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Hasta que el círculo se cerró

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Por David Durán

Jamás he cruzado siquiera un saludo con Severiano Ballesteros.

Pero dejen que les cuente una historia personal…

Nací a mediados de los sesenta, y en los setenta me recuerdo tomando entre mis manos de niño unos zapatos extraterrestres con clavos en la suela… Golf. Mi padre, médico hematólogo, hacía sus pinitos. Después, qué les voy a decir… Mi infancia deportiva no alcanzó a casi nada que no fuera el fútbol y un poquito (sin pasarnos…) de atletismo.

Fútbol, fútbol y fútbol. A todas horas. Fútbol casi a cada minuto, porque si no lo jugaba, lo imaginaba. Salvaje fútbol de patio de colegio reventando zapatos Gorila bajo la lluvia…

Algunos fogonazos: mi padre, que traía una bola firmada por Antonio Garrido, a quien llegó a conocer. O sus comentarios de sobremesa con mis hermanos mayores sobre un tal Seve porque había ganado… ¿el Open Británico? ¿La primera Copa del Mundo, o quizá la del 77, precisamente junto a Garrido?

Aquello fue el caldo de cultivo. Pasaron los años y muy de vez en cuando me asaltaba un pensamiento recurrente: estaría bien jugar algún día a eso de los palos y la bolita… Y, loco ya por casi todos los deportes, sí me enganchaba de vez en cuando al golf gracias a los logros de Severiano, aunque era (y es) casi nada lo que podía leerse o verse. Poco más en mi relación de exuberante juventud con el golf.

No voy a aburrirles. Las retransmisiones de Canal Plus en los noventa, y más tarde de Golf Plus, me metieron de lleno en faena: al fin podía ver golf hasta hartarse uno y, de paso, a quienes nos rodean. Horas y horas.

Un último y definitivo fogonazo: Copa del Mundo 2004 de golf en Sevilla. Cubría el evento para mi periódico, porque el hijo del hematólogo se hizo periodista deportivo (se equivoca quien piense que las nuevas generaciones mejoran a las anteriores…). En la calle del hoyo 9 del Real Club de Golf miro a mi derecha y ahí está. Severiano. De pie, erguido y solo, encima de un pequeño montículo. Mira algo fijamente, muy interesado, y yo miro donde él mira, a ver qué me estoy perdiendo… Pero Seve sólo buscaba el momento de cruzar la calle para dirigirse a la casa club. Vaya. Hay muchisima gente en la zona esperando la llegada al green de Miguel Ángel Jiménez y Sergio García; primero suenan unos tímidos aplausos cuando Ballesteros cruza la calle, y enseguida algunos más, y la cosa acaba en ovación rotunda y atronadora. Seve, al final, cerca del green y ganando la salida hacia la casa club, saluda a la multitud…

Me sobrecogió, así en vivo y en directo, su carisma.

Hoy celebro sinceramente la salida del hospital de este genio. Precisamente, he leido su autobiografía mientras él pasaba el duro trance en La Paz. Si desato mi vena de periodista debo confesar que algo no me cuadra… Chirría alguna pieza del engranaje entre su gigante y poderosa figura deportiva y la dimensión humana que uno espera (que yo esperaba)… Qué sé yo. Algo no cuadra.

En fin, no es el momento de abundar en ello. Y no lo será nunca para mi porque de algún modo él me mantuvo unido a lo que hoy es mi gran pasión.

En mi cabeza todo ha cambiado: golf, golf y golf. A todas horas. Golf casi a cada minuto, porque si no lo juego, lo imagino. Salvaje golf de amateur barato reventando bolas usadas que otro mandó un día al lago.