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La aventura de Alejandro Cañizares y su caddie César Chesa en el torneo de Pakistán del ADT

Jugando al golf bajo un estado de sitio

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Alejandro Cañizares, durante el ADT Rumanza Open Pakistan.
Alejandro Cañizares, durante el ADT Rumanza Open Pakistan.

«Estaba prohibido salir del hotel o del campo de golf. Cualquier movimiento tenías que hacerlo acompañado de escolta militar. Desayunabas, comías y cenabas en la casa club. Un día pedimos ir a cenar a un centro comercial que estaba junto al hotel, aunque fuera con escolta, y una vez allí nos dijeron que no, que sólo podíamos ir al supermercado y volver rápido al hotel». Alejandro Cañizares y su caddie César Chesa cuentan a Ten Golf la extraña y dura experiencia de jugar al golf en Pakistán.

Cañizares viajó la semana pasada a Multán, una ciudad situada a poco más de 500 kilómetros al sur de Islamabad, para jugar el ADT Rumanza Pakistan, torneo del circuito Asian Development Tour, la segunda división de circuito asiático. Eso sí, de Multán apenas vio el aeropuerto, el campo de golf y lo poco que pudo distinguir a través de las ventanas llenas de polvo de las furgonetas que los desplazaban de un sitio a otro. «A nuestra llegada al aeropuerto nos recogió un transporte del torneo y nos llevó al hotel escoltados por militares. Una vez allí la orden era clara. Sólo podíamos ir del hotel al campo de golf y viceversa, nada más», explica Alejandro. En realidad, todo está destinado a la protección, pero se hace raro.

El hotel parecía que lo habían abierto sólo para el torneo, con unas instalaciones propias de los años 70 en España y con la cocina cerrada. Lo más extraño eran las cenas, ya que los golfistas habitualmente desayunan y comen en el campo de golf. En Pakistán para las cenas también había que ir a la casa club, a unos diez minutos del hotel. Te llevaban en furgoneta y te traían de vuelta. Siempre escoltados. «También podías pedir comida a domicilio y te la traían al hotel, pero sólo lo hicimos una vez», explica. Básicamente, por la pinta y el sabor era bastante desaconsejable.

Realmente es como jugar al golf en un gueto, bajo un estado de sitio. Tanto el hotel como el campo de golf se encuentran en una zona llamada Defence Housing Autority, un territorio residencial dentro de la ciudad con promociones inmobiliarias administradas por el ejército, donde la movilidad está protegida y controlada. En principio, se crearon estas zonas para alojar a militares retirados en los años 70, pero ahora la mayoría de las propiedades son de civiles, mientras que una parte del total se asigna a oficiales de las fuerzas armadas, familias de mártires y otros empleados del gobierno.

«No vi nada de la ciudad ni del país, no puedo contar gran cosa, la verdad. Ni siquiera podíamos salir a comprar fruta. Entre que no te entendían y que no dejaban, no había manera. La impresión que me llevé, eso sí, es que hay gente muy pobre, muchas calles y carreteras de arena, familias viviendo en tiendas de campaña y mucha presencia de la religión. Todos los días a las cinco y media de la mañana te despertabas con la llamada a la oración de las mezquitas, no es que no te pongan un gintonic, es que el camarero ni siquiera sabía lo que era y las mujeres están un poco al margen. Nos ofrecieron una especie de cena de gala antes del torneo y las pocas mujeres que había estaban en una mesa y no se levantaban con nosotros para coger la comida del bufé, sino que a ellas se lo llevaban a la mesa», explica Cañi.

La comida es muy diferente y puede ser un problema. De hecho lo fue para Cañi y su caddie. «Pican hasta las servilletas», dice César, un profesional auóonomo del sector económico de 55 años que vive entre el valle de Arán y Cambrils, que decidió echar una mano el año pasado a Emilio Cuartero y que a través de esta relación hizo buenas migas con Cañi. Ya lo acompañó en la escuela del Asian Tour y ha repetido ahora en Pakistán. «Yo no diría que soy su caddie porque eso me parece una cosa muy seria. Me consideraría un intruso. Simplemente le llevo la bolsa y lo acompaño. La vida son dos días y me gusta vivir experiencias diferentes. Por suerte, mi situación familiar me lo permite, así que mientras a Cañi le parezca bien, yo estoy encantado de ir con él», señala.

Como decimos, la comida hizo estragos. De hecho, antes de salir a jugar la última ronda, Alejandro tuvo que ir a una farmacia para tratar de poner en orden un tremendo desasosiego gástrico. Jugó como pudo. Si el torneo hubiera sido en España, probablemente se habría retirado. «No podía con los palos, estaba como mareado, con mucho calor, acabé como pude», explica. Y así lo reflejó su tarjeta. Hizo 71, 71, 72 y 79 golpes en la ronda final. Pasó de estar a un paso del top 10, incluso algo mejor, a terminar en el puesto 28º.

Respecto a la organización del circuito y el campo de golf, pocas pegas. «Es un gran campo», asegura Cañi. «Diseño de Nick Faldo, ancho, con muy buen mantenimiento y los greenes más que decentes. La verdad es que el campo estaba muy bien. Lo único raro era cuando fallabas por mucho las calles que estaba plagado como de montañitas pequeñas de arena y era muy fácil que se te quedara injugable. Eso era un poco raro, pero por lo demás, poca queja», asegura. En cuanto su golf, no termina de sentirse cómodo con el driver desde el tee y eso le acaba afectando al resto del juego, pero siente que está en el buen camino, tiene muchas ganas de entrenar y mejorar y está dispuesto a poner los medios. Ha vuelto a trabajar en los últimos tiempos con el psicólogo deportivo Ricardo de la Vega y las sensaciones son cada vez mejores.

En principio, el Asian Development Tour tiene previstas unas 20 pruebas para toda la temporada. Cañizares quiere jugar el circuito completo. Es su inversión para sacar la tarjeta del Asian Tour (top 10 del ranking final). La próxima cita es en Vietnam a mediados de marzo. No entra por su categoría, pero ha pedido invitación y está a la espera de que se la concedan. En caso afirmativo, otra aventura, aunque seguramente aquello ya no será un estado de sitio.