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Por mucho que se empeñen Paulo Coelho y otros vendemotos de la autoayuda, no basta con desear algo muy fuerte para obtenerlo

Lo imposible

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Espóiler (grafía recién recogida y admitida por la RAE): en esta columna no aparecen Naomi Watts, Tom Holland ni Ewan McGregor pasando penurias, como en la película homónima de Juan Antonio Bayona.

No sé ustedes, pero yo tengo cierta tendencia a perseguir objetivos que muchos tildarían de absurdos. Ya de chaval, muchísimos años antes de embarcarme en el estudio que desembocó en mi participación en Pasapalabra, sin duda el mayor brindis al sol que he hecho en mi vida, decidí repasar el primer diccionario enciclopédico que aterrizó en mi casa fruto del esfuerzo y el dinero de mis padres (el Durvan, en doce tomos maravillosos) para extraer todas aquellas definiciones que tuvieran que ver con la fauna y copiarlas en un cuaderno aparte. Mi meta: crear un diccionario de animales, de la A a la Z, y tenerlos todos en un mismo sitio. Huelga decir que no pasé de la D después de echarle un buen número de horas, y que este proyecto baldío acabó encallando, como mi intento por sistematizar y recopilar todos los resultados históricos de los Juegos Olímpicos, o compilar todos los datos de producción agrícola y minera de todos los países del mundo… Como verán, estaba dispuesto a hacer casi cualquier cosa que llevara su tiempo para no estudiar…

Aquellos primeros y pequeños sueños frustrados fueron un buen entrenamiento para lo que posteriormente me depararía la vida. Aunque en absoluto puedo quejarme de lo que he conseguido, y sería muy desagradecido si lo hiciera, los sueños rara vez se cumplen y hay que afrontar con valentía ese momento en el que eres consciente de que ya nunca serás el delantero, guitarrista, dibujante, médico, cantante, científico, guionista o escritor que soñaste, que para todo ello hace falta un talento que nos es, por desgracia, ajeno. Por mucho que se empeñen Paulo Coelho y otros vendemotos de la autoayuda, no basta con desear algo muy fuerte para obtenerlo. Pero podemos aceptar con pragmatismo ese hecho y seguir persiguiendo sueños y metas. Le escuché una vez a Antonio Muñoz Molina la frase siguiente: “Solo vale la pena intentar tareas imposibles”. No hay nada más imposible que cartografiar lo inabarcable, explicar el mundo, una labor a la que él se enfrenta a diario, saliendo muy bien parado, como escritor.

Por mucho que se empeñen Paulo Coelho y otros vendemotos de la autoayuda, no basta con desear algo muy fuerte para obtenerlo

Vayamos al golf: este deporte, por su historia y exigencia, está repleto de récords marcianos que resisten (y resistirán) el paso del tiempo: el récord de victorias en una temporada (18) de Byron Nelson, las semanas consecutivas al frente del ranking mundial de Tiger Woods (281 y 264, en dos periodos distintos), los 18 grandes de Jack Nicklaus, las 50 victorias en el European Tour/DP World Tour de Seve Ballesteros… Podría seguir con una buena ristra de estadísticas tremendas, pero creo que ya van pillando la idea. Los golfistas profesionales se enfrentan todos los días a lo imposible, pero que no nos deslumbre el oropel de las cifras dislocadas: lo imposible no solo es el récord histórico, sino ganarse la vida desempeñando una profesión a la que han dedicado su existencia, y seguir haciéndolo, pese a los vaivenes, un año tras otro. Lo imposible es afrontar objetivos aparentemente más modestos que suponen romper techos o superar barreras, especialmente en el ámbito femenino (peor tratado en cuanto a remuneraciones y premios). Lo imposible es hacerlo sin flaquear nunca, sin rendirse, sin dudar, sin vacilar cuando llegan los reveses. Lo posible, para nosotros, quienes lo vemos desde la barrera, es reconocer esos esfuerzos, aplaudirlos, considerarlos, valorarlos… aunque estén lejos de figurar en los libros de honor o grabarse en algún palmarés.

lo imposible no solo es el récord histórico, sino ganarse la vida desempeñando una profesión a la que han dedicado su existencia, y seguir haciéndolo, pese a los vaivenes, un año tras otro

«Tengo apenas una vida y en ella solo tengo una oportunidad de hacer lo que quiero. Tengo suficiente felicidad para hacerla dulce, dificultades para hacerla fuerte, tristeza para hacerla humana y suficiente esperanza para ser feliz», decía Clarice Lispector, la maravillosa escritora brasileña. Seguro que todos los golfistas profesionales se ven reflejados en estas palabras.