Somos lo que devoramos en las redes y la tozuda realidad se encarga de valorarnos y etiquetarnos en función de nuestros hábitos culturales más de lo que quizás nos gustaría. Dejando a un lado el debate sobre hasta qué punto alguien con influencia pública tiene responsabilidad en lo que defiende, tristemente, hoy por hoy, siguen teniendo más visibilidad mediática y se presta más atención a las cuestionables teorías de Marcos Llorente que a las de Robert Waldinger, psiquiatra de Harvard conocido por llevar a cabo el estudio sobre la felicidad y salud más largo del mundo, como el drive de Mike Austin en el US National Senior Open de 1974 (y que con este dato muera, una vez más, el edagolfismo).
Este peculiar maestro zen de la ciencia ha demostrado que las relaciones humanas son el factor más importante de bienestar al largo plazo. Extrapolado al golf profesional también es un axioma que los vínculos de calidad con familia, amigos, entrenadores, caddies, y equipo han sido más que determinantes en el rendimiento y la longevidad profesional de los mejores golfistas de la historia.
Curiosamente, y sin necesidad de forzar, también es Tiger Woods el mejor ejemplo de todo esto, aunque, y no solo por una más que humana atención selectiva, en él resulta más identificable el efecto inverso. El juego de Tiger se empezó a “desordenar” cuándo, progresivamente, se desestabilizaron los vértices del triángulo formado por su padre, su entrenador y su caddie, Steve Williams, quienes le arropaban en su época prime de dominio absoluto entre los años 1996 y el 2006.
Desde finales de los noventa, el cáncer fue haciendo mella en la salud de su padre y ancla emocional, Earl Denninson Woods, que falleció en mayo del 2006. En junio de ese mismo año, un Tiger que pocas veces prodigaba sus emociones en público rompió a llorar de una forma muy visible, profunda y espontánea cuando embocó el putt final en el 18 de Royal Liverpool para ganar el Open.
Por aquel entonces, Buch Harmon, el padre putativo de ese swing natural y perfecto para un cuerpo joven y potente como el suyo, – al que llegó a someter a entrenamientos de Navy Seal en busca de retos más extremos-, había dejado de encajar en el perfil de ese entrenador silencioso, leal y poco mediático que Tiger valoraba y ya era Hank Haney el que trataba se simplificar su swing para hacerlo más repetible y reducir su “big miss” a la derecha.
Su convulso matrimonio con la sueca Elin Nordegren, según sus propias palabras, “lo más cercano a la normalidad” que tuvo en su vida hasta entonces, apenas duró seis años (2004 al 2010). Fue la vida paralela de Tiger, la otra realidad cuántica de su vida personal, en la que sucumbió a la tiranía de su destructiva adicción al sexo, la que seguramente también le pasó factura en el campo. El escándalo de un divorcio, con un finiquito de 150 millones de euros, acabó con su estabilidad emocional y lo sumió en culpa, ansiedad y aislamiento. La soledad prolongada es tóxica, mantiene Waldinger, pero es que, además, esta etapa coincidió con la de las lesiones y con el final de su ciclo con Haney. Fue el principio de lo que algunos equivocadamente auguraban como el final y en el que Tiger, según sus biógrafos, Jeff Benedict & Armen Keteyian estuvo sumido en uno de los momentos más oscuros de su vida.

Con Steve Willians, su fiel escudero y guardaespaldas desde 1999 y con el que consiguió 13 majors y más de 60 victorias profesionales, mantuvo una alianza de acero durante 12 años. Steve era famoso por su personalidad fuerte e intimidatoria y, en un momento dado, llegó a ser alguien a quien Tiger no podía controlar. Dos fuerzas de la naturaleza con una tensión no resuelta.
La herida se hizo más evidente cuanto Steve, en un momento de parón por las lesiones del Tigre en el año 2011, le pidió permiso para llevar temporalmente la bolsa de Adam Scott, el swing más sexy a la par que consistente del circuito y que le ha permitido llevar la friolera de 24 años jugando todos los grandes. Tiger aceptó a regañadientes y, tras la victoria del australiano en el WGC- Bridgestone Inivitational, Steve declaró ante la prensa que esa “había sido la mayor victoria profesional de su carrera”.
Esta desacertada frase se interpretó como una falta de respeto que llegaba incluso a la humillación y Tiger la vivió como una autentica deslealtad que fue el detonante que puso fin a la relación entre ambos. La química entre jugador y caddie se había roto y, cuando le despidió, Steve manifestó sentirse como si hubiera sido arrojado a los pies de un autobús. Que se lo pregunten a Cat Stevens con aquel “The First Cut is the Deepest”, pocas rupturas duelen más que la primera.
Sin embargo, como diría cualquier director de casting del viejo Hollywood: “que pase el siguiente…” y el contrapunto, tranquilo, discreto, paciente y cero drama personaje de Joe LaCava (al menos durante 35 años y hasta la Ryder de Roma del 2023 donde ese carácter intensamente protector y leal le jugó una mala pasada y un enfrentamiento con mi adorado Rory), no pudo decir no a Tiger cuando éste le tiró los tejos mientras llevaba de forma temporal la bolsa de Dustin Johnson, quien por aquel entonces ocupaba el número 15 del mundo y era considerado uno de los talentos emergentes más grandes de su generación.

All photo usage must carry mandatory copyright credit (© Golffile | Fran Caffrey)
Sin el escudo emocional de LaCava, Tiger no hubiera ganado el Masters de la redención del año 2019. Aunque Tiger entre el 2014 y el 2018 estuvo en dique seco y no jugó mucho, LaCava manifestó que prefería esperarle tres años que llevar la bolsa de cualquier otro jugador tres días. Esa fue gran inyección de confianza y lealtad que Tiger necesitaba para reconstruirse. En la épica jornada de su victoria el domingo, fue LaCava el que sensatamente le recordó que jugara su juego y no el de otros. Además de ser clave en la estrategia de no arriesgar, le recordó que estaba jugando bien, que hiciera swings sólidos y que todo lo demás vendría por añadidura. Sin saberlo, un feedback constructivo muy al estilo AFIRM como mandan las prestigiosas escuelas de negocios. Una de las motivaciones intrínsecas de Tiger para ganar fue, precisamente, el propio Joe.
En 2019, Tiger volvió a conducir por Magnolia Lane liberado del séquito y del ruido del mundo que durante tanto tiempo le había consumido. Lo hizo con un entorno mínimo, un cordón sanitario sagrado, donde, después de haber reconstruido su vida casi de desde cero, además de Joe, solo quedaban personas que aportaban lealtad, privacidad y mente serena.
El mayor motor emocional, sus dos poderosas razones, fueron sus hijos, Sam y Charlie. Hay imágenes inolvidables, que resumen una vida, como la del gran abrazo entre Tiger y Charlie después de la victoria, sin armadura, sin mito, y la de su madre, Kultida, -quien, aun siempre con un perfil bajo, fue su apoyo emocional constante, aún sin justificar su conducta-, esperando, su turno para fundirse en otro con un gesto que representó el regreso del hijo pródigo al hogar familiar del que nunca debió marcharse.
Tiger no se ha caracterizado por mantener amistades profundas, pero, sin embargo, durante todos estos años el hilo conductor y referente emocional, el discreto testigo de su trayectoria ha sido Notah Begay III, su compañero de habitación y de equipo en Standford y actualmente analista y comentarista de golf. Este activista social en las comunidades nativas americanas, de origen navajo, es su confidente y la persona con quien se relaja fuera del golf. Ha sido quien le ayudó a mantener el equilibro en medio del huracán mediático y le defendió abiertamente durante los peores años. También fue uno de los primeros que le visitó tras su grave accidente de coche del año 2021, cuando su futuro de leyenda se convirtió en un interrogante, y quien le conoce más allá del icono que representa. Es la clase de presencia que ilumina una vida entera. Es, como diría Marian Rojas Estapé, una auténtica persona vitamina.
Al final, no es el algoritmo, ni los resultados, ni el número de dígitos de la cuenta corriente los que definen lo que somos, nos sostienen o nos impulsan, sino los vínculos que decidimos proteger, los que deciden quedarse cuando todo lo demás se desmorona y los que no buscan tu versión perfecta sino la verdadera porque, aun conociendo tus grietas, deciden quedarse.
Y es aquí donde cobran sentido las palabras de Waldinger, después de seguir durante casi 80 años la vida de cientos de personas. Él lo bautizó como la clave del bienestar y dijo que la calidad de nuestras relaciones es la mejor predicción de una vida plena. Tiger lo está viviendo a partir de 2019 y, aunque su golf ya no siga siendo el mismo o nunca vuelva a ser competitivo, siempre podrá también ayudarnos a corroborar que la felicidad no está en llegar más lejos, sino en no hacerlo solo.
Por eso, querido lector, cuando en estas fiestas te sientes en esa mesa especial -rodeado seguro de gente a la que aprecias- te recomiendo que tengas el valor de mirar alrededor y de reconocer que esa es tu auténtica Champions Dinners (aunque ni en sueños llegues a vestir la codiciada chaqueta verde) porque, como diría George Bailey, el ángel de segunda clase de la película de da título a esta historia, “no hay hombre que fracase si tiene amigos” y todos tenemos un (o incluso varios) Notah Begay en nuestras vidas.
Erin Sand
(Escrito en agradecimiento a todas esas afinidades electivas que durante este año han leído paciente e incondicionalmente a Erin, se han ahogado en sus datos, han estado ahí, aunque la vida no diera titulares y aun sin entender, como diría Herbert Wind, -que tantas veces apadrina mis palabras-, que el golf es el más humano de los juegos porque revela el estado de tu mente con la misma claridad con que revela el estado de tu swing. Vosotros sabéis mejor que Bobby Jones, la voz más lúcida del golf y que ha sido protagonista de muchas de mis líneas, que sois los IMPRESCINDIBLES.)



