Hay momentos en la vida en los que las circunstancias, esas que Ortega y Gasset no dejó de recordarnos, te obligan a parar. En el deporte profesional -y el golf ya tenemos todos claro que es olímpicamente uno de ellos-, como en la vida, esas pausas no previstas son una prueba mucho más dura que cualquier competición porque no se trata de entrenar fuerza, potencia o técnica, sino la capacidad de aceptar, adaptarse y volver. Estar en dique seco no significa quedarse quieto, significa trabajar concienzudamente una de las partes más invisibles del rendimiento: la resiliencia.
En la Ryder de Bethpage Black una protrusión de disco impidió a Viktor Hovland batirse el cobre con English. Dejando a un lado la polémica acerca del sobre que condenó al banquillo al jugador de Georgia sin que mediase lesión -ahorrándose algún que otro paquete de chicles por el camino-, es obvio que tampoco para el noruego ver los toros desde el tendido fue la experiencia soñada para un domingo de desenlace cuerpo a cuerpo como tampoco lo fue para Jon Rahm perderse el US Open de 2024 por la lesión en el pie izquierdo.

En el caso de Jon pasaron una dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas hasta su completa recuperación, el noruego, sin embargo, tardó una semana y media en recuperarse -óle por la poderosa herencia genética de sus ancestros vikingos-, aunque todos sabemos que en 2024 estuvo varios meses sin competir y, aunque sí se conocieron algunas causas, problemas en la muñeca o patada a la esquina de la cama incluida, no todas las razones fueron reveladas públicamente. Algunos agoreros se atreverían a decir que es evidente que algo más estructural puede andar cebándose con Hovland y mandando señales de alerta, yo prefiero creer que lo peor ha pasado…
Desgraciadamente no es el único, cualquier entrenamiento de deportista de élite somete al cuerpo a tensiones extremas que en algunos casos pasan factura. Todos tenemos en mente las curas mágicas sobre el terrero que Marnus Marais le hizo a Scheffler en el cuello, cuando jugaba los hoyos 14 y 16 de la segunda jornada del the Players del 2024, o la samaritana intervención de Álvaro Zerolo a Dan Brown en el Open de España cuándo se estaba jugando la victoria o incluso al mismísimo DeChambeau cuando, liderando el US Open de 2024, sufrió molestias en la cadera y las reglas del torneo permitieron dos tratamientos in situ de esos cinco minutos en los que la vida es eterna.

Ellas tampoco se libran. La todoterreno Charley Hull reconoció que había sido poco diligente en las semanas previas al The ANNKA driven by Gainbridge de 2024 y que por ello necesitó tratamiento en su cadera a mitad de la ronda. A pesar o gracias a ello, firmó un sobresaliente -6 que la ayudó a terminar empatada en segunda posición, por no hablar de la lesión de tobillo que no le impidió ganar en septiembre del 2025 el torneo Kroguer Queen City Championship.
En todos estos casos, unas buenas sesiones de fisioterapia bastaron para sanarles y permitirles terminar la ronda- incluso exitosamente-. Pero no siempre el pronóstico es tan favorable. En el otro extremo se asoman amenazadoras las lesiones y/o enfermedades permanentes o crónicas que pueden obligar a un golfista a detener por completo su actividad. Algunos nombres ilustres nos pueden servir para entender hasta qué punto una lesión, aunque sea fortuita, puede marcar una carrera. El propio Ben Hogan declaró que, aunque después de su gravísimo accidente de coche de 1949, consiguiese ganar el US Open de 1950, nunca se sintió igual sino completamente colapsado física y emocionalmente.
Hogan estuvo 59 días (y seguramente las 500 noches de Sabina) hospitalizado sin apenas poder moverse con fracturas varias y la circulación de sus piernas tan comprometida que casi le cuesta la vida. Los médicos dijeron que nunca volvería a caminar sin dolor e incluso algunos dudaron de que volviera hacerlo. Sin embargo, Hogan desde su cama en el hospital, entre vendajes, aparatos de tracción y la compasiva mirada de su inseparable Valerie, empezó a visualizar el swing que haría algún día. Cada respiración le dolía, pero su mente ya entrenaba. Tras ese fatídico choque frontal contra un autobús, Ben Hogan no solo tuvo que reconstruir su cuerpo y su swing -para hacerlo más compacto y de mayor precisión- sino su capacidad de confiar en él. Comentaba a los medios que el suyo era un organismo agotado, con los reflejos alterados y una mente superada por el miedo y la incertidumbre.
Su ejemplo resume con extrema crudeza lo que muchos deportistas sienten cuando una lesión o enfermedad grave les paraliza y es esa falta de alineación entre la mente que quiere volver y el cuerpo que parece que no responde como antes. El milagro de Merion, que es como se ha catalogado a la victoria de Hogan, apenas 16 meses después de su particular calvario, es el símbolo de algo mucho más grande que el golf y es la determinación y la voluntad humana de seguir. Años después, cuando le preguntaron cómo había soportado tanto dolor, Hogan lo resumió con la misma filosofía que guiaba su swing “The secret is in the dirt”, el secreto está en seguir golpeando, en no dejar de trabajar, aunque te duela…
Puede que Hogan o el del mismísimo Tiger sean el espejo en el que se miran muchos jugadores cuando se enfrentan al revolcón de una enfermedad o lesión de enjundia. Las suyas son historias que no solo tienen el necesario punto de optimismo inspirador que puede ayudar a coser la identidad cuando parece deshilacharse, sino que recuerdan que, al final del día, un golfista no es solo un golfista sino seres humanos capaces de redescubrirse más allá de su rendimiento.

Tiger, hasta la victoria de su redención en el Masters de Augusta de 2019 – su decimoquinto grande-, sufrió múltiples lesiones graves que lo llevaron a cinco cirugías de rodilla y cuatro de espalda. Tras su también gravísimo accidente de coche todos hemos deseado que, una vez más, el cuerpo hubiera obedecido a su férrea determinación y que el espíritu indomable del campeón se hubiera impuesto a las secuelas o quizás, sencillamente, verle como si estuviera hecho del mismo metal líquido del androide T-1000 de la película Terminator, capaz de fundirse en sí mismo y volver más duro, más frío y preciso que antes. El pasado 11 de octubre nos despertamos bruscamente de ese sueño infantil cuando anunciaron que se había sometido a una cirugía de reemplazo de disco lumbar. Tiger es un claro ejemplo de alguien que ha aprendido a convivir con el dolor y la adversidad, sabe lo que viene y estoy convencida, y me vuelvo a apostar la zurda, a que no se va a rendir en esa batalla tan íntima que puede suponer la lucha entre la esperanza y el realismo.
La reaparición después de un tiempo que casi se podía considerar en barbecho, si se tiene la fortuna de que llega, suele (o debería) tener un componente de felicidad por poder volver a caminar y competir sin dolor con independencia del resultado. Y si no, querido lector, tire de hemeroteca y recupere las declaraciones de José María Olazábal cuando regresó en el Dubai Desset Classic a finales de febrero de 1997, tras 18 meses sin competir por una complicada artritis reumatoide.
Hay otros jugadores que no llenan portadas pero que encarnan también mejor que nadie el valor de no rendirse. Casey Martin, otro peleón forjado en Stanford, nació con una enfermedad vascular que le dificultaba caminar, litigó hasta el Tribunal Supremo por su derecho a competir con un carrito de golf. Ahora, sin una pierna, se ha reinventado y es entrenador en la Universidad de Oregón. Su perseverancia no es sólo insistir sino adaptarse y seguir persiguiendo un objetivo, aunque sea radicalmente distinto al que se imaginó al empezar.

También está quien lleva la resiliencia en los lazos de las coletas, como Stacy Lewis, con una severa y limitante escoliosis desde niña, quien creció domada por un corsé ortopédico que pretendía enderezarla y que solo podía quitarse para entrenar, sometida a una complicada cirugía y con un palmarés que demuestra que la voluntad y la constancia permiten alcanzar el éxito en forma de dos grandes, 13 victorias en el LPGA y otras dos más que decentes capitanías de la Solheim en 2023 y 2024.
Stacy, a la que echaré mucho de menos ahora que ha anunciado su retiro a finales del 2025, entendió que, aunque el cuerpo se curve, el alma puede permanecer erguida y se puede enderezar el destino. Quizás, y ahí está la lección para todos los que en algún momento hemos sentido el peso del dolor o hemos flaqueado, en el golf o fuera de él, la aceptación es el acto silencioso de levantarse otra vez, ajustarse el guante, respirar y volver a intentarlo, aunque sea de otra forma, simplemente porque la vida misma nos sigue dando cada día un mulligan que es mucho mejores que las exenciones médicas de los grandes circuitos.
Pienso en algunos de los que ahora se recuperan lejos de los aplausos, practican frente al espejo de la duda y, entre infiltraciones y sesiones de heroicos fisios, caminan sobre esta línea fina entre la prudencia y la esperanza, como Fátima Fernandez Cano, Álvaro Quirós, Nelly Korda. Will Zalatoris o Andrew “Beef “Johnson -a punto de regresar en el BMW Australian PGA Championship-, y también tantos otros sin titulares o registros, que pelean por volver a ver volar a la bola ojalá lleguen a saber que, mientras se curan, también nos enseñan a los demás, a lo Garci, como se vuelve a empezar.



