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Daly desvela su fórmula secreta de la Coca-Cola

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Andanzas y menesteres de un hidalgo caballero español en Asia

Juguetea con tres bolas en la mano poco antes de empezar a patear. Así me recibe Daly el domingo. El hoyo está a diez pasos. Lanza las bolas al suelo, tira la primera, dentro; tira la segunda, dentro; pausa. Fuma y masculla algo a su caddie sobre lo bien tirada que está la Coca-Cola que tiene en el suelo.

Ingeniería del refresco. El estadounidense analiza el vaso: diez centímetros de boca, o sea, como el hoyo, siete centímetros de pie. Lo suelta a borbotones, en centímetros y pulgadas, como si tuviera una calculadora en su cabeza. Turno para el veredicto. La medida perfecta aquí es dieciocho cubitos de media pulgada.

Del primera trago se carga media, sin dudar. El no forma parte del show business, Daly es el show business. Se señala la pernera izquierda, barras; después la derecha, estrellas. Pantalón de domingo.

Dice que se siente bien, que sólo falta tener una semana en la que le gusten los greenes y que está jugando con regularidad y sin grandes sobresaltos. No sólo es que lo diga él, se puede observar en sus tarjetas últimamente. Ya no más slices de 210 metros con el hierro 8, ahora pega menos. La moderación llega a su vida, lentamente, pero llega.

Se acabó hincarse un sobre de M&MS por hoyo, apretarse una cerveza en cada par 3 o tirar los muebles desde la ventana de una suite porque la novia le ha mentido en la edad, quitándose cincuenta meses. Humilde y cercano, rápido. A los diez minutos parece un vecino de toda la vida, por eso lo quiere todo el mundo, es como Tom Hanks, pero versión golfista.

Se acabaron también las catapultas de peso y los balones gástricos. Ahora está como es él, muy en Daly, natural.

Aquí está, ganador de dos grandes, leyenda viva ya desde muy joven y sabedor de que aún guarda alguna victoria en el bolsillo. Quién sabe, con 47, o le aguarda un gran senior tour. Es el único ganador de dos grandes que nunca jugó la Ryder. Diferente en todo, siempre.

Sus marcas comerciales van bien, especialmente Loud Mouth (boca ruidosa). Así es Long John, preparando ya su tercer álbum musical, con el espíritu hippie de la caravana instalado en su alma.

Observa en la distancia a la que trata de convertirse en su quinta esposa, empresa no sencilla, pero al menos le da la calma. Ya no volverá a perder un play off y plantarse con el cheque en Las Vegas tras conducir catorce horas con los mismos zapatos de golf, y perderlo todo en 100 minutos. Eran cosas de la treintena, ahora tiene 47. Se quitó lo malo y lo bueno perdura. No más slot machines en tiradas de cinco mil dólares.

Tiene Open Championship y PGA ganados, un tercero en el Masters del 93 y un puesto 27º en el US Open, sin duda el más estrecho para él. Este es el poso de lo grande que fue… y que es. En el Australian Open de 2011tiró siete bolas al agua antes de marcharse, pero pocos sabían que tenía dos razones: una y la más importante, le daba igual; y otra de peso, que no tenía más esféricos.

Daly, ¿a que no consigue dejarle indiferente?

Mr. Locker Room Insider World