
No discuto, válgame Dios, los poderes de la propaganda a lo largo de la historia y hay que quitarse el sombrero (va por ti, Álvaro Quirós) ante el recorrido y el exitazo del eslogan ‘obameño’, nada que ver con Bahamas, del ‘Yes, we can’. En este mundo globalizado, donde encuentras cogollos de Tudela posiblemente en Tokio y en Buenos Aires, la información vuela. Y se copia. ‘Podemos’. Podrás tú, querido, en homenaje a José María García, ya que yo sólo puedo, valga la redundancia del manido verbo, echar mano del ‘Vamos’.
La campaña publicitaria del Partido Demócrata en Estados Unidos sirvió de espejo, tal cual, para los estudiosos en audiencias y tendencias (es decir, gente que va en corbata y se reúne mucho) del canal Cuatro. No entiendo muy bien que cobren sueldazos ejecutivos que plagian, pero así está montado el cotarro. Al grano. ‘Podemos’ fue el lema de la cadena para promocionar a la selección española de fútbol en la Eurocopa. A mí me daban arcadas. Yo seguía gritando el ‘Vamos’, añadiéndole a veces un ‘coño’ final la mar de castizo. Es directo, corto, claro, eufórico y el grito de guerra de muchos deportistas y aficionados.
Pero va el puñetero ‘Podemos’, trisilábico, soso, hueco y absurdo, y se asocia al triunfo de los Iker, los Xavi y los Villa en Viena. No me queda otra que claudicar y reconocer que los chicos de Aragonés llevaron a la gloria un vocablo, entendía yo, con poquísimo gancho. Enganchó. Y yo, chitón. Pero no soporto que haya cuajado. Voy al baloncesto y la afición chilla al unísono, enfebrecida, en pos de la remontada. Y así en todo el deporte.
No me doy por vencido. Coño. He crecido viendo a esa Arantxa haciendo gala de la muñequera española (lo sé, no soy tan pardo; pagaba impuestos fuera, pero eso no me conviene recordarlo ahora) en París y gritando ‘Vamos’. Siguiendo con el tenis, a todos nos parece delicioso enloquecer con Nadal en la Copa Davis, en Wimbledon o en Australia mientras este ejemplo del deporte celebra un punto apretando el puño y la voz: ‘Vamos’. Calcado en el festejo, con menos virulencia que Nadal, está Pau Gasol. Aún no he escuchado salir de su boca ‘Podemos’ cuando pega un mate ‘in your face’ ante Yao Ming: ‘Vamos’.
Lucho con denuedo por ver desaparecer la maldita palabra como impulso de ánimo del deportista español. Aunque el ‘Vamos’ no se puede usar a tontas y a locas. Me entran escalofríos, dolor ocular y un cabreo de pelotas cuando leo en las retransmisiones en directo en Internet lo siguiente: “Vamos Rafa”.
Primero, ¿dónde demonios está la coma? Creo que la norma diría algo así como que hay que separar la oración del vocativo. Es igual. No somos expertos en lecciones, pero sí en escribir. Damos la sensación de zoquetes cuando cometemos un error ortográfico de esta magnitud, por mucho que algunos me tachen de apocalíptico. Se empieza por quitar la coma y se acaba escribiendo como los malditos mensajes de móvil: “Dnd ns vms. 1 bs”.
Segundo, ¿por qué dotar de cierto grado de cercanía, de supuesta relación amistosa, al protagonista y al mero periodista llamándolo por el nombre de pila? En Internet tiene un pase. Son muchas horas escribiendo jugada a jugada lo que pasa en la pista, aunque también me hierve la sangre. Empezando por esta casa. “Bien, Sergio” (si les faltara la coma, yo dimitiría de mi cargo); “Espléndido Miguel Ángel”; “Álvaro entra en el Top 10”; “Chema regresa con nuevos retos”… ¿Sergio quién es, la pareja de Estíbaliz? ¿Miguel Ángel se refiere al artista del Renacimiento? ¿Acaso Álvaro no se llama el escritor apellidado Pombo? ¿O Chema, rememorando el anecdotario infantil, no vendía pan en Barrio Sésamo? Si el periodista es coleguita del protagonista, que casi nunca se da el caso, no tiene por qué enterarse el telespectador, el oyente o el lector. Así que menos compadreo y más ajetreo. ¡Vamos!


