
Tyrrell Haton ha ganado el Hero Dubai Desert Classic con el temple y el don de la oportunidad de los grandes campeones. Pero la pregunta brota sola, como tantas veces cuando se analiza al jugador inglés: ¿Es verdaderamente una gran estrella del golf mundial? ¿Se le puede colgar esa etiqueta sin miramientos ni objeción alguna?
Vayamos por partes. Tiene 33 años y su palmarés, hoy, ya lo quisieran el noventa por ciento de los profesionales de alto nivel. Acaba de ganar por quinta vez un torneo de las Rolex Series del DP World Tour, circuito donde atesora ya ocho triunfos; ha disputado las tres últimas ediciones de la Ryder Cup con el equipo europeo (2018, 2021 y 2023), del que ahora mismo es pieza fundamental, incluso indispensable; también sabe ya lo que es ganar en el PGA Tour, y no un torneo cualquiera, sino el Arnold Palmer (2020). Es cierto que esta es su única victoria en el circuito estadounidense, pero en este circuito se le ha visto en multitud de ocasiones en la pomada de los domingos. Además, Hatton llegó a ser Número 5 del mundo, un lugar al que llegan muy pocos jugadores, y ahora mismo, con doscientos torneos jugados en el DP World Tour, ocupa ya la undécima posición en la lista histórica de ganancias. También ha ganado un torneo de LIV Golf en su primera temporada en la liga saudí.
Resulta, por tanto, muy sorprendente su discreto rendimiento en los Grandes. Hay que señalar, en primer lugar, que Hatton ha jugado ya 38 majors y que en los últimos 33 que se han disputado lo ha hecho de manera consecutiva, sin ausencia alguna, todos sin excepción desde el Open Championship de 2016, una serie al alcance de muy pocos. Sin embargo, el inglés apenas atesora seis posiciones dentro de los diez primeros y su mejor posición fue un quinto puesto, precisamente en aquel Open de 2016. Más allá del resultado final, es que tampoco se le ha visto prácticamente nunca entre los verdaderos candidatos en los últimos nueve hoyos del domingo, esa es la verdad.
De hecho, nunca en toda su carrera ha salido a jugar en uno de los tres últimos partidos de la última ronda en un Grande, un detalle verdaderamente sorprendente, tratándose de un jugador tan consistente y buen competidor. La vez que salió a jugar la última ronda de un Grande con más opciones fue seguramente en el US Open de 2018, aquel de la carnicería en Shinnecock Hills, arrancando a cuatro golpes del liderato, aunque cinco partidos por delante del partido estelar.
Sus resultados en los Grandes tampoco pueden catalogarse de desastrosos, pero tampoco debe olvidarse que ha fallado hasta catorce cortes en 38 comparecencias, un porcentaje bastante abultado. Su último registro notable fue el del Masters del año pasado, en el que terminaba en novena posición, pero, una vez más, no fue nunca un factor a tener en cuenta. No, los Grandes no son lo suyo.
A partir de aquí habría que debatir qué necesita ganar o hacer un jugador para ser considerado una súper estrella. Y es probable que nunca nos pusiéramos todos de acuerdo. Pero da la sensación de que a un tipo como Hatton ya se le puede y se le debe exigir más brillo y peso en las cuatro grandes citas del año.
Tampoco el jugador tiene muy claro el porqué de su irregular rendimiento en los Grandes. ¿Exceso de ganas o ansiedad? Podría ser, pero él desde luego no cree que vayan por ahí los tiros. “No trato los majors de manera diferente en como me siento cuando estoy jugando un jueves, un viernes o el fin de semana. Hay veces que juegas bien durante un periodo de tiempo y por alguna razón los majors no han caído para mi todavía en la semana correcta. Me encantaría que este año uno de los majors cayera en la semana adecuada”, ha dicho hoy mismo, en la rueda de prensa del ganador en Dubai.
Quizá sea sólo una casualidad, como él dice. O probablemente no lo sea. De cualquier forma, el caso se antoja ciertamente como el de una fruta madura a punto de caer. A nadie extrañe que sea 2025 el año en el que Hatton finalmente encuentre el modo de rendir en estos torneos, aunque sólo fuera para llegar con opciones al esprint final.


