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CUANDO TRABAJAR MUCHO Y BIEN NO ES SUFICIENTE, NO GARANTIZA LLEGAR DONDE SE SUPONÍA, PERO, AÚN ASÍ, SE SIGUE…

Diez mil horas, Baby

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Briny Baird.
Briny Baird.

Hoy no toca contar una historia de superación alegre o de cómo trabajar la resiliencia y enriquecer así el activo de valores que todo ser humano necesita. No quiero tampoco irónicamente desmontar a Gary Player, como intenté hace más de diez años en una crónica en la que contrapuse el talento versus la práctica, ejemplificado en la figura de Dan McLaughlin, ese fotógrafo de Oregón que lo dejó todo con el objetivo de practicar golf durante diez mil horas, llegar a ser profesional y competir en torneos serios.

Gary Player
Gary Player y su caddie, Rabbit, tras su último triunfo en el Open de Sudáfrica en 1981.

Antes de llevaros de la mano a otra de mis reflexiones cuasi existenciales, en la que el golf es el tan sólo el leit motiv para activar o, en algunos casos, desordenar almas, creo que aquella crónica merece que revele un desenlace que puso en evidencia que la tozuda realidad fue muy distinta. Aunque Dan dedicó más de seis mil horas durante ocho años, consiguiendo bajar su hándicap hasta un nivel que a muchos nos parecería ya un exitoso destino (2.6), no llegó a completar el experimento ni a ganarse la vida como profesional.

Con el tiempo, Dan dejó de narrar avances en su blog porque las lesiones hablaron antes de poder tener una exitosa ceremonia de clausura. La obvia moraleja de taza os la dejo a vosotros, queridos lectores, yo me quedo con que Dan se llevó consigo la experiencia de intentarlo todo sin coartadas, con perseverancia y hasta con dolor y que el golf, como la vida misma, no se deja domesticar por un cronómetro.

La idea es romper el relato y haceros pensar sobre lo que pasa cuando se obliga uno a vivir la vida como un experimento o las razones por las que no todas las historias llegan hasta el final deseado. Algunas, como la de Maggie en Million Dollar Baby, se rompen cuando el trágico destino lleva su intento y su lucha a un callejón sin salida y en otras, como ya decía mi referente sobre la meritocracia, Michael Sandel, el no llegar no implica que uno no se lo haya ganado, porque no se puede humillar a los que se esfuerzan sin éxito ni, por el contrario, glorificar resultados que solo dependen de la amiga buena suerte (os recuerdo que la paradoja es que esa es, precisamente, la suerte que Gary Player decía que aumentaba cuando más practicaba).

El golf está lleno de historias de gente que hizo todo lo que tenía que hacer (e incluso más) y aun así no fue suficiente, no llegaron. Jugadores que trabajaron durante años, que mejoraron, se dejaron piel y alma en el intento y, sin embargo, no obtuvieron ni las metas ni el reconocimiento. Cuestión de expectativas porque, desde luego, no se puede decir que fracasaron, aunque no recibieran lo esperado. En la vida ocurre lo mismo, hay trayectorias honestas, duras y sostenidas que no desembocan en un final feliz o memorable y no por eso son menos contables. Son las historias de “los otros”, los que reciben menos atención mediática y, sin embargo, sencillamente han seguido haciendo su trabajo cuando, como diría Alejandro Sanz, “nadie los ve”.

Fuera de la órbita del golf en el mundo laboral del resto de los comunes mortales ya nos recuerda Taleb, – ese pensador que estudia el riesgo, la incertidumbre y los eventos improbables-, que el trabajador más eficaz suele ser también el menos visible y, precisamente por ello, recibe menos reconocimiento.

Cuando algo funciona de verdad y mitiga riesgos o amortigua desastres nadie nota que podía no haber funcionado. En definitiva, que el buen hacer muchas veces es un huérfano silencioso e invisible como una derrota en el golf que, además, haya ido precedida de un juego imperial.

Ese fue el caso de Martin. Nunca fue un prodigio, pero tampoco un error. Era de ese tipo de perfiles que tienen destellos de genialidad en algunas ocasiones, pero que nadie celebra porque no se traducen en resultados visibles en los grandes torneos ni en los rankings.

Sin embargo, la solidez en el juego de Martin le llevaba a contar con el respeto, a veces incluso cansado y compasivo, de público, medios y compañeros. El aprecio se lo ganó a partes iguales por su carácter tranquilo, afable, generoso y porque jamás negó su ayuda -ni siquiera cuando esto podía poner en peligro su supervivencia en el circuito de marras-.

Obviamente, salvando todas y cada una las distancias, jugaba al estilo Scottie Scheffler, como si alguien desde pequeño le hubiera explicado que el golf no premia el entusiasmo y que el acto de ganar no aporta una satisfacción profunda por sí mismo. Tampoco tenía la vis atractiva de un jugador como DeChambeau, alineado con una impecable y estudiada estrategia de marketing. Si algún otro atributo pudo definir su vida golfística, esos fueron la constancia, la repetición y la confianza.

Bryson DeChambeau alienta al público durante la ronda de prácticas. (Photo by Michael Reaves/PGA of America)
Bryson DeChambeau alienta al público durante la ronda de prácticas. (Photo by Michael Reaves/PGA of America)

Martin mejoraba y, sobre todo, se sostenía en un nivel razonablemente aceptable para seguir pagando la vida que había elegido y no tener que justificarse demasiado. Cada temporada avanzaba un poco más y se consideraba cerca. Pero siempre tenía la sensación de que eran otras diez mil largas horas cerca. Lo que más pesaba en la bolsa de su caddie era el síndrome del impostor que se apoderaba de él cada vez que alguien le preguntaba cómo era posible que todavía no hubiera ganado. Esos eran los pocos momentos en los que su confianza como golfista se iba a paseo, sabiendo que nunca iba a encajar en relato heroico del golf televisado.

Si algo le caracterizaba era ese humor tranquilo, propio de los buenos fajadores. Siempre devolvía una sonrisa traviesa cuando alguien le comparaba con Calvin Peete, el golfista que en 1983 alcanzó un récord casi obsceno de 84,6% calles cogidas y que fue líder del PGA por este motivo durante diez temporadas seguidas.

Es verdad que ambos tenían mucho en común por autodidactas, por llegar tarde al profesionalismo y por no tener margen para el error. Pero, al menos, Peete ganó 12 veces el PGA Tour mientras que Martín tan solo fue caballo colocado en otros circuitos de inferior nivel. Como Peete, Martin siempre hizo exactamente lo que tenía que hacer y dejó la bola donde debía. Aun así, el relato no fue para él, hasta hoy, que otra humilde plumilla ha decidido rescatarle del ostracismo, como el jugador fiable que fue. Mi objetivo es hacerle justicia, aunque sea poética, porque hoy quiero, avezados lectores, hablar de lo que es trabajar bien en un mundo que suele recordar y reconocer mal. Es un homenaje a aquellos que están en la zona donde el esfuerzo no se discute, pero el reconocimiento no llega, están dentro del marco, pero luego no salen en la foto…

Van de Velde.

Son esos jugadores tardíos que ni siquiera fallan lo suficiente como para ser trágicos y sentarse en la mesa de los que fallaron demasiado cuando la historia exigía control como Van de Velde, David Duval, o Baker-Finch de turno…

Martin ha sido un claro ejemplo de que no todas las historias llegan a donde se suponía que tenían que llegar. No porque falten horas, ni disciplina, ni sacrificio. A veces es sencillamente porque el relato necesita héroes y no sabe qué hacer con quienes cumplen sin ruido. Este texto no es una denuncia ni una excusa. Es una forma de mirar de frente a esas trayectorias honestas que nunca serán titulares pero que sostienen el juego.

Más allá de la realidad cuántica de Martin, Briny Baird es quizá la encarnación más pura de esto: más de una década caminando torneos, seis segundos puestos, millones ganados… y nunca una victoria del PGA Tour. Su carrera fue impecable, respetada y silenciosa, pero ni el destino ni la causalidad no lo eligieron para el podio.

Y ¿quien recuerda a Lizette Salas? La mexicana fue número uno del golf amateur, jugó más de una década y 200 torneos en el LPGA TOUR y nunca ganó. Otra trayectoria impecable que demuestra que el sistema solo deja hueco para muy pocas. Son carreras que se sostienen hasta agotarse y esto, en masculino o en femenino no siempre se celebra.

Las diez mil horas parece que prometen algo que el golf nunca firma una garantía. Dan McLaughlin lo intentó como experimento, Martin, Briny Baird y Lizette lo hicieron como oficio, el primero no llegó y los otros nunca ganaron.

Lizette Salas. © Golffile

Hay consenso en que un relato, para que atrape, necesita héroes y no sabe qué hacer con quienes cumplen sin ruido. Mi crónica no es una denuncia antipática ni una excusa. Es una forma de mirar de frente a esas trayectorias honestas que están muy lejos del Hall of Fame, pero que son imprescindibles para sostener el juego. Quizá por eso escribo esto. Porque, como Martin, como Baird, como Lizette, sois muchos los que estáis haciendo exactamente lo que hay que hacer y por eso no tenéis que dejar que nadie os haga un inesperado balance de situación o incluso de cierre. Mis palabras no tienen el poder de corregir eso, ni de repartiros justicia retrospectiva o daros un consuelo que no tendríais que necesita. Solo se niegan a que la invisibilidad sea la última palabra.

2 COMENTARIOS

  1. Que buen artículo.
    La vida misma y el golf, son hermanos gemelos.

    Pero sin duda, no prepararse si no se trabaja, o se trabaja mal, eso si que te garantiza que vayas a llegar más lejos de donde estas ahora!

  2. Precioso artículo. El golf siempre da para ir más allá del deporte. Muchas gracias

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