
Por David Durán
Supongo que, de entrada, todos nos hemos planteado dos cuestiones inmediatamente después de conocer la decisión de Tiger Woods…La primera: ¿por cuánto tiempo se prolongará esta ausencia? La segunda: ¿cómo y por qué ha llegado Tiger a tomar esta decisión? O lo que es lo mismo: ¿se trata de una decisión medida al milímetro como parte de una estrategia colegiada junto a sus abogados y asesores, o es la reacción de una persona destrozada?
La correcta respuesta a la segunda cuestión nos llevaría impepinablemente a la primera. Porque si se trata de una estrategia, no creo que se demore en exceso su regreso. Sin embargo, si es el corazón quien manda en la actuación del Número Uno, ni siquiera él sabe a día de hoy cuándo retornará.
Dudo que nos encontremos ante una estrategia fría y calculada. Antes bien, me da la sensación de que Tiger se impone de alguna manera este castigo. El ‘militar’ se auto-arresta.
De hecho, no termino de entender qué beneficio estratégico-financiero-económico podrían sacar Woods & Company de esta decisión… Voy más lejos: como estrategia planificada y anunciada oficialmente, no dejaría de ser una chapuza, puesto que mantiene al jugador de manera indefinida en el ojo del huracán. No, no parece que Tiger haya decidido con la chequera en la mano…
Siempre defendí estos días atrás que Tiger iniciaría su temporada regular en las fechas previstas. Que se refugiaría en el golf, que sufriría en silencio las consecuencias de sus errores y que en un mes, dos a lo sumo, el ‘tsunami’ pasaría. Evidentemente, ya no puedo defender esta idea.
Una certeza: su presencia o ausencia en el Masters de Augusta nos dará una idea muy real del peso y el calado de su decisión. Porque Tiger Woods no se pierde un ‘major’ así como así… De hecho, jugó el Open USA de 2008 prácticamente cojo, arriesgando su salud más allá de los límites de lo razonable.


