putter lo hicieron por una cuestión de principios:
resolvían que el anclaje de un palo al cuerpo atentaba contra lo que tradicionalmente se entiende como el golpeo natural en el juego del golf. Sin más.
Era pues un asunto de tradición y preservación de la misma. Era asimismo un tácito reconocimiento a un error cometido años atrás, cuando se bajó la guardia y se permitió su uso.
Tim Finchem, el comisionado del PGA Tour, se ha mostrado ya en contra de la prohibición. También Steve Stricker, miembro del consejo de jugadores del circuito americano. Ambos argumentan que no hay datos concluyentes para determinar que el uso del belly suponga una ventaja competitiva… A la tradición ni la mentan.
Permitan una reducción al absurdo.
Imaginemos que a partir de mañana comenzamos a chutar la bola en los greenes para tratar de embocarla. No usaríamos el putter, sino los pies. Es probable que tampoco en este caso hubiese datos concluyentes que determinasen que el uso del pie (descalzo, para más señas) supusiera una ventaja competitiva. Y sin embargo todos tendríamos muy claro que eso ya no sería exactamente lo que siempre se entendió como golf…
En el caso que nos ocupa la línea que separa las dos posturas es mucho más delgada, evidentemente. Pero llega un momento en el que hay que poner freno a según qué evoluciones y mejoras en el equipo. En su momento ya se acotó el tamaño de las cabezas de los drivers.


