Entregar algo que consideras muy importante a otra persona puede parecer, a priori, que tiene un puntito de insensatez. Eso sí, la vida nos obliga a hacerlo constantemente. Dejamos a un hijo en una escuela infantil, ponemos un diagnóstico en manos de un médico, el reparto de una herencia en las de un abogado y, en golf, acabamos confiando a un entrenador algo tan íntimo y complicado de explicar como es nuestro propio swing.
El problema aparece cuando esa confianza funciona tan bien durante tanto tiempo que uno corre el riesgo de olvidar dónde termina el criterio del experto y dónde empieza el tuyo propio.
A Martin esa duda le llegó en un momento incómodo de su carrera, cuando llevaba ya demasiado tiempo trabajando con el mismo entrenador como para que aquello pudiera reducirse a una relación puramente profesional. Habían compartido rachas buenas, derrotas, ajustes finos y salvadores de última hora y esa intimidad peculiar que nace cuando alguien acaba sabiendo, por la forma en que colocas las manos o por cómo te quedas mirando una bola, bastante más de lo que verbalizas…
Por eso la idea de pedir una segunda opinión puede llegar a sentirse casi como una deslealtad. Mi más que adorado Rory McIlroy llevaba desde niño con Michael Bannon cuando, en 2021, después de seis años sin ganar un Grande, empezó a preguntarse si necesitaba escuchar otros susurros.
Acabó poniéndose en manos de Pete Cowen, pero lo más revelador no fue el cambio de entrenador, sino lo difícil que le resultó contárselo al hombre que había custodiado su swing durante media vida. Él mismo reconocería que no había tenido el valor de llamarle y decirle lo que estaba haciendo. Finalmente, la conversación, dijo, fue algo parecido a tener que decirle a tu mujer que quieres que durante una temporada viváis en casas separadas. Porque hay momentos en los que reconocer la duda cuesta bastante más que cualquier cambio de swing.
Le pedimos a un entrenador que conozca nuestro swing casi mejor que nosotros y, pensándolo bien, quizá el problema empiece precisamente cuando lo consigue. Durante años vamos depositando en él pequeños trozos de autoridad, primero una posición de las manos, luego una sensación en la bajada, después esa tendencia que aparece bajo presión y que él reconoce incluso antes de que nosotros hayamos terminado de maldecir la bola, hasta que un día basta una mirada suya, si no para sanarnos, sí para saber qué hemos hecho mal y, lo que resulta bastante más inquietante, para quizás dejar de preguntárnoslo nosotros.
Wyndham Clark, ganador del US Open y del BMW Championship este año, acaba de proporcionar, sin pretenderlo demasiado, una demostración bastante divertida del fenómeno. PGA Tour Studios y Omaha Productions lo han disfrazado y conseguido que se haga pasar por un excéntrico entrenador ante golfistas que ignoran a quién tienen delante y a los que convence para realizar ejercicios deliberadamente disparatados durante una clase.
Lo verdaderamente gracioso no es ver a un campeón camuflado haciendo el idiota, que tiene su mérito, sino comprobar hasta dónde estamos dispuestos a llegar cuando alguien ocupa el lugar del que supuestamente sabe. Basta un entrenador, cierta seguridad al hablar y alguna explicación pronunciada con suficiente convicción para que un adulto perfectamente sensato empiece a hacer cosas que probablemente se negaría a intentar si se las propusiera su cuñado en la comida navideña. Aunque tampoco conviene reírse demasiado. En golf, la frontera entre un ejercicio extraordinario y hacer el mequetrefe durante veinte minutos puede depender exclusivamente de quién te haya dicho que lo hagas.
Eduardo Celles parece haber entendido bastante bien el peligro de esa autoridad. Empezó a trabajar con Rahm cuando este tenía unos trece años y durante los años siguientes fueron construyendo buena parte de ese swing que todavía hoy no parece encajar con algunos manuales. Tiempo después, ya en la Blume, intentaron modificar su subida para darle más arco y Rahm volvió preocupado a Celles porque querían cambiarle el swing. Celles podía haber recurrido a sus años de experiencia, defender su método o iniciar una de esas discusiones técnicas en las que dos entrenadores pueden emplear cuarenta minutos hablando de dos décimas de segundo que dura el backswing. Sin embargo, hizo algo bastante más sencillo. Le pidió a Jon que pegara series de cinco bolas de una manera y de la otra.
Ganó la bola. Celles ha resumido su manera de enseñar con una idea que encaja sospechosamente bien en esta historia, que el método debe adaptarse al alumno y no el alumno al método. La bola es la que impone su imperio y su razón.
Cambiar de entrenador después de once años no se parece demasiado a cambiar de putter. Uno puede guardar el viejo en el trastero sin preguntarse si le ha roto el corazón. Con las personas resulta algo menos sencillo, sobre todo cuando el éxito profesional, la gratitud y el afecto llevan años ocupando el mismo compartimento de la bolsa.
Justin Rose trabajó con Sean Foley durante once años y en ese tiempo llegaron el US Open de 2013 en Merion, la FedExCup de 2018 y el Número Uno del mundo. No fue una racha especialmente feliz ni uno de esos experimentos que duran hasta que el jugador falla tres cortes seguidos. Fue una era. Y, sin embargo, en junio de 2020 Rose decidió poner fin a aquella etapa. Foley no se había convertido repentinamente en peor entrenador y Rose seguía considerándolo uno de sus amigos más cercanos. Había pasado tres meses trabajando solo durante la pandemia, estaba satisfecho con lo que había descubierto y explicó que había llegado el momento de asumir completamente la responsabilidad de su swing y de su juego, algo que, curiosamente, Foley siempre había querido para él.
Collin Morikawa necesitó otra solución. Empezó a trabajar con Rick Sessinghaus cuando tenía ocho años y permaneció con él durante más de dieciocho, hasta que en 2023 decidió buscar otros ojos y comenzó a verse con Mark Blackburn. Ganó poco después el ZOZO Championship y, sin embargo, antes del Masters de 2024 volvió con Sessinghaus. Cuando le preguntaron si se arrepentía de haberse marchado, respondió que no y añadió algo mucho más interesante, que si volviera a encontrarse en aquel momento probablemente tomaría otra vez la misma decisión.
Entonces necesitaba cambiar. Después necesitó volver. Morikawa deja las cosas bastante menos ordenadas, porque irse no convierte en equivocado todo lo anterior y volver tampoco demuestra que marcharse fuera un error. Eso también ojalá algún día se lo pueda preguntar a Rory que también volvió a entregado a los brazos de Bannon.
A veces llega un momento en que la siguiente lección consiste precisamente en decidir por ti mismo dónde colocar las manos, qué sensación buscar cuando aparece determinado fallo o qué hacer cuando aquello que funcionaba el jueves desaparece misteriosamente el sábado.
Lydia Ko tenía solo diecinueve años cuando, a finales de 2016, decidió separarse de David Leadbetter después de tres temporadas juntos en las que había alcanzado el Número Uno del mundo y ganado dos Grandes. Según contó Leadbetter, Ko le dijo que aquella era una de las decisiones más difíciles que había tomado porque él era como de la familia, pero necesitaba cambiar de dirección. Leadbetter se despidió aconsejándole que tomara el control de su vida y de su juego. Pocos días después fue la propia Ko quien quiso dejar claro que la decisión había sido suya y reconoció que necesitaba asumir más responsabilidad y aprender a tomar sus propias decisiones. Resulta difícil imaginar una paradoja más extraña. Puedes ser la mejor jugadora del mundo y seguir aprendiendo a decidir sobre tu propio juego.
Viktor Hovland lo expresó de una manera bastante menos diplomática. Después de separarse por segunda vez en aproximadamente un año de Joe Mayo, explicó a finales de 2024 que había aprendido lo suficiente como para no necesitar ya que nadie lo llevara de la mano. Seguía enviando vídeos a otro entrenador para tener una mirada externa, aunque lo consideraba más un consultor, y terminó su explicación con una frase que bien podría haber servido para escribir este artículo al revés. “I am the boss of my own swing”. Yo pienso y no sé usted, paciente lector, que ser el jefe de tu propio swing suena estupendamente hasta que uno recuerda las condiciones del puesto.
Martin, mientras tanto, seguía sin tener dos grandes, un US Open ni el Número Uno del mundo que le ayudasen a resolver su pequeña encrucijada, aunque empezaba a comprender que la pregunta quizá no fuera si su entrenador había sido bueno para él porque eso ya lo sabía. La pregunta era bastante más incómoda y pertenecía al presente, porque tenía que averiguar si seguía siendo la persona que necesitaba ahora.
La segunda opinión, además, tiene una reputación curiosamente distinta según el lugar en el que uno la pida. A nadie le parece una traición consultar a otro médico cuando un diagnóstico importa de verdad y probablemente tampoco confiaríamos el reparto de una herencia al primer abogado que apareciera en Google sin hacer alguna averiguación. En golf, sin embargo, basta con que otro entrenador mire nuestro swing durante veinte minutos para que empecemos a sentirnos ligeramente adúlteros. Martín tardó un poco más de la cuenta en admitirlo, pero llegó el día en el que pidió una segunda opinión.
No salió de allí convertido en otro jugador ni con una revelación capaz de arreglarle la bajada en cuarenta minutos, porque ese es el tipo de milagro que el golf suele reservar precisamente al jugador de la esterilla de al lado. Escuchó otra explicación, algunas palabras diferentes para nombrar cosas conocidas y alguna pregunta que nadie le había hecho antes.
Martin salió de aquella segunda opinión sin ninguna verdad revelada y probablemente con alguna duda más, pero también empezó a entender algo que quizá había confundido durante demasiado tiempo. Había puesto su swing en manos de otro, sí, pero eso no significaba que pudiera delegarlo.
Un entrenador puede enseñarte, corregirte, desmontar una sensación que dabas por cierta, descubrir un movimiento que tú ni siquiera sabías que hacías y, con los años, llegar a conocer tu swing casi mejor que tú. Puede hacer todo eso y mucho más, pero hay algo que nunca podrá hacer en tu nombre y es ponerse delante de la bola.
Quizá por eso encomendar el swing a alguien exige una confianza enorme, pero también conservar una pequeña parcela de desobediencia. La suficiente para seguir preguntando, para buscar otra mirada cuando algo deja de encajar y para recordar que escuchar a quien sabe no convierte su criterio en una sentencia. Porque ser el dueño de tu swing tiene una contrapartida bastante menos apetecible. También eres el dueño de tus decisiones cuando salen mal.
Puedes cambiar de entrenador, volver al anterior, pedir una segunda opinión y, si el driver se pone especialmente creativo, encomendarte además a todos los santos del calendario. Lo que no puedes hacer es delegar lo único que nunca dejó de pertenecerte, la responsabilidad sobre lo que haces después con todo aquello que te han enseñado. Martin dio las gracias a quien había cuidad tanto tiempo de su swing y acabó entendiendo qué parte de ese swing siguió siendo suya y cuál tuvo que sostener él…. Porque marcharse no siempre significa dejar de valorar o confiar, sino comprobar quién eres sin esa mano a tu lado.



