El debate entre lo útil y lo inútil es tan antiguo como la historia. El tristemente desaparecido Nuccio Ordine, en un libro muy recomendable, nos hablaba de la utilidad de lo inútil, un curioso oxímoron, referida a la utilidad de los saberes cuyo valor fundamental es ajeno a las finalidades utilitaristas. Es decir, el valor de saberes que son fines por sí mismos y están alejados de vínculos prácticos o comerciales, que son fundamentales para cultivar el espíritu y conseguir que la humanidad se desarrolle. Es útil todo lo que nos hace mejores, no solo lo que rinde beneficios.
El derecho a la cultura o al deporte no puede depender de la hegemonía del mercado o de la coyuntura económica. Como recoge Ordine, el dramaturgo Eugene Ionesco decía que si no se comprende la utilidad de lo inútil y la inutilidad de lo útil, no se comprende el arte. La utilidad de los saberes inútiles se contrapone a la realidad mercantilista actual, y a muchas personas cada vez les cuesta más entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte, que en absoluto son lujos superfluos (aunque también se mercantilicen y tengan detrás, en algunos casos, poderosas industrias). Hölderlin afirmaba que lo que permanece lo fundan los poetas, mientras que Ionesco reforzaba su argumento indicando que la necesidad de crear, de imaginar, es tan fundamental como lo es respirar.
Tal vez crean que me puede el idealismo vacuo y me excedo al elevar el deporte y ponerlo en el mismo pedestal que ocupan la música, la literatura o el arte, que más que hermano es antagonista, que sus intereses se contraponen y que su popularización, en muchos casos, ha ido en desmedro de la salud de aquellos otros «saberes inútiles», pero de veras pienso en su capacidad complementaria y creo en la pureza que subyace en toda actividad deportiva y atlética.
Al hacerlo es posible que el lector me encuadre en alguna extraña forma de mesianismo o me considere alejado de la realidad, pero tengo claro que no vivimos en los mundos de Yupi y no podemos darle la espalda a la realidad socioeconómica que nos rodea. No obstante, sí creo que al privilegiar en exceso la profesionalización y la obtención de beneficios, aspectos firmemente arraigados en la naturaleza de muchas de las actividades deportivas que tanto nos satisfacen en la actualidad, el alma de dichos deportes se deteriora, aunque la popularización que conlleva su expansión económica parezca indicar lo contrario.
En el golf, esta expansión económica podría ser un indicador claro de su buena salud, pero en los últimos años ha ido de la mano de una pugna artificial entre los principales circuitos ya establecidos y un nuevo jugador que se ha introducido en el panorama mundial. El potencial empresarial del LIV, respaldado por el PIF, el fondo soberano saudí de inversiones, es innegable, pero su irrupción a golpe de talonario ha alterado el ecosistema del golf mundial, provocando una escalada de hostilidades deportivas y económicas (reflejados en las condiciones contractuales de los principales espadas del LIV y en las bolsas de premios reforzadas que, a modo de respuesta, ofrece en la actualidad el PGA Tour).
Algunos jugadores han podido aprovecharse de esta pugna asegurándose «riqueza generacional», el término utilizado para describir aquellas cantidades que llegarán a varias generaciones de sus descendientes, y hay quienes señalan las ganancias de los jugadores de diversos deportes de equipo (el fútbol y las principales ligas profesionales estadounidenses) como vara de medir para justificar sus ingresos crecientes. Nadie puede tachar de injusto un sueldo si hay quien está dispuesto a pagarlo, desde luego… pero en el margen están un buen número de empresas que ven cómo sus aportaciones han tenido que multiplicarse sin que el impacto en la sociedad de sus patrocinios haya crecido proporcionalmente. Vivimos una época de audiencias reducidas e interés televisivo menguante, justo lo opuesto a lo que debería haberse dado con la irrupción del LIV en el panorama golfístico mundial. Los torneos del LIV tienen un limitadísimo alcance televisivo y su impacto presencial solo se deja notar en países como Australia y España que, por el atractivo del planteamiento y su excepcionalidad, reciben de buen grado a sus principales estrellas.
Pero percibo hastío en el aficionado de a pie, al menos en las opiniones que he podido pulsar en nuestro país. El dinero monopoliza las conversaciones y la competición queda en segundo (y alejado) plano, con los cuatro islotes de los majors como únicos imanes capaces de reclamar la atención de todos los aficionados. La atomización de la oferta y la falta de referentes desgasta, y tanto la lentitud como la indefinición de las negociaciones que supuestamente deberían desembocar en la reunificación del mundo del golf tampoco ayudan.
En 1976 se estrenó El desencanto, un largometraje documental dirigido por Jaime Chavarri cuyo elocuente titulo he tomado prestado para esa columna y sirvió en su momento para hablar de la transición democrática. En esta película, se profundiza en la vida de la familia del poeta Leopoldo Panero y se traza un paralelismo llamativo entre sus relaciones, basadas en el fingimiento, la hipocresía y la impostura, y la decadencia del régimen. En aquel lejano 1976, un chaval de Pedreña presentaba sus credenciales en el mundo del golf al finalizar segundo en el Open Championship disputado en Royal Birkdale, empatando con la leyenda Jack Nicklaus y solo por detrás del campeón, Johnny Miller. Allí, Seve Ballesteros comenzó a acuñar su legado. Ojalá en este 2025 que nos queda tan cerca sirva de punto de partida para algún otro legado histórico y podamos dejar atrás el desencanto actual.



