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El factor pañal de Keith Elliott o cuando existe esa sospecha, medio estadística medio supersticiosa, de que algunos golfistas empiezan a jugar mejor justo cuando en casa se duerme bastante peor…

Entre pañales anda el juego

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Collin Morikawa.
Collin Morikawa.

Quizás en la cultura popular se predique que todos los niños vienen con un pan bajo el brazo. En el caso del golf, ese refrán de abuela tendría que decir que algunos vienen con una extraña paz para jugar al golf el domingo. Antes de la última ronda del U.S. Open 2025 en Oakmont, el líder era Sam Burns con -4 y J.J. Spaun estaba empatado en -3 con Adam Scott —el australiano de swing impecable y pinta de surfero caro—.

Spaun no preparó la ronda de su vida con una noche perfecta, sino que más bien fue una de las catalogables como de cuchillos largos. En lugar de encomendar sus birdies a Morfeo o visualizar el golpe del día en el hoyo uno, famoso por ser uno de los comienzos más duros del golf, la preparó buscando una farmacia de guardia de madrugada para comprar medicinas para su hija enferma. Horas después ganó el US Open.

Keith Elliott lo habría llamado Nappy Factor. El inglés, con nombre de cantante pop y que caminó por los mismos pasillos del Quarry Bank High School que John Lennon, no era un gurú de la psicología deportiva que quisiera hacer la competencia a este lado del charco a Julie Elion o a Bob Rotella, sino algo más prosaico y, a la par, bastante más peligroso para los buscadores de teorías con cierto sesgo romántico.

El de Liverpool, antes de convertirse en un referente del análisis del golf y de publicar libros de Golf Form —esos que intentan leer tendencias, estados de forma y patrones para anticipar qué jugadores podrían rendir bien en determinados torneos—, estudió Economía y trabajó como divulgador en deportes como el golf y las carreras de caballos, además de como conferenciante motivacional en la industria bancaria. Un posible personaje de canción de Sabina, muy ocupado con su trabajo, y que fue desarrollando sus teorías tangencialmente hasta que se jubiló con 55 años y pudo ordenarlas en sus libros. Seguramente durante años tuvo que explicar a esos ejecutivos con corbata que detrás de los números, KPI, objetivos y resultados siempre hay una conducta humana que considerar como variable del rendimiento.

Su teoría del Nappy Factor apareció en 1996 en el libro The Golf Form dentro de sus consejos para apostar mejor en golf y venía a decir que algunos golfistas juegan mejor justo después de ser padres, y no precisamente porque el bebé les corrija el plano del swing, sino más bien porque les recoloca el mundo y, como diría Rickie Fowler, les hace ganar perspectiva.

La revolución de los pañales que tiene lugar con la llegada del primer hijo viene acompañada de una sacudida mental que puede ser muy útil desde el punto de vista competitivo. El jugador sigue queriendo ganar, pero la escala de valores es otra, cada bogey deja de ser un drama y una mala ronda de golf no lleva aparejada una crisis existencial. Hay alguien más importante esperando en casa, cuyos llantos y despertares a medianoche son ajenos al ranking mundial, y eso, paradójicamente, produce una calma peculiar cuando se es consciente de que perder ya no es lo peor que puede pasar el domingo. Entre biberones se aprende a relativizar. Lo más interesante es que Elliott encontró los patrones invisibles que trae la cigüeña.

Para los escépticos, la teoría puede tener algo de magufa o de sesgo de confirmación, pero Elliott, con su olfato de apostador, observó y concluyó que, cuando un jugador obsesivo se encuentra, de repente, con una distancia nueva respecto al posible resultado, compite mejor al tener menos ruido mental, menos drama o ego y una grieta en el monotema. Bendita perspectiva y capacidad de relativizar.

Todos sabemos que, en un deporte como el golf, pensar demasiado es, casi siempre, una forma sofisticada de boicotear el juego y estorbarse. Con lo cual, cuando la vida deja de preguntarte solo por tu tarjeta y te interroga sobre si has comprado pañales, si ha bajado la fiebre o si has dormido, eso puede valer más que una sesión extra de entrenamiento de putt con Brad Faxon —y eso que él también recuerda que el putt no se resuelve siempre midiendo de más, sino pensando de menos— o una conversación con Gemini sobre cómo conseguir liberar la cara del palo, con o sin el permiso de DeChambeau.

Elliott decía que había identificado el efecto en otros deportes, pero lo aplicó al golf y lo aterrizó en varios ejemplos. La llegada al mundo del primogénito del mismísimo Jack Nicklaus tuvo lugar tan solo un mes y medio antes de su paso a profesional, el 8 de noviembre de 1961. Tan solo ocho meses después también ganaría su primer grande en Oakmont. Seguramente la responsabilidad de la que luego ha sido una familia numerosa afine tanto o más el putt que la ilusión de convertirse en el número uno del mundo.

Arnold Palmer tuvo su primera hija, Peggy, en 1956, dos años después de ganar el U.S. Amateur y de hacerse profesional. Su segunda hija vino al mundo en agosto de 1958, unos meses después de que ganara su primera Chaqueta Verde. A partir de ahí se produjo la explosión del Arnie’s Army y la coronación de un rey, no porque cambiara pañales, sino porque dejó de jugar solo para sí mismo.

La de Elliott no era una ciencia exacta, pero tampoco le hacía falta, porque el golf siempre ha vivido cómodamente en ese triángulo que conforman el dato objetivo, la superstición y la psicología aplicada. Algunas décadas después, el PGA recuperó aquella vieja teoría y la vistió con nombres más cercanos. Danny Willett es uno de los casos más claros. Su mujer dio a luz a su primer hijo antes del Masters de 2016. Si hubiera nacido en la fecha prevista, probablemente él no habría jugado. El bebé se adelantó, el padre hizo la maleta y unos días después volvió con la Chaqueta Verde dentro.

Luego está Hunter Mahan, que hizo justo lo contrario de lo que exige la épica deportiva. Iba de líder en el Canadian Open de 2013 cuando su mujer se puso de parto. Se retiró y eligió estar donde debía. No ganó esa semana, pero su caso explica mejor que ninguno que la paternidad no siempre ayuda a ganar, pero te recuerda qué cosas no merece la pena perderse.

En la misma línea de que la paternidad avala un cambio sustancial en la jerarquía de prioridades, incluso antes del nacimiento, lo demostró Mickelson en el U.S. Open de 1999 en Pinehurst, cuando peleaba por su primer grande mientras su mujer, Amy, estaba a punto de dar a luz a su primera hija. Su entonces caddie, el ínclito Bones, en la época en la que no existían los móviles, llevó un beeper durante todo el torneo para avisarle si Amy se ponía de parto. El lefty por excelencia terminó segundo, a un golpe de Payne Stewart. Al día siguiente, Amanda vino al mundo. Su padre siempre tuvo claro que el buscador sonaría más alto y anunciaría mejores noticias que los rugidos y aplausos del público ante una victoria.

En 1991, Price se retiró del PGA para llegar a tiempo al nacimiento de su primer hijo y, sin querer, con ello le abrió la puerta a la leyenda de John Daly. Lo ganó un año después y fue el primero de otros dos grandes y el del Players Championship, junto con 16 de los 54 torneos que ganó entre 1992 y 1994. Si Elliott buscaba pañales con rentabilidad competitiva, esta es otra muestra alcista de una racha que duró hasta que pudo escolarizar a su hijo Gregory.

El factor pañal no siempre aparece con épica de madrugada como en el caso de Spaun. A veces irrumpe discretamente, como ha sido el caso de Tyrrell Hatton en LIV Andalucía, estrenando paternidad y repitiendo victoria, y de JT Poston en el Memorial, llorando en el green del 18 junto a su mujer y sus dos hijas, la pequeña apenas contando la vida en tres meses.

Quizás por eso, en los últimos años el Memorial parece haberse convertido en un pequeño santuario de la teoría de Elliott. Scheffler también ganó allí su primer torneo como padre, con Bennett casi recién llegado al mundo. Jon Rahm no ganó el Memorial recién estrenado como padre, sino que hizo algo más cinematográfico si cabe. El monstruovirus del COVID le arrancó la victoria que tenía en la mano y, dos semanas después, ganó el U.S. Open en Torrey Pines con Kepa, de apenas diez semanas, en brazos. Si Elliott buscaba el factor pañal en estado puro, ahí tenemos la auténtica versión española.

A veces el factor pañal no llega para evitar la pérdida, sino para enseñarte a gestionarla. Esa es la parte menos obvia y más poderosa de toda esta teoría. Señores golfistas padres, déjenme que les recuerde que no hace falta que un hijo vea levantar una copa para heredar valores. A veces aprende más viendo perder. Porque una victoria tiene muchos padres, pero la derrota deja de ser huérfana cuando alguien la abraza y responde por ella.

En cualquier caso, veamos qué sucede la semana que viene en Shinnecock Hills con Morikawa recién estrenado como padre, Remy, el otro hijo de Scheffler, que ha destronado a Bennett hace dos meses y medio, y Matt Fitzpatrick, que aún no está en el factor pañal de pleno, sino en la sala de espera…

Elliott no encontró una fórmula para ganar torneos. Quizá encontró algo más útil. Que hay momentos en los que la vida te obliga a no seguir siendo el centro de tu propia historia y, cuando dejas de ser el rey sol, curiosamente, es entonces cuando algunos golfistas empiezan a jugar mejor.