
Llegué al green, alcé la vista y ahí estaba su nombre en lo más alto del tablero. Fue una sorpresa con mayúsculas después de cómo había ido el día y la cantidad de birdies que nos habíamos dejado por el camino; pero sin saberlo estaba siendo la tónica general de todos.
Es lo que se suele decir en estos casos: “nadie quería ganar”. Nosotros habíamos tenido nuestras opciones después de unos buenos primeros nueve hoyos en -3, pero el par del 10 (par cuatro que se llegaba de uno) y sobre todo el bogey del 11 desde apenas 20 yardas del green parecía el final de un bonito cuento.
Pero llegó el birdie del 12 después de un tiro soberbio con el wedge y nos plantamos de dos al borde del green del 13 (par 5). Volvíamos a tenerlo ahí cerquita, o eso pensamos los dos sin ni siquiera hablarlo. Sin embargo, otra vez, estocada al estómago. Mal tercer golpe, un par con sabor a bogey y la sensación de que se volvía a escapar sabiendo todos los hoyos que les quedaban a los que venían por detrás. Y entonces, bonus descomunal al 14, cuando todo se desvanecía… El corazón volvió a acelerarse sabedor de que un buen final podía darnos la victoria.
Y ahí estábamos los dos, en ese preciso instante contemplando ese tablero del green del 15 que tanto llevábamos soñando: Iván Cantero era colíder del Bapco Energies Bahrain Championship. Y lo mejor de aquel instante es que teníamos la opción de romper esa igualdad con un putt de birdie de unos 5 metros derecha a izquierda. No fue el mejor de los intentos, pero otra vez podíamos desnivelar la balanza después de un soberbio hierro 6 en el 16. Esta vez eran 4 metros, también derecha izquierda. Y esta vez me dijo: “Adolf, una la puedo la fallar, dos no”. Pero los dioses no estaban ese domingo con nosotros. También se fue al limbo el intento y esta vez sí que nos quedábamos con poco margen de maniobra.
El par rutinario del 17 nos obligaba a buscar un birdie en el hoyo 72 para intentar el triunfo. Pero amigo, este hoyo no nos había entrado por los ojos en ningún momento. El agua a la derecha y, sobre todo, los dos búnkers que esperaban en el lado izquierdo no eran los mejores aliados. Ya los habíamos pisado el sábado y habíamos salido de allí con un bogey después de hacer tres putts desde unos 25 metros. El domingo, por desgracia, también los visitaríamos. El híbrido salió enroscado y nos lo comimos de lleno. A toro pasado alguno dirá que había que haber ido corto de ese obstáculo, pero nosotros íbamos con este palo porque sabíamos que si la bloqueábamos un poquito cubríamos el agua de la derecha. No sucedía lo mismo con el hierro 4.
La presión era evidente. El par era una obligación para darse una opción de jugar el desempate. El segundo golpe desde la arena no fue el mejor y la recuperación, otra vez desde el búnker y con muchos metros por delante, era demasiado compleja teniendo en cuenta las circunstancias.
Nos quedamos con la miel en los labios, sobre todo después del cruel desenlace del torneo con Pablo Larrazábal. Fuimos todos los españoles al green del 18 a celebrar su triunfo porque todos dábamos por hecho que haría cuatro después de una salida inmaculada. Pero si los dioses no estaban con nosotros, qué decir de Pablo. Los tres putts nos dejaron helados. Intentamos llevarle en volandas en la muerte súbita, pero ese torneo llevaba escrito el nombre de Laurie Canter. Curiosamente habíamos jugado el sábado con el inglés y tengo que decir que las metió desde todas las esquinas. Fue un sábado ramplón salvado de forma magistral en los greenes. Y es que para ganar necesitas estos días donde el juego no acaba de fluir pero eres capaz de firmar 68 o 69 golpes.
El cuarto puesto de Cantero fue sin duda el mejor momento del año. Una temporada que arrancó de forma magistral y que apuntaba a victoria, pero que se fue torciendo poco a poco y que no ha acabado de la mejor manera posible.
¿Será 2026 el año de la primera?
*Adolfo Juan Luna es el caddie de Iván Cantero


