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El día en que una derrota convirtió a un campeón en mito y con ello se rompieron grandes estereotipos

Cuando Harry encontró a Ouimet

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Harry Vardon, Francis Ouimet y Ted Ray.
Harry Vardon, Francis Ouimet y Ted Ray.

Eres periodista y, después del celebrado e histórico triunfo de Jon Rahm en el Masters del 2023 te pegas una columpiada monumental afirmando categóricamente, en la televisión pública, que el de Barrika es relativamente español, que su triunfo no despierta mucho entusiasmo y que el golf es un deporte de élite ajeno a las clases mayoritarias. Antes de auto amordazarte y salir a escena a hacer un ejercicio de autocrítica y de propósito de enmienda, que debería ser incluso mayor que el de algunos miembros de la realeza, seguramente, y para encontrar un atenuante donde no los hay, deberías de preguntarte de donde viene este burdo estereotipo social, que no es exclusivo de los que tienen altavoces para hacerlo resonar y que no es más que uno de esos atajos que tenemos los humanos para entender el mundo rápido.

Seguramente Lucía Méndez, como tantos otros, se quedó atrapada en los recuerdos de la época del pico de elitismo explícito en la que el golf pasó de un juego popular escocés, que nació como el juego del pueblo, a un deporte de caballeros y, desde luego, con supremacía de los que lo practicaban al otro lado del canal de la Mancha. Este periodo medió, aproximadamente, entre 1830, año a partir del cual proliferaron los clubs privados en el Reino Unido, y 1930 en el que la gran depresión supuso el punto de inflexión que rompió la aparente legitimidad moral del planteamiento anterior. Entonces la ostentación se volvió indecente, los clubs privados cerraban o perdían dinero, aparecían los campos públicos en Estados Unidos y los medios comenzaron a popularizar el golf.

Antes de 1930 el ideal era el caballero amateur que jugaba por honor, ese que es patrimonio del alma, y a partir de ahí fue el profesional el centro del espectáculo y el talento empezó a considerarse más que el linaje. Algún lector avezado seguramente me querrá traer a colación figuras como el viejo Tom Morris y su hijo, pero ellos solo fueron las excepciones toleradas. Fueron iaceptados’ por ser demasiado buenos o incluso útiles, pero, sin embargo, el sistema en sí siguió intacto.

Y es aquí, querido lector, donde es imprescindible llamar al estrado a un golfista, Harry Vardon, que no está hecho solo de cifras, resultados y trofeos sino también de silencios, a veces cómplices y otras intimidantes, y de elegancia. El elegido para defender mi argumentario no es ningún mindundi, -aunque muchos en su época pensaran que el golf no estaba hecho para los de su clase-, ya que entre 1896 y 1914 Vardon ganó seis Open Championship y con ello se hizo con un récord que todavía resiste el paso del tiempo.

Lo peculiar de Vardon, además, fue su forma de ganar con un swing largo y sereno, ese grip fundacional que ojalá todos pudiéramos reconocer en el nuestro y una compostura que imponía sin necesidad de tener que levantar la voz. Tenía esa mezcla de precisión y calma que, intelectualizando el golf, lo convirtió, como diría un tal Corrochano, en arte.

En una era dominada por el drive y la potencia en la que a los jóvenes se les enseña a pegar reventándola lo más lejos posible, para luego limar el swing y ajustar la precisión, tampoco sorprende que todavía existan jugadores que ganen como lo hacía Vardon, colocando la bola en el lado bueno del hoyo, protegiendo el error con una estrategia sólida y dejando que la precisión haga el trabajo. Nombres como Abraham Ancer, Morikawa, Harman o Tom Kim, o incluso dos reconocidos capitanes de Ryder como Luke Donald y Zach Jonson, demuestran que el golf moderno sigue premiando la inteligencia y la estrategia tanto como los metros.

Pues bien, Harry Vardon fue en sí mismo otra enmienda al estereotipo caricaturesco de que el golf es un deporte de élites. Nacido en una familia humilde de Jersey, entró al juego como jardinero y caddie y se abrió camino hasta la cima a base de oficio, disciplina y talento. En una época en la que los amateurs acomodados marcaban el prestigio, Vardon no solo dignificó la figura del profesional, sino que también me atrevería a calificarle como el primer influencer del golf abriendo camino a Arnold Palmer y al DeChambeau de nuestros días.

Fue maestro y convirtió el golf en un trabajo respetado. Además de diseñar campos, viajó por medio mundo llevando el golf más allá de los salones a nuevas fronteras y compitió incluso cuando la tuberculosis debilitó su cuerpo, pero no su carácter demostrando, una vez más, que la resiliencia acaba por dar sus frutos en forma de victorias. En sus golpes había más que técnica: había dignidad, temple, humanidad. Por eso, quien descubre su historia —sea un amateur de pachangas de fin de semana o ganador de torneos, como espero lo sea alguno de mis respetados lectores— termina sintiendo una admiración tranquila, casi íntima.

El US Open de 1913 en el The Country Club, en Brookline (Massachusetts), fue el escenario de otro notorio duelo, esta vez con lluvia y viento persistente, en el que dejó de mirarse desde arriba y empezó a reconocerse en el mérito de cualquiera que se atreviera a jugarlo y Vardon fue uno de sus protagonistas estelares.

Estados Unidos vivía en 1913 un tiempo de transición, nuevo presidente, una economía que se modernizaba, millones de inmigrantes llenando ciudades en expansión y el país acercándose, sin ser consciente, al mundo convulso que precedía a la Gran Guerra. El golf, entonces, aún era un símbolo de élite británica.

Y es en ese contexto donde se libró  la contienda que cambiaría la historia cuyos protagonistas fueron Harry Vardon y Ted Ray contra un joven amateur, Francis Ouimet, que vivía frente al campo de Massachusetts, uno los clubes fundadores de la USGA y un escenario histórico e icónico del golf estadounidense.

El U.S. Open de 1913 parecía tener final escrito. Vardon representaba la tradición, la elegancia, la autoridad del viejo mundo. Ouimet era el rostro de una América nueva, humilde, ilusionada, todavía sin medallas, pero llena de futuro. Sin embargo, el torneo terminó en un desempate a 18 hoyos. Allí, donde la experiencia suele imponerse, ganó el rookie aficionado. El rugido del público todavía se escucha cuando uno pasea por el “Home” y en aquel momento fue la desprevenida alarma que despertó de golpe al golf estadounidense.

Lo que hizo Vardon lo convirtió en leyenda más allá de los trofeos porque aceptó la derrota, que demasiadas veces es huérfana, con serenidad, con respeto, con clase. Esa tarde puede que perdiera un torneo, pero también fabricó un puente entre dos mundos.

Bastantes décadas después, alguien entendió que aquel duelo entre Vardon y Ouimet no era solo un resultado deportivo, sino una narración fundacional del nuevo golf americano. Ese alguien fue Mark Frost, autor del libro The Greatest Game Ever Played y guionista de su adaptación al cine. El mismo Frost que co-creó el universo emocional de Twin Peaks y nos hizo cada domingo engancharnos a la pantalla en esa inquietante experiencia que tenía como hilo argumental el asesinato de Laura Palmer.

Que el golf también es relato y puede tener una enorme fuerza humanista es algo que me empeño en demostrar con todas y cada una de mis crónicas. Y, como Frost, creo que precisamente es ese perfil, de origen humilde y sin estridencias y de gran caballero del golf, por el que la historia de Vardon sigue hablándonos hoy.

Vardon no solo aceptó perder con dignidad. Aquella tarde en Brookline, sin saberlo, ayudó a desmontar uno de los grandes mitos que aún hoy cuesta derribar y es que el golf es solo para unos pocos elegidos. Al perder, abrió una grieta en la aristocrática torre elitista desde la que el juego se había mirado durante siglos. Por ella entró Ouimet, y con él, una forma de entender el golf como esfuerzo, como oportunidad, meritocracia e historia compartida con el mundo. Desde entonces, el juego ya no fue solo para los que nacieron dentro. También empezó a ser para los que se atrevieron a entrar. Lo saben Lee Treviño, el pato Cabrera o el recién recuperado para la causa del PGA a sus 62 años, Vijay Singh. Y, si el viento del nordeste lo permite, también lo sigue sabiendo Seve, el genio de Pedreña, donde quiera que esté.

Epílogo: Además de para desmontar a periodistas bien intencionados, escribo esta crónica para responder, con cariño y con algo más que una frase suelta, a mi familia o a los amigos del alma, como Juanjo Siso, que se siguen sorprendiendo de que dedique tantas palabras a algo que, según ellos, interesa a tan poca gente, entre otras razones porque se trata de un deporte de “élite elitista”.

Explicarlo sería mucho, mucho, más largo. Por eso prefiero contar esta historia sin ningún ánimo de moralización ideológica (o sí) sino lo con la intención de compartir lo que, a veces, sin saberlo, nos devuelve, como a ET, a casa. Y que lo lea quien quiera o sepa entenderlo.

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