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Que no sea solo esta semana

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Carlota Ciganda durante la primera ronda de la Solheim Cup en Gleneagles. © Golffile | Thos Caffrey
Carlota Ciganda durante la primera ronda de la Solheim Cup en Gleneagles. © Golffile | Thos Caffrey

Dice el refrán que solo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena, y si nos los llevamos al terreno golfístico podríamos afirmar que solo nos acordamos del golf femenino cuando llega la Solheim Cup. Por supuesto, es una generalización grosera e injusta con los aficionados y medios que están pendientes de las profesionales y amateurs durante todo el año (sin ir más lejos, Ten Golf y su amplia cobertura de todos los circuitos y torneos femeninos), pero creo que entienden por dónde voy. Ojo, y no escurro el bulto y asumo mi ración generosa de responsabilidad, ya que el porcentaje de columnas que dedico al golf femenino es notablemente inferior al que debería por justicia y méritos.

Las desigualdades, en todos los ámbitos, siguen siendo la norma en el mundo de golf femenino. Aunque parezca que algunas puertas se abren, a veces lo hacen emitiendo un chirrido desagradable. Les pongo un ejemplo rápido. Como bien saben, Augusta National acoge desde este año el Augusta National Women’s Amateur (aunque, a decir verdad, solo sirve de escenario a la última vuelta de esta competición, una ronda que juegan las 30 mejores clasificadas). Es un gesto aperturista y loable, aunque limitado. Cuando se le preguntó a Fred Ridley, presidente de Augusta National, si cabía la posibilidad de que la sede del Masters acogiera un torneo profesional femenino, respondió lo siguiente: “Miramos hacia el futuro, pero también tenemos que ser respetuosos con el Masters”. La pregunta que queda en el aire es obvia. ¿En qué medida se puede faltar al respeto al Masters albergando una competición profesional femenina? ¿Traducimos la frasecita por “no podemos tener a mujeres haciendo chuletas en Augusta National X días antes del Masters” o por “la tradición exige que Augusta National se reserve para competiciones masculinas”? Cualquiera de las dos opciones pone los pelos de punta y a Marion Hollins, una de las artífices en la sombra del campo de Georgia, le habría abochornado.

Laura Davies en la ceremonia de apertura de la Solheim Cup 2019. © Golffile | Thos Caffrey
Laura Davies en la ceremonia de apertura de la Solheim Cup 2019. © Golffile | Thos Caffrey

Mel Reid, Meghan McLaren, Charlotte Thomas, Laura Davies… No son pocas las jugadoras que han sacado a la luz en los últimos meses las tremendas desigualdades que sufren las jugadoras profesionales, especialmente en el ámbito europeo. Sus bolsas de premios son exiguas si las comparamos con las de sus homólogos masculinos, cuando los gastos de desplazamiento y manutención, obviamente, son los mismos. Las supuestas “prebendas” de las profesionales, por otro lado, son animales mitológicos. Muy pocas jugadoras cuentan con patrocinios completos por parte de marcas de material, y solo las que pertenecen a la élite pueden costearse un caddie de manera regular.

Sé que a estas alturas a más de un lector ya se le habrá venido a la cabeza un argumento recurrente: si no hay tanto dinero en el golf femenino (y, por extensión, en el deporte femenino) es porque no venden. Y eso lo piensan o dicen quienes se quedan en la argumentación más o menos educada, porque resulta descorazonador leer los comentarios en las redes sociales o en distintos rincones de internet cuando se plantea esta cuestión. Parece que poner sobre la mesa esta discordancia supone una amenaza directa hacia el status o la hombría de ciertos lectores, que reaccionan con una virulencia extraña, como si se estuviera invadiendo un terreno privado y vedado. Preocupa (e intranquiliza) que en lugar de esconder una actitud vergonzante hagan gala de ella en comentarios que puede leer cualquiera. Como decía una gran escritora, la miopía en la percepción de la injusticia es la más peligrosa.

Público en la primera jornada de la Solheim Cup 2019. © Golffile | Thos Caffrey
Público en la primera jornada de la Solheim Cup 2019. © Golffile | Thos Caffrey

Pero el argumento de la venta tampoco se sostiene si tenemos en cuenta que estamos hablando de un problema sistémico que se lleva arrastrando muchas generaciones. En efecto, el desarrollo del deporte profesional femenino tiene limitaciones que saltan a la vista (aunque las distancias se van recortando) porque las mujeres, hasta la fecha y durante toda la historia de la humanidad, estaban a otras cosas. ¿Qué cosas, dirán ustedes? Sostener la estructura social, contribuir a la economía familiar y mantener unido el tejido de la civilización. Sí, todo eso. Ellas han tenido que anteponer las necesidades familiares y laborales a cualquier otra consideración (y en su larga lista de ocupaciones el ocio y el deporte, ya sea como practicantes o como meras espectadoras, siempre han ocupado un lugar secundario por pura obligación). Aunque se esté progresando, la tan anhelada conciliación sigue siendo una entelequia en muchos casos. El terreno de juego, nunca mejor dicho, no está nivelado.

Pero la situación, por suerte, mejora. Cada vez hay más mujeres que pueden dedicarse al deporte profesional o amateur, que consumen más televisión deportiva, que toman más decisiones de compra, que tienen la última palabra, pero aún necesitaremos muchas generaciones para que la igualdad que ya se percibe en el panorama general (no hay más que ver el número de medallas que consiguen las deportistas españolas en los Juegos Olímpicos) se traslade al ámbito “deportivo-empresarial”. Y para que esa igualdad se alcance la afición tiene que volcarse en el golf femenino del mismo modo que acude a otras grandes citas deportivas en nuestro país.

Azahara Muñoz en la primera jornada de la Solheim Cup 2019. © Golffile | Thos Caffrey
Azahara Muñoz en la primera jornada de la Solheim Cup 2019. © Golffile | Thos Caffrey

En España, y en el mundo del golf, el panorama es alentador. Contamos con un circuito nacional, con tres torneos del Ladies European Tour y dos del LET Access, jugadoras en todos los principales circuitos (LPGA Tour, LET, Symetra Tour, LET Access Series) y una Solheim Cup (la de 2023) en ciernes que puede servir de catalizador y trampolín, igual que lo fue la edición de 1997 de la Ryder Cup en Valderrama para el golf masculino.

El producto es de calidad y está al alcance de todos; las jugadoras rebosan talento y carisma. Consumamos golf femenino y disfrutemos de este deporte, esta semana y todas las que vienen.

3 COMENTARIOS

  1. Es una reflexión muy interesante.
    En los últimos años he sido marcador en torneos de la PGA, del European Tour, de la LPGA y en la Eurasia Cup. Desde luego es impresionante ver jugar a los hombres (más aún en campos que conoces y que se supone que sabes jugar), pero siempre digo que donde más podemos aprender los “amateurs de fin de semana” es en los torneos de mujeres. Las distancias que juegan, la velocidad de su swing, la potencia del golpe … todo se asemeja más al jugador promedio que somos.
    Yo desde luego no dejo de aprender de nuestras Aza, Carlota, Nuria, Belén y compañía.

  2. Vaya artículo de cuota Óscar, con algo así te pueden contratar en La1 mañana mismo. Aburre el asunto. La frase: «Ellas han tenido que anteponer las necesidades familiares y laborales a cualquier otra consideración» es para darte un premio feminista, sin duda. Resultará que los hombres no han antepuesto la familia y el trabajo al ocio, por ejemplo. Lo que hay que leer.

    • Tu comentario confirma la frase mencionada en el artículo: La miopía en la percepción de la injusticia es la más peligrosa…

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