El diario de de la Gira de este domingo, 18 de enero de 2015, me traslada obligatoriamente a la segunda mitad del mes de mayo de 2014, casi ocho meses atrás…
Andaba yo tomando el aire o esperando a no sé quién en la puerta del hotel oficial de los jugadores del BMW PGA Championship, en Virginia Water (Surrey, Inglaterra), a unos kilómetros del señorial Wentworth Club. De repente sale Gary Stal llorando desconsoladamente. Desesperadamente. Junto a él, su entrenador, o quizá era su mánager, no recuerdo bien. En estos casos, por avezado periodista que uno sea, mejor quedarse en un discreto segundo plano. Así lo hice. Llamaron a un taxi, pero no se subieron, luego a otro, se movían como quién anda desorientado…
Qué demonios habrá pasado y ha cogido a este joven francés lejos de su casa, me preguntaba. Situación por otro lado elemental si te pasas veinte o treinta semanas al año de acá para allá: algo termina ocurriendo que te coge a desmano. Así que recuerdo perfectamente que me dio por pensar en esa parte tan complicada de la vida itinerante de los profesionales del circo del golf. Todos: jugadores, entrenadores, fisios, agentes y, en fin, elementos varios, incluidos los periodistas. No es tan maravillosa esta vida como pueda pintarse o imaginarse, aunque las vivencias sean intensas y muchos de los protagonistas, jugadores sobre todo, sean realmente unos privilegiados.
Nada volví a saber del incidente. Me olvidé de aquello hasta hoy…
Regresamos a este domingo 18 de enero de 2015. Stal acaba de alzar su primer gran trofeo profesional. Se lo ha birlado a tipos como Kaymer y McIlroy. En la rueda de prensa un colega le pregunta al ganador en quién o en qué pensaba cuando enfilaba visiblemente emocionado el camino de salida del green del 18. Respuesta: en mi madre (Cristine), que falleció mientras yo estaba jugando en Wentworth. Casi no puede terminar de responder. Está llorando de nuevo. Touché.



