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Armas de mujer

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Page Spiranac.
Page Spiranac.

Es muy complicado que Erin escriba para todos los públicos e infinitamente más que los complazca sin traicionarse a sí misma. En cualquier caso, permitidme que use algo de psicología inversa: leerme no es obligatorio como tampoco lo es pensar o tener una buena rutina previa en el swing. Además, el nivel de conocimientos golfísticos de los que, pacientemente unas veces y forzadamente otras, se asoman a mi mundo es de lo más variopinto. Eso sí, afortunadamente todavía nadie ha confundido a Kavafis, que me acompañó en mi regreso al futuro del golf hace unos meses, con un golfista, pero fundamentalmente porque todo el mundo sabe que, en Grecia, al menos hasta hoy, prefieren el sirktaki al swing y que el pasaporte griego viaja mal en los grandes circuitos.

En lo que sí que ha habido un cierto consenso entre ese paciente y querido (y en algún momento confío en que nutrido) grupo de lectores es en la “infoxicación” de datos y nombres con la que salen después de una media de diez minutos luchando por mantener la atención sobre el texto, como si de uno de aquellos exámenes de la antigua Selectividad se tratara.

No os falta razón, por eso hoy voy a ser más Erin que nunca, voy a aparcar el lado Sand, que aspira a ser la aprendiz de grandes periodistas de golf como Herbert Wind, el inspirador de mi pseudónimo, Bamberger o Feinstein y me voy a volcar más en el activismo de la Brockovich (a la que no tenéis que visualizar como Julia Roberts porque la verdadera Erin es una mujer con una convicción inquebrantable y tenaz que no encaja en esa imagen pero que tiene los tacones clavados en su verdad). Incluso la historia de Erin Brockowich necesita ser contada con el aliciente del atractivo de Julia Roberts, pero, querido lector, no solo es el cine, sino que el reflejo de algo más profundo de lo que tu mismo eres parte.

La suerte de experimento sociológico que he hecho antes de escribir esta crónica me confirma que son las imágenes el reclamo por el que estás leyéndome. No te culpo, pero te aviso que el desfile ya terminó y que ahora toca seguir leyendo para demostrar que no estás aquí solo por eso.

Voy a lanzar a la palestra los dos nombres de sus protagonistas: Page Spinirac y Haley Moore y me vuelvo a jugar la zurda (y lo soy) a que un elevado porcentaje de lectores con cromosoma Y han reaccionado, cuando menos, levantando una ceja ante el primer nombre y se han quedado igual de neutros que una ronda sin birdies al leer el apellido Moore.

Haley Moore.
Haley Moore.

En definitiva, que para la gran mayoría Page no necesita más presentación y ya está en la memoria visual de muchos, como en la mía el swing de Rory. En cualquier caso, a una se le mira y a la otra se le evalúa y, tristemente, seguimos premiando una estética y castigando otra como si el swing de una mujer viniera con cara, talla e indumentaria.

Y, sin embargo, es más lo que las une que lo que las separa, teniendo en cuenta lo que cubica que el golf sea el leitmotiv de sus carreras profesionales. Ambas son producto de la Universidad de Arizona y jugaron para los Wildcats, a la que Moore fue más fiel y a cuyo éxito contribuyó en 2018 con un putt decisivo, transicionaron al mundo profesional pasando por el Cactus Tour (una victoria para Page y seis para Haley) pero, sobre todo, las dos han tenido que lidiar con la atención mediática que a veces ha sido injusta o basada en cuestiones puramente a ajenas a su juego.

En el año 2015 Page fue invitada a jugar el Dubai Ladies Masters y, durante el que fuera su primer y último torneo profesional en un gran circuito, tuvo que enfrentarse a rumores infundados sobre haber realizado favores sexuales para obtener su plaza.

Es cierto que en aquel momento Spiranac era ya una conocida influencer y que lo que no hacía honor a una participación puramente meritocrática, desde luego, era su juego, pero tampoco el reciente juego de Dustin Johnson, a pesar de su historial, justifica la invitación especial por parte de la PGA de América para participar en el segundo grande del año 2025. Es más, aunque la polémica esté servida, nadie ha puesto el foco en Dustin o sacado a relucir cuestiones turbias de su pasado, que, como las meigas, “habeas hailnas”.

Eso sí, la discrecionalidad de los organizadores es legítimamente criticable si eso quita oportunidades a quien más las merece. Pero cuando está en liza que un evento sea mediático o rentable, ya se sabe que la meritocracia es negociable y seguramente todos quieran sacar a pasear al famoso filósofo, profesor en la Universidad de Harvard, y premio Princesa de Asturias, Michael Sandel, para justificar, con tintes académicos, la “Tiranía del mérito”. Es muy fácil retorcer sus argumentos para explicar que, si el éxito no se debe solo al talento y al esfuerzo individual, sino a otro tipo de circunstancias o factores, los ganadores no deberían sentirse moralmente superiores ni los perdedores culpables de su situación. Cuando no hay puro mérito de por medio la derrota deja de ser tan huérfana y es más llevadera.

En una entrevista con el New York Post, Page recordó su experiencia en el Dubai Ladies Masters como el peor momento de su vida, la presión de los medios, el comportamiento hostil de sus propias compañeras tampoco ayudó a que un buen resultado cortara lenguas viperinas (vueltas de 77 y 79 golpes). Entendible todo ya que ella misma ha confesado que los comentarios sobre su apariencia y sus habilidades golfísticas la llevaron a terminar llorando en el suelo del baño del hotel antes de salir a jugar. Desde luego, el resto del field de ese día debería haber seguido los consejos de Platón cuando decía que siempre hay que ser amable porque cada persona que ves está librando una batalla de la que tú no sabes nada…

Este fue el punto de inflexión en su vida que la apartó de la competición oficial y que la ha llevado a optar por luchar contra la sexualización y el acoso en el golf femenino y a mostrar su compromiso con la defensa de la igualdad. Que solo el cielo la juzgue si sus formas (y, señores, no me refiero a sus curvas) parece que solo consiguen sembrar la polémica o que en su día, institucionalmente, la LPGA cambiase el código de vestimenta alegando la necesidad de que la jugadoras se presentasen de una forma profesional para reflejar una imagen positiva del juego.
Ni siquiera hubo consenso cuando en 2017 la LPGA implementó este nuevo código más estricto. Algunos hasta lo catalogaron de retrógrado y directamente acusaron a la LPGA de avergonzar a sus jugadoras por su apariencia. Tristemente la vergüenza por su físico es el estandarte que le ha tocado enarbolar a Haley. A lo largo de su vida, Moore se ha enfrentado a numerosos desafíos relacionados con el acoso y la discriminación por su apariencia física.

Odiosa comparación (por la que ya pido perdón de antemano, pero con la que quiero, de alguna forma, desordenar conciencias), pero, a diferencia de Page, Moore si consiguió la tarjeta del LPGA y actualmente juega torneos del Epson Tour. Sin embargo, lo más destacable de Haley es que ha sido capaz de compartir abiertamente su experiencia para inspirar a otros y promover el respeto y la inclusión en el deporte.

En el año 2020, Haley creo la Haley Moore Fundation, una organización dedicada a combatir el acoso escolar y fomentar la autoestima a través del deporte. Hoy Haley ocupa el puesto 1558 del ranking mundial y, haciendo abstracción de sus números, es un ejemplo de que la determinación y la pasión ayudan a superar las adversidades.

Tanto Haley como Page están fuera de la élite competitiva, nunca han estado en lo más alto del ranking y seguramente nunca lo estén, pero las dos, aun de forma radicalmente distinta, han hecho de nuestro deporte su plataforma para que otras no tengamos que disculparnos por no ser lo que no somos: mejor una causa noble que la gloria.

Julia Roberts, en el papel de Erin Brokovich.
Julia Roberts, en el papel de Erin Brockovich.

La Número Uno del mundo, Nelly Korda, acaba de hacer un posado nada parecido a los de Ana Obregón en la revista Sport Ilustrated. Scottie Scheffler no. En su caso talento y apariencia están perfectamente disociados. Page y Haley, por el contrario, saben bien que cuando su cuerpo no encaja se vuelve un problema. Una se muestra y desafía y la otra opta por no esconderse, pero ambas incomodan y son juzgadas antes por lo que se ve y no por lo que hacen. No son marketing ni moraleja, ambas son la prueba fehaciente de que la mujer hay veces que necesita justificar antes su mera apariencia que los resultados de su tarjeta. Hasta para contar la historia de Erin Brockovich Soderbergh tuvo que elegir un cuerpo que vendiera mejor esa verdad que nos hace libres.