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Los Silva

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Los repipis aseveran que el deporte es un estado de ánimo. Los repipones como yo los superamos: “La vida es un estado anímico”. Y tan ancho que me quedo. Llevo escuchando desde hace años que el periodismo te transforma a peor, saca tu parte más pesimista. Con rabia digo que no les faltaba razón a los agoreros…

Una profesión mal pagada no ayuda, claro. Cuando uno va a rellenar la inscripción para Ciencias de la Información tiene grabado en la cara el entusiasmo de un soriano que avista por vez primera el mar. Cuando cumple su décimo aniversario al pie del cañón y al cabo cobra poco más que una cajera (cajero suena a la máquina registradora) del Mercadona recién empleada y ha echado más domingos y horas extra sin contraprestación que un nigeriano en un semáforo, pues se desespera, se desencanta y se envenena. Debe de ser como el golfista o el tenista que acumula una experiencia de una década dando bandazos y pasa el corte o entra en los octavos de final con escasísima asiduidad. Ergo, llega la desmotivación.

No es que esté yo radiante, cierto, pero tampoco para que me receten ansiolíticos. El sueño de Luis del Olmo se desvaneció cuando cubriste tu enésima rueda de prensa con políticos gañanes que no saben ni qué presentan y cuando te percataste de que la cara del veterano plumilla que tenías a tu vera era la de un pescado hervido (los derechos de autor, para Manel Comas).

Salir de un periódico de once de la noche en adelante, y más si eres sureño, tiene el riesgo de pararte porque la tensión laboral te lleva a relajarte con una copa en la mano, haya habido cena o no. Es en esta situación cuando se disparan las penalidades, las miserias, las fatalidades y los pesares de los juntaletras. Cuando se agrupan y el tema de conversación siempre gira en torno a lo poco que gano, a lo vago que es mi compañero y a lo tirano que es el jefe, mal vamos.

Es más, el día de la marmota de Bill Murray se convierte en una emocionante y divertida visita a un parque de atracciones comparado con las charletas monotemáticas que no hacen más que girar sobre una idea que poco arreglo tiene en dicho contexto.

Supongo que no será exclusiva de la profesión periodística esta pertinaz manía de regodearte en el infortunio, en la mínima profesionalidad del jefazo o en el inmerecido sueldo que te ingresan en la nómina.

Ahora bien, tengo el remedio: los Silva. Son cinco hermanos, aunque el mayor y el menor andan retirados de los hábitos nocturnos. De la terna que queda, sólo hay un periodista, pero los otros dos entran en el lote como si hubieran estudiado en Navarra o en Salamanca.

Aquí es donde recuperamos el concepto de estado vital. De personalidad alegre y dicharachera, tienen por norma no hablar de trabajo cuando tercia un tercio de cerveza, un combinado de whisky irlandés o un chupito de algún líquido de origen americano, incluso si por medio hay una fanta no pierden el sentido del humor, el buen rollo, la sonrisa y sus placenteros efectos.

Ésa es la actitud más sabia que hay que tomar en el trabajo: honradez, cumplimiento del deber y debatir sobre tu situación laboral con la persona adecuada y en el lugar oportuno. Lamentarse en los garitos de noche no lleva a nada, sólo al envenenamiento propio al ir in crescendo la indignación por no hablar jamás del socorrido tiempo.

En principio, no hay constancia de que los Silva tengan una tarifa por salir un rato con ellos y descubrir a quien sea que hay vida más allá del empleo. Para cualquier interesado, basta con escribir un comentario en el blog y le pondré en contacto con esta ONG de la simpatía, la chanza y la cuchufleta. Lo mismo hasta patentan la terapia y se hacen millonarios. Me juego un pincho de tortilla, que decía Luis Herrero cuando aún era periodista, a que se dejan la morterada en el Simone y luego en el Bávara.