
La verdad es que no sabía qué me iba a encontrar al venir de nuevo a Leopard Creek. No porque no conozca el lugar, sino por el momento en el que llego…
Últimamente no he disfrutado que se diga a raudales en el campo de golf. Ando un poco torpe con el palo por estas fechas… y una mijita de vergüenza en algún pro am también he pasado en los últimos meses. Nada de que alarmarse por otro lado. Es jodido llamarse profesional y tener que pasar por estos momentos. Pero últimamente he empezado a dominar el arte del a mi plin, pikolín. Si sale bien y si no, también.
Debe ser éste un mecanismo de supervivencia en momentos peliagudos en los que uno se juega la vida más a menudo de lo normal por un autobolazo en la mirla, fruto de un infortuito rebote en un alcornoque (he aquí dónde se encuentra un servidor). Y que, aunque no quita del todo el sarpullido que le sale a uno cuando llega al párking del golf, al menos lo suaviza un poco.
Vete tú a saber de dónde viene este infortunio. Lo mismo es del sentido de la vida como de la trócola y los manguitos del carburador… Si los carburadores llevan manguitos que no lo sé. Vaya, que básicamente me estoy pegando en una extremidad, aunque lo he dejado con Peter Cowen hace unas semanas y estoy intentando volver a cositas más normales.
(Permítanme que haga un inciso aquí y aproveche para decir a todos los chavales que estén leyendo esto que se estén quietecitos con sistemas revolucionarios de biomecánica, cámaras y leches fritas. Que no funcionan para bajar hándicaps y que en realidad están ahí para que sus papis suelten la guita, que son unos agarraos con el tema de las clases).
Volviendo a lo de Cowen. Que todavía no tengo ni lo uno ni lo otro. Poquito a poco estoy volviendo a cositas más normales. A poner el palito en su sitio arriba, a sacar la chuletita de su tamaño acorde al palo, a poner la bola en su sitio natural… En fin, todo lo que tenía que haber hecho hace cinco años en vez de haber estado mareando la perdiz con pamplinadas y métodos revolucionarios para atarse los cordones, primero con el americano, que me reventó el swing, y luego con el de la moto.
¡Ay! Pero esto es lo que hay. Tampoco me voy a poner a pegar cabezazos contra la pared por haberla cagado una y otra vez. Alguien ideó llamarle experiencia a las cagadas que no paraba de cometer. Lo hecho hecho está y a seguir pa'lante. Como dice Txema, toca abrir el paraguas y esperar a que pase el chaparrón. Que hay mucho vende humo por ahí y que, como dice Fernán, tienen más peligro que un mono con un bazoka.
También es verdad, como ya dije la última vez: un tío listo aprende de los fallos de los demás. El resto, burros motivaos, ¿no?
En fin, esta semana volvemos a Leopard Creek. Semana de relax, meditación, libros y animalitos. De levantarse a las cuatro porque se empieza a jugar a las 6:20; o porque va uno a un safari matutino, que no matutano; de acostarse a las ocho porque no hay ni tele, ni gimnasio, ni internet. Es una semana en el 'bush' como le llaman aquí.
Y sólo por este motivo ya es especial. Cenitas y charlas con los amigos y un buen campo que jugar. Es fácil estar a gusto en esta parte del mundo.


