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CADA VEZ QUE EL GOLF PIERDE UNO DE SUS NARRADORES TODOS PERDEMOS UN POCO DE LA MEMORIA QUE NI SIQUIERA SABEMOS QUE VAMOS A NECESITAR

Por quién doblan las rotativas: la memoria del golf está en juego

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Herbert Wind.

Los campeones producen recuerdos, los narradores los asientan en la historia. Yo no vi ganar a Seve el Open de 1984 y tampoco escuché el rugido en el hoyo 18 de St., Andrews, y, sin embargo, siento que conozco algo de aquel momento único y no gracias a los archivos, sino a quienes lo contaron. Cuando María Acacia López Bachiller me envía un artículo sobre Seve o me cuenta una anécdota de aquellos años soy capaz de sentir que me asomo durante unos minutos a un mundo que no conocí…

Hace unas semanas Michael Bamberger escribió que los recortes de plantilla de la revista Sports Illustrated eran un duro golpe para el golf. No lo decía un observador cualquiera, sino alguien que había pasado más de 23 años dentro de esa casa cubriendo, principalmente, el golf. Él mismo afirmaba categóricamente que fue la revista que le enseñó a leer y a escribir.

Tampoco se cómo sucedió exactamente, ni quien apagó la luz, o si alguien pudo burlar ese innecesariamente deshumanizado protocolo de despidos y se quedó unos minutos más mirando una pared cubierta de portadas y recuerdos. Desconozco si hubo silencio o algún tiempo para un reconfortante abrazo con un compañero. Lo que sí me consta es que en algún momento de la última semana de mayo de este 2026 varios periodistas especializados en golf como Bob Harig, Jeff Ritter y John Schwarb recogieron sus cosas y abandonaron las oficinas de Sports Illustrated.

Esas cajas marrones, que todos asociamos a momentos de cambio radical, seguramente, además de todos esos objetos que acompañan hitos, logros, etapas y afectos, es posible que pesaran el triple por el infinito espacio que ocupan la nostalgia y la resignación. Me gustaría saber si alguno volvió la vista atrás antes de cerrar la puerta o pensó que había tenido una carrera más larga de lo que inicialmente imaginó. No sé lo que sintieron, pero sí que tengo claro lo que el golf perdió aquel día y lo que implicará para la memoria colectiva.

Tenemos exponencial e infinitamente más ofertas de ocio de la que somos capaces de consumir y un cerebro al que cada vez le cuesta más concentrar su atención en un mismo proceso durante más allá de los segundos que dura un reel… Las historias ya no se leen, se cuentan, se visualizan. Más de mil quinientas palabras es un reto que solo afrontan algunos osados a los que catalogamos de frikis. Máxime si versan sobre historias de golf por mucho que el golf sea la excusa y detrás escondan ejemplos de vivencias, valores y escenarios donde el humanismo triunfa y enseña. No puedo crucificar por ello a cualquier amante del golf porque entiendo que el sacrificio en tiempo que implica jugarlo, verlo, entenderlo, apostarlo y disfrutarlo apenas permite ponerte al día si no es alimentándote de titulares en las redes. Que dé un paso al frente para que le hagan una rotonda en la puerta del Centro Nacional aquel que haya visto una retransmisión completa de un torneo en la televisión con sus cuatro días.

La publicidad, las métricas digitales que miden esas galletas (cookies) que aceptamos de desconocidos, y la presión por los clicks están también desmantelando las redacciones tradicionales. Las últimas salidas de periodistas de Sports Illustrated evidencian que la revista consiguió sobrevivir a su propia muerte, certificada en 2024 después de un derrumbe lento, aunque no haya salido del fuego siendo la misma criatura.

Desde su nacimiento en 1954 y durante décadas, tuvo dinero, fotógrafos propios, corresponsales, tiempo para investigar y medios para viajar y escribir largo construyendo así la mitología del deporte estadounidense e incluso permitiéndose elevar posados veraniegos en bañador a la categoría de iconos.

Aquel modelo fue el que produjo a algunos grandes referentes del periodismo del golf, a los que admiro casi o tanto – o más- que, a mi adorado Rory, como Herbert Wind (quien, además de George Sand, inspiró el apellido de mi pseudónimo), Jenkins (el gran ironista del golf) o Reilly (de quien esta humilde plumilla trata de aprender a encontrar la emoción de la historia humana que los marcadores suelen dejar fuera).

Todos ellos entendieron que informar sobre un deporte y contarlo no suele ser la misma cosa. El resultado de un torneo ahora puede conocerse en apenas una décima de segundo, pero entender las razones por las que un jugador dudó ante un golpe concreto, o por las que una victoria, aparentemente menor, quedó grabada en el imaginario colectivo, o las emociones que un golfista se ve obligado a abandonar en el tee del uno solo está al alcance de quien tiene otra forma de mirar el golf.

Eso es, precisamente, lo que se pierde cuando una redacción decide prescindir de sus periodistas más veteranos. No solo desaparecen firmas con una credibilidad cimentada en años de riguroso trabajo, con ellos se marchan relaciones, memoria, contexto y una sensibilidad especial que jamás tendrá un artículo generado con inteligencia artificial por mucho que el que cree el prompt tenga el criterio y el pensamiento necesario para poder delegarlo. La máquina podrá ordenar la información, pero será incapaz de dejar el sello humano de quien estuvo allí durante muchos años.

El golf va a seguir produciendo resultados, estadísticas, imágenes y declaraciones, desde luego incluso más que nunca, la pregunta es cuánto tiempo podrán sobrevivir a este nuevo contexto sus verdaderos narradores. Porque hay historias cuya supervivencia depende no sólo de que alguien esté dispuesto a contarlas sino de que también, en un mundo mercantilista como el que vivimos, haya quien quiera no solo pagar por ellas, sino detenerse a leer a aquellos que las recuerdan, explican, contextualizan, transmiten como experiencias puras y nos permiten vivirlas como si también hubiéramos estado allí.

Por eso me cuesta infinito contemplar con indiferencia la desaparición de cierto estilo de narradores más afines a mi propio entender sobre las crónicas golfísticas y más si es provocado por la cultura de la inmediatez y de las inyecciones rápidas de dopamina. Quiero creer que todavía podemos recuperar para la causa a aquellos que no se conforman con ver a DeChambeau en las redes fabricando humor burdo sobre su más que cuestionable infracción de la norma en el hoyo cinco en el pasado Open en Royal Birkdale y también a los que les hubiera gustado ser más conscientes de la distancia moral del episodio. Esa que el mismísimo Herbert Wind habría descrito como verdadero ejemplo de cuando el golf se resiste a ser convencido incluso aunque se pretenda llamar al estrado al mismísimo Trump.

Una de las historias de golf más conmovedoras jamás escritas, y cuya lectura recomiendo encarecidamente, no trata de heroicidades en Augusta, de la trágica vida de la primera superestrella del golf, el joven Tom Morris, o de como Ben Hogan se superó a sí mismo después de su fatídico accidente de coche. Dan Jenkins, ese periodista cuya letra escarlata fue el no reconocer el potencial de Seve en sus inicios, se la dedicó a Goat Hills, el humilde campo donde había crecido y que las excavadoras e intereses inmobiliarios acabaron borrando del mapa. Escribió sobre aquel lugar cuando ya no podía regresar a él…

Quizás esa sea la función de un narrador de la vieja escuela, hacernos viajar con las palabras y permitirnos volver adonde físicamente ya no se puede volver. Las excavadoras se llevaron Goat Hills, pero Jenkins consiguió que no desapareciera del todo. El verdadero asunto del artículo no era el golf sino algo mucho más universal y es que llega un momento en el que descubrimos que no echamos de menos un lugar sino la persona que fuimos cuando todavía podíamos volver a él.

Por eso una, que ha llegado tarde a este mundo y por los caminos menos ortodoxos y que se considera por ello una rara avis, todavía tenga mucho golf que leer, escuchar y aprehender. Quizás esa sea la razón por la que soy plenamente consciente de cuánto dependemos de quienes llegaron antes y tuvieron la paciencia y el oficio de observar, preguntar, no conformarse y escribir largo y tendido sin miedo a indigestiones de más de mil quinientas palabras.

Los recién llegados llevamos en el bolsillo todos los resultados, vemos y admiramos como el mismísimo Trevor Immelman se maneja retransmitiendo un grande con el mismo número de pantallas que un banquero de inversión de JP Morgan, pero lo que desde luego no podemos hacer solos es reconstruir la emoción y el aire de aquello que no vivimos.

Para todo eso necesito seguir la estela de aquellos que escribieron cuando todavía se tenía la certeza de que alguien los acompañaría hasta el final. Necesito a Jenkins para poder regresar, de la mano de quien quiera hacer el mismo viaje, a nuestro particular Goat Hills, a Wind para sentir Augusta como si hubiera estado allí prestándome, a través de sus cuidadas palabras, unos ojos más atentos que los míos y en los que, a veces, puedo incluso reconocerme. Necesito a Reilly para poder seguir escribiendo sobre seres humanos que, casualmente, llevan un palo de golf en las manos… Sobre sus miedos, esperanzas, fracasos, pérdidas, amistades, ambiciones, dignidad o, sencillamente cómo les afecta el paso del tiempo…

A veces los llamamos periodistas deportivos, y creo que nos equivocamos. Los mejores han sido y son, antes que nada, humanistas que han elegido el golf como excusa para hablar de personas, de ti y de mí. Puede que el golf no necesite tantos generadores de contenido como tiene hoy, pero lo que seguro que siempre ha necesitado y seguirá necesitando es a aquellos que, como diría Arthur Brooks, nos ayuden a comprender mejor qué significa ser humano en un mundo donde hasta la Inteligencia Artificial puede reconstruir cualquier torneo, pero no explicar por qué una generación entera sigue emocionándose en cada golpe. Demasiado conocimiento, pero poca sabioempatía…

Puede que dentro de treinta años una joven, que todavía no ha nacido, quiera entender por qué el espíritu de Seve sigue emocionándonos en la Ryder o que se derramen lágrimas cuando se piensa en el abrazo del malogrado Payne Stewart a Mickenson cuando ganó el US Open de 1999, al constatar que sería una despedida y no una felicitación, o como Jean Van de Velde salió sonriendo del mayor naufragio deportivo de su vida en Carnoustie… Entonces seguro buscará un auténtico narrador… Y a todos aquellos humanistas que impiden que las verdaderas historias desaparezcan, muchas gracias por prestarnos vuestra mirada y, sobre todo, por conservar el rugido.

1 COMENTARIO

  1. Ojalá paremos a tiempo…. Tan cierto todo lo que dice, gran artículo!

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