NO SIEMPRE GANA EL QUE HACE MENOS GOLPES SINO EL QUE NO SE TRAICIONA A SÍ MISMO, PORQUE, ADEMÁS, ENTRE LA PALABRA DE UN JUGADOR QUE DECIDE HABLAR CON TODAS SUS CONSECUENCIAS Y EL ZOOM 4K, EL GOLF YA TIENE DECIDIDO A QUIEN CREER.
El golf nació sobre la presunción de honestidad. Si viajamos en el DeLorean vuelve a ser Bobby Jones el que en su día dio un contundente y ejemplificador paso al frente cuando se autoinculpó de un movimiento de bola que solo él percibió, con la consiguiente penalización. Lo que él no sabía entonces era que ese golpe de penalidad fue elemento diferenciador que le impidió defender con éxito el título en el US Open de 1925 y, desde luego, la piedra fundacional que define la ética y la estética del golf moderno.
La deontología pura no considera heroísmo ese gesto, sino obligación, ya lo decía Platón: “Una vida sin examen no merece la pena ser vivida”. En casi todos los deportes, la verdad se decide antes por un tercero, en el golf, a veces, se decide en voz baja cuando el jugador levanta la mano y se auto condena como Brain Davis en el RBC Heritage del 2010 jugando ni más ni menos que el playoff contra Jim Furyk. Este paso al frente demuestra que la conciencia sigue siendo el último árbitro y protege la esencia y la verdad del juego.
Davis pegó su segundo golpe desde una zona de hierba alta con juncos y en el backswing notó que uno de ellos se movió de forma muy sutil. El jugador inglés, que nunca fue una estrella mediática y que llegó a EE. UU. buscando una de esas victorias diferenciadoras, no dudó en llamar a un árbitro, explicar lo que había sucedido y aceptar la penalidad correspondiente, aunque tampoco hubiera otros ojos incriminatorios de cámaras, árbitro o público. La palabra del jugador no sólo va a misa, sino que decide dinero, palmarés y legado. El jugador londinense fue otro de los que yo catálogo como “Martin” – y aquí traigo a valor presente mi artículo “Diez mil horas, baby”, cuya lectura, querido lector, recomiendo porque el acto de empatizar será casi automático.
Como buen ejemplo de su condición de “Martin”, Davis jamás logró esa victoria en el primer circuito, pero en su carrera en el PGA ganó más de 13 millones. Su salida de escena también fue discreta y seguramente hoy sea más recordado por este detalle que evidenció la integridad y el espíritu deportivo del que otras veces puede llegar a ser el más cruel y hasta satánico deporte.
Desde luego, evitar que se repitieran este tipo de situaciones fue lo que en el 2019 llevo a los sesudos arquitectos de las intrincadas reglas del golf a cambiarlas para evitar que tocar hierbas o vegetación sea considerado penalidad si ocurre durante un swing corriente y moliente y no mejora deliberadamente las condiciones del golpe.
Davis perdió un título por su propia confesión. Pero hoy, en muchos torneos, la confesión ya no es el punto de partida. Es la última capa de una revisión tecnológica que decide por encima del jugador. Porque el golf ya no se juega solo con la palabra. Se juega con cámaras, con repeticiones, incluso antaño con llamadas de los espectadores.
Y si no que se lo pregunten a Craig Stadler, protagonista del “Towelgate “en 1987 en Torry Pines. Estaba jugando su tercera ronda del Andy Williams San Diego Open cuando su bola terminó debajo de un árbol. Para poder golpear tenía que hacer un gesto muy al uso de Seve y arrodillarse pero, como el suelo estaba duro y lleno de gravilla puso una pequeña toalla para apoyar las rodillas. Desde esa posición ejecutó el golpe y hasta ahí en paz, sin que tampoco llegara la gloria, porque al hacerlo se produjo una infracción de reglas al mejorar su stance con un objeto artificial.
Fue, sin embargo, en la cuarta jornada cuando un espectador, que no era cualquiera, sino un profesional del club de Filadelfia, Robert “Skee“ Riegel que estaba viendo en diferido la escena y, creyendo – con esa buena fe que se tiene que presumir siempre- que su advertencia podría ayudar a evitar que Stadler firmara una tarjeta errónea, al no apuntarse la penalidad correspondiente, llamó para poner de manifiesto la misma.
La gran paradoja es que su intento de ayuda provocó exactamente lo contrario de lo que él pretendía porque, como Stadler ya había terminado la ronda y firmado su tarjeta, la única sanción posible era la descalificación. Stadler había terminado el torneo como uno de los mejores jugadores de la semana y unas horas después, la dureza de algunas decisiones del golf le sacó de la ecuación sin recurso de apelación.
Esta historia tuvo su impacto en el circuito porque muchos se abonaron a la desproporcionalidad de una sanción en la que ni el golpe había mejorado claramente el resultado, ni hubo protestas en el campo y cuando, además, el aviso llego desde el ecosistema televisivo.
El desenlace del Towelgate resulta mucho más discutible si se compara con lo que ocurrió el viernes del Masters de 2013. En el hoyo 15 de Augusta, ese mismo en el que Gene Sarazen ejecutó el golpe que se escuchó en todo el mundo y con el que consiguió el único albatros que se ha hecho ahí, Tiger golpeó la bandera con su segundo tiro y la bola terminó bañándose. Al dropar decidió retroceder un par de yardas para repetir la distancia del golpe, jugó desde allí, terminó el hoyo con bogey y continuó la ronda.

Mientras tanto, de nuevo, un profesional y experto en reglas, David Eger, vio la jugada por televisión, rebobinó la grabación y sospechó que el dropaje no se había hecho en el punto correcto, por lo que llamó para avisar a oficiales del Tour. El comité del Masters pudo revisar el vídeo durante la propia ronda y concluyó que no había infracción lo cual permitió a Tiger y firmar su tarjeta con normalidad.
Sin embargo, horas después, en una entrevista televisiva, el propio Tiger explicó que había dropado deliberadamente “dos yardas más atrás”, lo que obligó al comité a reabrir el caso. No quiero ni imaginarme la noche de los cuchillos largos que tuvieron que pasar los miembros del foro para deliberar y quitarse mano siendo el “afectado” alguien con la visibilidad y trascendencia de quien acababa de recuperar el liderato mundial.
La decisión final llegó a la mañana siguiente y se tradujo en dos golpes de penalidad. No hubo descalificación ya que hicieron uso de la discrecionalidad y equidad que les permiten las reglas si se piensa que su aplicación resulta injusta. En este caso, Tiger había actuado confiando en la revisión previa del comité. Nuevamente, la llamada que pretendía evitar un problema acabó convirtiéndose en uno de los debates reglamentarios más famosos de la historia del golf y cuyo devenir contrasta creo que el momento más injusto y a la vez más digno que se ha visto en un grande femenino.
Aunque la dureza absoluta de la descalificación por la tarjeta mal firmada empezó a matizarse en 2016 todavía hay hechos en los que el golf se sigue debatiendo entre la pureza de su ética, la proporcionalidad de sus castigos y si a todos los golfistas tienen un derecho constitucional a ser iguales ante “la ley”.
Muchos tenemos en la retina las lágrimas de Lexi Thomson en el ANA Inspiration de 2017 cuando el comité le comunicó en el hoyo doce de la última ronda que recibía, ni más ni menos, que cuatro golpes de penalización. Ardua tarea la de recomponer la figura y conseguir forzar un playoff contra So Yeon Ryu después de semejante varapalo que, por supuesto, terminó costándole la victoria. Su reacción bajo presión, por impresionante, merece el aplauso y el reconocimiento tanto o más que si hubiera llegado a bañarse en el Poopie’s Pond”.
El detonante fue, a todas luces y según sus propias palabras, una involuntaria y prácticamente imperceptible recolocación de la bola marcada en el green durante la tercera ronda. Esta vez, la infracción fue advertida por un avezado espectador, seguramente con vocación frustrada de árbitro y fotos de John Paramor y Justo Fernández en el aparador del televisor, que revisó las imágenes en alta definición y avisó del hecho después de que Lexi ya hubiera firmado su tarjeta.
La frase de Jordan Spieth al respecto fue muy contundente y refleja como reaccionó todo el mundo del golf porque categóricamente defendió que los aficionados y los fans no deberían poder llamar para denunciar infracciones. Las lágrimas de Lexi abonaron un cambio de reglas en abril de 2018 para evitar que en la ética del golf siguiera existiendo esa incómoda tensión silenciosa entre conciencia y “chivatazo”.
Sin embargo, la vieja pregunta sigue intacta y es qué debe hacer un jugador cuando el único que ha visto la infracción es él mismo, Y las mayores dudas surgen cuando es la tecnología la que corrige a la palabra, porque entonces hasta se podría dudar de ese honor espontáneo cuya supervivencia se cuestiona en un deporte vigilado…
Todos sabemos que el golf no se juega solo contra el campo ni contra los rivales sino contra uno mismo y el verdadero honor del golf – ese que es patrimonio del alma- empieza donde terminan las cámaras y la auténtica lealtad al juego, y a uno mismo, se nota cuando se está dispuesto a entregarse incluso cuando perjudica. Tampoco el intenso Matt Wallace negoció con la duda en la segunda ronda del pasado Valspar. Prefirió perder un golpe antes que la credibilidad y acabó ganando ambas al conseguir salvar el par en ese hoyo 11. Y es que, después de una ronda, sea cual sea el resultado, solo cabe preguntarse si uno verdaderamente ha estado a la altura del juego.



