Menudos meses revueltos que lleva el golf en los últimos tiempos. Se habla más de alcobas que de putters. Los juegos de palabras sobre Tiger se han sucedido y yo, copión a tope, no he podido resistirme a entrar en el carrusel. Un tigre de bengala, sí señor. Woods se ha convertido en eso, pero no por sus facultades amatorias, que yo pongo en duda (sólo hay que echar cuentas de las semanas en las que está compitiendo, y casi siempre siendo el mejor, para constatar que es imposible que sea un Casanova), aunque tampoco vamos ahora a defender las infidelidades y el adulterio, sino porque ha sido un espectáculo de artificio mundial el caso de este californiano que promete volver, aunque sin poner fecha…
Criticando la actitud del golfista por su condición de casado y por ser ejemplo, abanderado, blablabla, para niños y no niños del planeta, cabe preguntarse si los altos directivos de Accenture y de Gillette, dos de los potentes patrocinadores que se han dado el piro cuando el ¿escándalo? salió a la luz, llevan una vida monacal con sus esposas o alguna vez se han pegado un garbeo por los lupanares asiáticos cuando han ido a ver un torneo o a cerrar un negocio de relevancia y lo han festejado con señoritas tan bellas como profesionales en la materia.
Me chivan que Nike se mantiene fiel a Woods y seguirá siendo uno de sus patrocinadores. Bien. Pues la firma norteamericana tampoco, digo yo, podrá presumir de contar con miles de niños chinos trabajando a destajo por cuatro migajas produciendo las gorras y las camisetas que lucen millones de personas en el primer mundo.
Que lo de Tiger ha estado mal estamos de acuerdo. Pero pedir la crucifixión y no aceptar el perdón que suplica el jugador es una injusticia a todas luces. El que esté libre de pecado… Pues eso.


