
Hoy estoy hiperreflexivo, como a veces le sucede a nuestro amigo Lucas Haurie.
Me he levantado tontón y cuando he enchufado el portátil para seguir el final de la ronda de Stenson y compañía me he preguntado: “¿Qué pensamientos pasarán por la cabeza de los golfistas? Porque se tienen que comer el tarro mucho”. Hombre que piensa, hombre que sabe, soltaba a menudo Juanjo, apodado ‘La Voz de Trueno’, un compañero de dominó de mi padre. No siempre, me digo hoy.
¿Cuánto tardaría un profesional en jugar los 18 hoyos si fuera solo? Ni idea. ¿Hora y media? ¿Algo más? ¿Poco menos? Pues si le restáramos lo que dura un partido de tres, unas cinco horas, saldría un resultado de más de 200 minutos por ronda dándole vueltas al coco. Supongo que a veces, sobre todo a final de temporada, alguno preparará las vacaciones con su familia o sus colegas. O le puede la angustia por la posibilidad de perder la tarjeta y su obsesión no lo dejará evadirse del golf ni un solo instante. Quizás uno con posibles vaya echando cuentas de cómo irán las acciones que le recomendó comprar su asesor fiscal. Puede que alguno se acuerde de un familiar enfermo, otro esté pateando con algo de fiebre o a más de uno se le ocurra mil maneras de matar a su caddie (los pobres siempre salen malparados).
Tiene horas y horas para pensar. Y el resto de los humanos también, oigan, pero en vez de en un campo en Dubai, en un modesto saloncito en un céntrico barrio sevillano. Yo echaba cuentas esta mañana sobre cuánto me costará arreglar el cuarto de baño, pero como soy disperso al rato echaba un ojo a la tabla de resultados: “Parece esto la ONU”, comenté para mis adentros nada profundos. A las 9:17 iba primero un norirlandés, segundo un inglés, tercero un irlandés, cuarto un italiano, quinto un argentino, sexto un australiano, séptimo un sudafricano, octavo un sueco, noveno un danés y décimo un tailandés. Así soy yo, entremezclando la idoneidad o no del bidé en mi futuro aseo con la trivialidad de las nacionalidades.
¿Qué pensará Tiger? Cualquiera sabe, pero no me gustaría ser él, no me da para tanto mi cabeza. ¿Qué pensará Javier Ballesteros, el mozo de Seve, cuando termina en el 9: en su padre, en su futuro, en los dos bogeys finales que lo sacarán del torneo tras una gran ronda…? ¿Qué pensará Jiménez, que según los datos del European Tour lleva 17 cortes pasados de 20 participaciones en Dubai y que se queda apeado al acabar al par? ¿Qué pensará Olazábal, está aún para ganar? Seguro. ¿Qué pensará Donaldson cuando se coloca ese polo de cuadros, se verá guapo? ¿Qué pensará Couples, ya con todo hecho en esta vida? ¿Qué pensará Nacho Elvira o Adrián Otaegui con el futuro enterito por delante?
Yo ahora pienso en McGrane, que va con la tropa delantera, y en la nerviosera que le impidió ganar en Valderrama en 2011 (como se recuerda en esta modesta crónica que me hace rejuvenecer… un par de años: http://www.diariodesevilla.es/article/deportes/825696/bandeja/plata/mcdowell.html). Allí estábamos al pie del cañón, aunque no recuerdo qué pensaba yo entonces y sí me puedo imaginar lo que pensó él cuando enlazó doble bogey, bogey y bogey.
Me asalta otra bobada de repente: mi dislexia con las tres ciudades de la Gira del Desierto. Abu Dhabi, Doha y Dubai. Me lío y nunca sé cuál es la capital de cada emirato, algo que no les pasará a Larrazábal ni a García, recientes ganadores, ni a Cabrera Bello, Quirós, Olazábal, Jiménez, que antes triunfaron en alguno de aquellos minúsculos y ricos países.
Y me piro pensando en Soren Hansen, a quien le tenía cariño desde hace tropecientos años y hacía tanto que no lo veía que cuando lo enfocaron las cámaras, en varias ocasiones, me indigné: “Se han confundido, ése tiene barba y se parece a Ryan Moore”. Entonces caí en la cuenta de que él lleva barba, yo llevo barba y puede que David Durán se la haya quitado para aliviar los calores. Pensamientos.


