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Diario de ‘unas colegialas’ en los Estates

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Por Pablo Martín (Tuesday… afternoon)

El campo se juega distinto de lo que percibimos en nuestra primera impresión. Es algo más ancho y quizás no tan largo. Ayer hacía frío de pelotas y bastante viento…

Se caía el moquillo. Aún así parecía más asequible que cuando lo andamos por primera vez. El rough alrededor de los greenes tiene gracia. Está amarillo, ya por el frío, y es distinto a lo que normalmente acostumbramos a jugar en Europa.

Finalmente, salimos a jugar con Ryan, uno de mis excompañeros de equipo en Oklahoma State, que se pasó a pro hace unos años. El paso a profesional puede ser muy duro. Lleva tres o cuatro años dando tumbos, como el resto de mis compañeros americanos. No le está pegando bien y se le ve perdido. No es fácil ganarse la vida jugando. Casi no tiene ni que mediar palabra, para sentir tú su estado de ánimo. Mezcla de desperación y rendición. Como si se sintiera un experimento de lo que el último instructor le ha encomendado hacer con su swing.

Me doy cuenta de que lo fácil que resulta para cualquiera en esa situación venirse abajo; sentirse fuera de control y finalmente perder la simple ilusión por intentar dominar el juego. Ahí es donde se complican las cosas. Es fácil tener ilusión cuando uno tiene un circuito en el que jugar y unos torneos asegurados. Un mínimo que te permita no preocuparte por otras cosas fuera del campo…

Cuando el panorama está feo y no todo el mundo lo ve claro es cuando más que nunca hay que tener presente que al final del todo, el golf es un juego. Y como juego que es, uno debe jugar con la ilusión de que un día llegarás a dominarlo. Con la libertad que la misma palabra 'jugar' proporciona. Quizás me equivoque de nuevo… Ojalá. Al fin y al cabo, de eso se trata. De equivocarse y rectificar.