Por David Durán
Desde que Tiger Woods reapareciera en Arizona se nos ha quedado la boca seca de tanto cantar las bondades de su retorno…
Por las audiencias millonarias en televisión, por el tirón del Número Uno con los patrocinadores en época de vacas flacas y, en definitiva, por lo bien que le viene a este deporte su presencia excelsa como generador de aficionados.
Y yo les confieso: qué bueno es que Tiger vuelva a estar con nosotros, sí… Y que bueno sería que le sigan dando revolcones de vez en cuando como el de Tim Clark en el Accenture. No me dirán que no les espanta ese retrato robot (nunca mejor dicho…) que se nos está haciendo de un Tiger biónico de rodilla biónica que las pone siempre en calle y que, como si fuera la viva Encarnación de la Regularidad, va a comerse con patatas fritas y sin remedio a sus rivales en stroke play.
La perfección es admirable, desde luego, y finalmente aburrida. El golf necesita su presencia, pero tanto o más necesita su leyenda que muerda el polvo con relativa frecuencia. Claro, que eso no depende sólo de Tiger, sino de un puñado de valientes que pueden y deben hacerle frente…
Sea como sea, Dios nos libre de los paseos militares del general Woods los domingos.


