La USGA y su torneo insignia, el US Open, van a conducirnos esta semana por una ruta excitante. Asistiremos a una experiencia única en el estreno de Chambers Bay, un campo que no deja indiferente a nadie. Un links en esencia que debe jugarse como tal, donde los profesionales deberán jugar con los contornos y la firmeza del piso, pegando golpes con un pitching wedge que pueden llevar la bola a 180 metros de distancia tranquilamente… Pero es algo más.
Un escenario alucinante. Un prodigio de riesgo creativo con novedades profundamente interesantes sobre el papel, desconcertantes, impactantes. En este sentido, Chambers Bay ya está marcando un antes y un después en la historia del diseño y del propio US Open. Es algo así como un nuevo concepto de los legendarios links británicos, estirado o deformado en ocasiones hasta lo grotesco (ya me dirán ustedes qué piensan sobre los contornos brutales de algunos greenes), afilado en todo caso en los laboratorios del golf del Siglo XXI.
Seguro que veremos al final de la semana agruparse a los detractores. Profesionales (seguramente muchos de ellos no habrán pasado el corte…) y aficionados. Pero seguro que también habrá quien quede prendado para siempre del recorrido y del evento. Puede que incluso sea alguien que se acercaba por primera vez al deporte de los catorce palos. La controversia y el abanico de pareceres forman parte del espectáculo. El hecho de que la USGA explore y abra nuevos caminos a machetazos ya es en sí mismo un soplo de aire fresco, una bendición.
Semana para los jugadores creativos, tiempo para la intuición y los recursos alrededor de unos greenes gigantes y a duras penas definidos. Jason Day ya ha dicho que no le extrañaría nada ver el domingo a un buen grupo de jugadores del European Tour en disposición de llevarse el torneo…
Que el viejo Tom Morris nos proteja.



