Es la primera vez en mi vida que he vibrado de verdad en el sofá con un torneo de golf. Fue impresionante. No me quiero ni imaginar cómo tuvo que ser vivirlo allí mismo en Medinah…
Se dieron todos los ingredientes para que fuera una tarde de golf mágica. Me alegro muchísimo por todo el equipo, pero muy especialmente por José María Olazábal y Martin Kaymer.
Martin es muy amigo mío y sé lo mucho que ha sufrido con la Ryder Cup desde Gales. Se quedó muy tocado porque entendía que no había aportado al equipo lo que se esperaba de un jugador que llegaba a la cita como uno de los mejores del mundo. Tenía clavada algo más que una espinita. Tanto es así que no las tenía todas consigo en Medinah, ya que es consciente de que su juego no atraviesa por un buen momento. Tenía muchas dudas y llegó a confesarnos que si no se clasificaba para la Ryder prefería no ser elegido por Olazábal.
Imagino que el bueno de Martin se habrá quitado una mochila de encima de mil kilos y está súper contento. Me siento feliz por él.
También me alegro por todo el equipo. Creo que se ha ganado la Ryder Cup por casta y por otra cosa que empieza por ‘c’. Los jugadores se dieron cuenta de lo mucho que significa esta competición para Olazábal y en gran parte lo hicieron por él. A mi juicio, el mejor de la Ryder ha sido, sin duda, Ian Poulter. Prometo que le voy a dar las gracias en cuanto lo vea. Ha hecho mucho por este deporte.
Merece una mención especial Sergio García. Tiene mucho mérito el punto que le ganó a Furyk en el hoyo 18. No es nada fácil templar la presión como hizo él para sacar dos pares de oro. Fue decisivo.
Pero en general hay que valorar a todo el equipo. Hay que echarle mucho coraje para ganar la Ryder Cup sin jugar de forma espectacular. Imagino que habrá sido un golpe muy duro para Estados Unidos.
Me quedo con muchas cosas: cómo salió a flote Luke Donald el último día, la convicción con la que ha jugado Justin Rose, el empate de Francesco con Tiger… Ha sido la Ryder del corazón, de doblar y planchar la ropa.


