Hace unos años, en otros lares, escribí una breve disertación acerca del poder de la mirada, de su efecto modelador sobre la realidad, algo sobre lo que ya escribieron autores clásicos y que la ciencia moderna ha rescatado al explicarnos, por medio de la teoría cuántica, que un observador influye en la naturaleza del hecho que percibe.
La mirada implica atención, valentía, desafío, descaro, curiosidad, expectación. La mirada delata intenciones y sentimientos, en ella puede percibirse cálculo, pero también indecisión, calidez o frialdad, indiferencia o cercanía, sabiduría o estulticia.
En el ámbito deportivo hay tantas miradas como triunfos o derrotas: valientes, medrosas, esperanzadas, audaces, inseguras, contundentes… Son, y perdónenme por recurrir al desgastado lugar común, espejo del alma y de la técnica, y en algunas especialidades, como el golf, pueden reflejar todos los estados de ánimo y sensaciones anteriormente descritos a lo largo de unos pocos hoyos.
Todos tenemos en mente una mirada especial lanzada por alguno de nuestros ídolos deportivos al celebrar un triunfo. Son miradas brillantes, exentas del sufrimiento y del dolor del camino, en las que ya no se ven las expectativas anteriormente truncadas, los “casis”, los esfuerzos vanos, las frustraciones previas. La mirada de Seve en St. Andrews en 1984, siguiendo atento la trayectoria de la bola, esa curva leve perfectamente dibujada que la llevó hasta el hoyo, esos ojos clavados en la esfera blanca que desaparecía en la cazoleta del 18 de la cuna del golf, esos ojos luego trasladados hacia un público igual de exultante que el propio Seve (“¡La metí, la metí!”) mientras su puño se convertía en una extensión de su corazón. Esas miradas inmortalizadas por el gran David Cannon, notario fotográfico de unos instantes históricos para el golf español y mundial.
Pero ¿qué sucede cuando la felicidad es inasumible, casi insoportable? ¿Qué ocurre cuando la culminación de tu mayor triunfo exige una pausa porque estás bloqueado y los sentidos no toleran más impulsos? ¿Cómo “desver” (y perdónenme de nuevo por el “palabro”) algo que ya has visto? ¿Por qué es tan vano el gesto, tan inútil, pero a la vez tan necesario?
Todo eso le sucedió a Rory McIlroy después de resolver el desempate ante Justin Rose en el Masters recientemente disputado. McIlroy no pudo más, se echó las manos a la cara, se hincó de rodillas y se puso a llorar. Nadie sabe lo que pasó por su cabeza en ese momento, si pretendía atesorar algo único, escudarlo del exterior, protegerse de la avalancha sensorial, o si simplemente se dejó llevar por un acto reflejo en un momento de protección, vulnerabilidad extrema, indefensión y pudor.
Al margen de lo que pasara por su cabeza, fue un momento precioso, algo suyo, exclusivo (aunque en su mente también estuvieran sus padres, su pareja, su hija, su caddie, su gente), un ejemplo perfecto de lo mucho que importan cuestiones que a muchos les parecerán triviales en una época complicada en la que, sin duda, el mundo está como para que nos echemos las manos a la cara a diario.
Y los espectadores compartimos esa sensación, al menos quienes lo seguimos desde casa, porque conocíamos los antecedentes (desde aquel duro golpe que encajó el norirlandés en Augusta en 2011) y nos tiramos toda la retransmisión metidos en la proverbial montaña rusa de emociones, incrédulos ante los golpes maestros del norirlandés, pero también noqueados por sus contados y sonados errores, como el doble bogey del hoyo 13.
Les confieso que recurrí al más viejo de los trucos del espectador novato de películas de terror y me tapé la cara dejando apenas una rendija por la que vi cómo su malhadado golpe acababa en el Rae’s Creek.
Pero mereció la pena seguir mirando, sin perder detalle, el duelo con Rose y sus demás rivales, hasta el instante final, cuando lo importante no era lo que se veía, sino lo que se sentía.




Ha sido muy especial lo que nos ha dejado el Masters 2025.
La sensación de la gesta de Rory en mi tuvo un doble impacto.
El primero, rabia. Por ver que no era capaz de cerrar el Torneo (con mayúscula por lo que implicaba para Rory). Porque tan solo tuvo un rival, Justin Rose, que tras 2 dias de líder, había perdido aparentemente todas sus opciones el 3er día. Con esa Rabia fluyendo por mis venas, mi corazón iba al 100% con Rose. No quería que Justin perdiera la que posiblemente sea su última oportunidad de enfundarse la chaqueta verde.
La segunda, empatía. Como golfista que soy y que entiendo que somos todos los
Ha sido muy especial lo que nos ha dejado el Masters 2025.
La sensación de la gesta de Rory en mi tuvo un doble impacto.
El primero, rabia. Por ver que no era capaz de cerrar el Torneo (con mayúscula por lo que implicaba para Rory). Porque tan solo tuvo un rival, Justin Rose, que tras 2 dias de líder, había perdido aparentemente todas sus opciones el 3er día. Con esa Rabia fluyendo por mis venas, mi corazón iba al 100% con Rose. No quería que Justin perdiera la que posiblemente sea su última oportunidad de enfundarse la chaqueta verde.
La segunda, empatía. Como golfista que soy y que entiendo que somos todos los que leemos este diario. No creo equivocarme en que todos hemos vivido nervios y «hoyos 13» en partidas de golf donde nos juagamos algo. Todos hemos sido Rory alguna vez, o mejor dicho, a todos nos ha temblado el brazo.
El poso final de este Masters 2025 y la victoria de Rory, para mi es: Pasión, Amor al Golf, Trabajo duro y resiliencia mucha resiliencia.
Esto convencido que si hubiera perdido, tras un periodo de duelo, habría vuelto a la lucha para ponerse en disposición de ganar el Masters otro año.