
Faltan 733 días
Prisas. Las que tenía Rory McIlroy en la tercera jornada. Salió a comerse el mundo, pero fimaba un 40 por los nueve primeros de Pinehurst. En el hoyo 5, par 5 con viento a favor, había pegado una gran salida…
Y tenía un hierro 7 en las manos para disparar al green. Lo vio claro. Ahora o nunca. Eagle o eagle y despegue. Pero apuró tanto, mostró tal ansiedad que el asunto terminaba en bogey. Cualquiera se atreve a descartar a McIlroy, pero lo real y cierto es que hoy sale a once golpes del líder. Estoy convencido de que su US Open terminó de esfumarse en ese hoyo 5.
A saber: buscó el trapo de una bandera traicionera y se fue al bunker de la izquierda, justo al lugar donde en esa situación no se podía fallar. Desde la arena, trató de apurar tanto para darse todavía una opción de birdie, que su bola se quedó en la arena. Y acto seguido, el asunto casi acaba en tragedia: volvió a pegar en el bunker y su bola se quedó haciendo equilibrios y malabares en una pendiente que la hubiera devuelto de nuevo a la arena, de no ser porque Rory anduvo rápido y listo y salió corriendo a marcarla antes de que comenzara a moverse…
Después de la ronda, un maduro reconocimiento: “a veces necesitaría frenar un poco mi entusiasmo”, dijo.
Conclusión final: si yo tuviera el golf de McIlroy en mi cabeza y en mis manos (no ya su cuenta corriente, ya ven, no pido tanto), seguro que habría hecho lo mismo en ese hoyo 5 y, como él, me habría equivocado. Maldita sea.


