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La merecida cobertura mediática le llegará a Carlota Ciganda cuando gane su primer Grande

Ellas ya no bailan solas…

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Paula Martín recibe la felicitación de los más jóvenes en la ceremonia de entrega de premios del AIG Women's Open.
Paula Martín recibe la felicitación de los más jóvenes en la ceremonia de entrega de premios del AIG Women's Open.

Mis tiempos de cuando todavía era mucho menos ducha en estas lides del golf -si cabe- son recuerdos de una ventana desde la que se podía ver un renombrado campo de golf y ante la que me quedaba absorta ansiando ser capaz de hacer volar la bola como cualquiera de los privilegiados amateurs que desfilaban por allí en horas en las que el resto de la humanidad nos dedicábamos a levantar el país, o al menos a intentarlo.

Tengo que confesar, atento y paciente lector, que, por aquel entonces, mi ignorancia supina sobre los fundamentos del swing, por mucho que el famoso libro de Ben Hogan reposara con condescendencia en mi estantería, y sobre la forma correcta de cuadrar la cara del palo, ese mandamiento absoluto y universal, me llevaban a pensar que cualquier impacto de bola seguro que superaría con creces el mío, aunque se fuera directa al rough. La impredecibilidad de su resultado era suficiente para mantenerme firmemente convencida de ello. En nueve de cada diez intentos no levantaba la bola y, cuando conseguía que así fuera, admiraba ojiplática el milagro de verla salir y ello pese a tener un swing mucho menos convencional que el real de Eamonn Darcy o el de ficción de Happy Gilmore, con un grip fuerza ocho, ángulo de ataque ascendente (con un hierro siete) y un plano visiblemente out-in. Señores instructores del mundo os animo a uniros en una sonora carcajada ante semejante prodigio.

En cualquier caso, yo seguía asomándome a esa ventana con la idea de que bastaba con observar a cualquiera, con la devoción de una aprendiz aplicada, para absorber el swing por ósmosis o, en su defecto, por kinesiología espontánea. Qué se le va a hacer, a veces, hasta Erin Sand es naif, como el personaje de la película Tin Cup: puro entusiasmo, pero sin tocar suelo.

En una de aquellas ocasiones, me sorprendió el hecho de que el campo se hubiera transformado y estuviera vestido con cartelería especial del Santander Tour. Por un momento pensé en que ese día seguramente sería el del gran espectáculo con hordas de público incluidas. Al fin y al cabo, jugaban las profesionales y el escenario se había engalanado con el esmero que se reserva a las ocasiones que verdaderamente importan.

Y, sin embargo, lo que vi desde aquella ventana no tenía semejanza alguna con lo que había creído anticipar. No era el tipo de escena a la que había sido expuesta cuando, en esos insuperables momentos de pereza post comida vacacional, te ves luchando con Morfeo con el ruido de fondo de las noticias deportivas que resumen los momentos estelares de un major. Lo que empezó como una escena cualquiera terminó siendo una nueva forma de mirar…

No sé si me llamó más la atención el swing tan perfecto y redondo de todas y cada una de ellas -a estratosféricos años luz del de mis amateurs habituales- o el hecho de que la mayoría fueran empujando su propio carrito y que esos golpes sublimes no estuvieran acompañados de los aplausos y rugidos de un púbico (aquel día inexistente).

Recuerdo haberme preguntado por qué no había un amigo, hermano o novio que se hubiera ofrecido a llevarles la bolsa, pero enseguida entendí que seguramente también ellos formarían parte de ese otro sector de la humanidad que, un jueves cualquiera, carga con sus propias obligaciones profesionales y enfrenta un coste de oportunidad demasiado alto como para regalar, sin más, unas horas mal pagadas o directamente no remuneradas. Porque una cosa es querer estar y otra muy diferente poder permitírselo.

Eso sí, ahí seguía yo, quieta tras el cristal, convencida de que en cualquier momento aparecería una enorme grada, una carpa VIP, un ejército de voluntarios, las torretas de la televisión o, por supuesto, un público fiel y entregado. En definitiva, algo que legitimara que estaban ahí jugando su torneo (aunque fuera de los catalogados menores), y a pesar de que nadie, salvo ellas, pareciera demasiado apurado por vivirlo como tal.

Entonces entendí que quizás había llegado el momento de mirar hacia donde durante demasiado tiempo pocos habían querido detenerse. A lo largo de años, las golfistas femeninas competían y ganaban sin público, sin portadas, sin cámaras (o, como Margarett Abbott, ganaban Juegos Olímpicos sin enterarse, convirtiéndolas en un torneo tan invisible que ni el oro se atrevió a brillar). Porque, aunque la cobertura del deporte femenino creció un promedio del 15% en 2020 y se espera que este año 2025 llegue al 20%, el golf apenas representa un 3% del consumo de deportes femeninos, mientras que, huelga escribir, el masculino monopoliza el prime time.

Inbee Park, la exitosa golfista que impresionaba por la calma de quien no necesita demostrar nada, completó su Grand Slam en 2015. Tenía 27 años y con ello selló su séptimo grande. Siete gestas para siete golfistas vivos por aquel entonces que compartieran esa cifra —o la superaran—: Jack Nicklaus (18), Tiger Woods (hasta esa fecha 14), Gary Player (9), Tom Watson (8), Arnold Palmer (7), Annika Sörenstam (10) y Karrie Webb (7). La historia la había admitido. El foco, todavía no.

Eran invisibles incluso cuando ganaban. Pero algo empieza a moverse. El AIG Women’s Open del 2025 ha reventado las métricas digitales

Inbee lo hizo con precisión, temple y ese swing tan impecable que incluso Adam Scott —campeón del Masters, elogiado por su técnica y con un movimiento con ciertas reminiscencias al del mismísimo Tiger— reconoció que, cuando necesita reencontrar su ritmo, piensa en el de ella. La golfista surcoreana venía, además, de una estirpe singular, la de las niñas que vieron a Se Ri Park ganar dos grandes en el 98 y que decidieron que ellas también querían hacer historia. Bendito efecto “Se Ri”.

Diez años después, mi querido Rory McIlroy ganaba el Masters y cerraba por fin su propio Grand Slam Career. Lo logró con 35, tras más de una década bajo los focos, las cámaras y la presión mediática. Él lleva siendo muchos años portada. Ella fue titular durante una semana.

Decía alguien que lo que no son cuentas son cuentos y las cifras del golf femenino no cuadraban, ni en share, ni en minutos de emisión ni en atención mediática. Eran invisibles incluso cuando ganaban. Pero algo empieza a moverse. El AIG Women’s Open del 2025 ha reventado las métricas digitales: +144 % en YouTube, +316 % en Instagram y una comunidad creciente que ya no solo observa, también sigue, comenta, se emociona y se implica.

Y lo mejor está por venir. Porque el futuro del golf femenino ya no se escribe en silencio, se escucha en los nombres que empiezan a sonar desde el mundo amateur. Paula Martín Sampedro, Carla Bernat, Andrea Revuelta, Carolina Lopez-Chacarra están entre las 25 mejores del mundo, ellas junto con profesionales emergentes como Julia López o Carla Tejedo nos dicen que el tramo más brillante del golf femenino español actual está en la cantera, donde una nueva generación empuja con fuerza y talento. Cada triunfo juvenil, cada birdie en campeonatos internacionales o en los circuitos de desarrollo nos tiene que obligar a mirar incluso en los torneos de segundo nivel como a Erin a través de esa ventana. Y el interés ya no es condescendiente: es real. Es mucho más que merecido.

Cuando nuestras jóvenes promesas apenas tenían diez añitos, la que destacaba era Carlota y, aunque el ‘efecto Ciganda’ no tuviera la merecida cobertura mediática y solo fuera noticia y no portada cuando en su año de novata ganó la orden de mérito, confío en que ese exclusivo momento llegue cuando gane su primer grande (y con este desiderátum Erin deja de ser naif para secundar más solventes y fundadas opiniones). En el ínterin tal vez ya no bailen del todo solas. Pero, tristemente, aún hay quien no sabe que merece la pena mirar y ese “no puedes ser tú”, querido lector.