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Un repaso por nuestra relación con el tiempo mediante el golf

El final de la cuenta atrás

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Tiger Woods se abraza a Charlie después de la jornada de Pro Am de este viernes en el PNC Championship.
Tiger Woods se abraza a Charlie después de la jornada de Pro Am en el PNC Championship.

Resúmenes, balances, repasos, pronósticos… Se nos acaba el año y la avalancha de ejercicios de recapitulación o de prospección se multiplica en todos los medios. Yo mismo he contribuido a este afán en años anteriores, pero me van a permitir que en esta ocasión tire por una carretera secundaria.

Hace unos días andaba preparando una intervención en Campamento Krypton, seguramente el mejor podcast español relacionado con la cultura pop (aunque demuestren escaso criterio al contar conmigo de vez en cuando), que en esta ocasión se centraba en las cuentas atrás. Aunque tenía cierta idea de la base teórica del tiempo, preparándome el programa me cercioré de que la medida del tiempo es algo relativamente moderno y su sistematización, más aún.

Hasta el año 1967, la definición de “segundo”, la unidad de tiempo en el sistema internacional, dependía de la duración del año solar, pero a partir de esa fecha se vinculó al “tiempo atómico”, un estándar de alta precisión, pese a que la definición es un tanto antipática. Vean, vean: un segundo es la duración de 9 192 631 770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo de cesio, a una temperatura de casi 0 K. Me hace gracia el “casi” del final de la definición después del alarde de precisión y exactitud previo, pero hay que recordar que el cero absoluto (es decir, los cero grados Kelvin) es un límite inalcanzable según el tercer principio de la termodinámica.

Pero huyamos del bienintencionado fárrago científico e intentemos bajar el balón al suelo. Antes de la ciencia estaban las historias, y no hay que rebuscar mucho para encontrar numerosas referencias al tiempo en los distintos mitos de la creación. Por ejemplo, los siete días empleados por Dios en la creación judeocristiana fueron una especie de cuenta atrás “hacia delante” (y perdonen el contrasentido), y en todas las cosmogonías hay menciones a peleas contra el tiempo. Cronos, el propio tiempo, devora a sus hijos hasta que a él mismo le llega su hora de la mano de Zeus, y también podemos ver esta pugna en el determinismo de las profecías, por lo general de aspecto funesto, y en el destino prefijado que tienen héroes como Edipo o Aquiles, por poner dos ejemplos a vuelapluma.

El nacimiento activa nuestro reloj que, sometido a la naturaleza, inicia su cuenta atrás hacia la muerte. No sabemos cuándo llegará el cero, pero sí que llegará. Por eso, en la iconografía del arte se usa esta certeza para recordarnos que somos mortales por medio de los memento mori o de las vanitas, que nos hacen ver lo efímero de la vida y la gloria humana.

Pero no todo es aciago en nuestra relación con el tiempo. Aunque sea una tradición relativamente moderna, en España le hemos dado la vuelta a esta cuenta atrás más o menos fatídica celebrando el fin de año con las campanadas en una ceremonia de renovación y conmemoración. Como nos recuerda la empalagosa canción de Mecano, “hacemos balance de lo bueno y malo” y usamos este momento como trampolín hacia el año siguiente… aunque no sabemos si vamos a clavar las dos vueltas y media hacia atrás en posición carpada o haremos una bomba despanzurrándonos de manera antiestética en la piscina del futuro.

Aunque supuestamente es una variable que se tiene en cuenta y se controla (¿verdad, gerifaltes del PGA Tour?), en el golf el tiempo no tiene el mismo peso que en otros deportes. Más allá del control que se lleva de manera más o menos laxa según el circuito, y de su desesperante elasticidad en el ámbito amateur, el tiempo no es un factor fundamental en el golf (aunque debería serlo). Si bien ha habido algunos experimentos menores al respecto, en nuestro querido deporte no hay cuentas atrás que ofrezcan pequeñas catarsis durante el partido y fomenten los estallidos emocionales más o menos controlados cada vez que el reloj se acerca a cero.

Sin embargo, el golf es un deporte de largo recorrido y esa es una de sus principales bondades. Como practicantes, nos puede acompañar durante casi toda la vida, al margen de que nuestras capacidades se vean mermadas. Incluso en el ámbito profesional observamos el contraste que ofrece el tiempo cuando se enfrentan, una semana tras otra, jugadores recién llegados a los principales circuitos con veteranos históricos. ¿Quién no pagaría un buen dinero por seguir un partido con Ángel Ayora, de 20 años, y Miguel Ángel Jiménez, de 60 (en breve, los cumple el 5 de enero) en un gran torneo del DP World Tour?

Hace no mucho pudimos disfrutar de un duelo similar en el desenlace del PNC Championship, en el que se batieron Tiger y Charlie Woods con Bernhard y Jason Langer. Al margen de cualquier otra consideración, el partido, electrizante hasta el final, fue un maravilloso ejemplo de lo que puede ofrecer el golf a todos sus practicantes. El contraste de edades y capacidades, la suma de veteranía y energía, el brillo de los hijos menores pese a la densa sombra de sus orgullosos padres, la igualdad sobre el terreno que ofrece el golf (pese a algún discutible ajuste en la distancia que tenían que afrontar desde el tee). A la vez, Charlie Woods y Jason Langer sirvieron a sus padres de vivo recordatorio de lo que fueron y de lo que son.

En los tiempos de la antigua Roma, cada general victorioso que desfilaba en la capital del imperio iba acompañado por un esclavo que, además de sujetarle la corona de laurel, tenía otra importante misión: decirle en voz baja, de vez en cuando, la frase “recuerda que eres mortal”. Tanto Woods como Langer son conscientes de este hecho (más si cabe Woods, dada su accidentada trayectoria en la última década y media), pero seguro que sonríen satisfechos al mirar a su lado.

Me van a permitir que me traiga esta analogía un poquito más cerca. Hace unas semanas, después de una exitosa carrera, decidió ‘colgar el micro’ Javier Pinedo con la retransmisión del DP World Tour Championship en Movistar Golf. Hay poquísimos profesionales que hayan conseguido convertirse en la voz de un deporte, y Javier es uno de ellos. Además de afrontar su tarea con profesionalidad, capacidad, conocimientos y criterio, Javier siempre ha sido extremadamente generoso conmigo y me considero afortunadísimo de disfrutar de su amistad. Se da la circunstancia de que él también puede mirar a un lado y ver cómo uno de sus vástagos, Ignacio, sigue sus pasos por el camino que él, con esfuerzo y dedicación, abrió hace unas cuantas décadas. Estoy convencido de que al escuchar a Ignacio se le dibujó la misma sonrisa que vimos a Tiger no hace tanto al disfrutar con el swing de su hijo. Gracias por tanto, Javier. Mucha suerte con lo que te viene, Ignacio.