La ronda de golf ha terminado. Son cerca de las nueve de la noche. El sol empieza a caer sobre las montañas de Almería y acabas de salir del green del 18. Podrías pensar que ahí termina el día en Desert Springs. En realidad, sin embargo, para muchos, es cuando empieza.
La escena se repite con frecuencia. Después de jugar el Indiana Course, el único campo desértico de competición de Europa, los golfistas se sientan en la terraza de El Torrente. Desde allí se escucha el agua de Powder Creek, el arroyo que atraviesa el resort, mientras llegan a la mesa unas croquetas caseras, un arroz o alguno de los pescados frescos que forman parte de la propuesta mediterránea del chef Sergio Rodríguez, que ha desarrollado parte de su trayectoria profesional en restaurantes con Estrella Michelín. La conversación ya no gira sobre el último putt fallado o el birdie que te alegrará el resto de tu existencia. Se habla de dónde cenar mañana, de la excursión prevista para el fin de semana o de cuánto tiempo hace que no se disfrutaba de un clima así en pleno invierno.

Justo ahí, en ese instante, muchos descubren que Desert Springs es bastante más que un campo de golf.
El golf sigue siendo el gran imán. No todos los días se tiene la oportunidad de jugar entre cañones, ramblas secas, cactus gigantes y afloramientos rocosos inspirados en los recorridos desérticos de Arizona y California. Sin embargo, basta pasar un par de días en el resort para comprender que el golf es sólo una parte de la experiencia.
A menos de cinco minutos a pie de la casa club aparece otro de esos lugares que ayudan a entender el fenómeno Desert Springs. Es el Club Cocodrilo. El edificio parece sacado de un safari africano, con su gran estructura de madera y tejado de paja. Allí la rutina puede consistir en una comida informal, una copa al atardecer o simplemente dejar pasar las horas junto a la piscina mientras los niños juegan en las zonas habilitadas para ellos.

Esa sensación de espacio es una de las grandes virtudes del resort. No hay prisas. No hay aglomeraciones. Hay caminos para pasear, pistas de pádel y tenis, gimnasio, bicicletas de montaña y un entorno que invita a pasar más tiempo al aire libre del que uno tenía previsto inicialmente.
Y luego está Almería.
Porque otra de las sorpresas de Desert Springs es su ubicación. En apenas unos minutos se puede llegar a las playas de Vera o Palomares. Muy cerca aparece también Mojácar, uno de los pueblos más bellos y reconocibles de Andalucía, con sus calles encaladas, sus miradores y su ambiente mediterráneo. Y un poco más allá espera el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, con algunas de las calas más espectaculares de España, extensas playas de arena y paisajes prácticamente intactos que convierten cualquier escapada en un plan difícil de olvidar.

Quizá por eso muchos propietarios cuentan una historia parecida. Llegaron para jugar unos días al golf. Volvieron al año siguiente. Después pasaron temporadas más largas. Y finalmente acabaron comprando una vivienda o convirtiendo Desert Springs en una segunda residencia.
No es difícil entenderlo.
Hay pocos lugares en Europa donde se pueda jugar al golf una mañana de enero en manga corta, comer frente a un arroyo rodeado de palmeras, tomar una copa al atardecer y planear para el día siguiente una excursión a la playa, a una cala escondida de Cabo de Gata o a alguno de los pueblos con más encanto de la costa almeriense.

El golf es la excusa perfecta para descubrir Desert Springs.
Lo que ocurre después suele ser mucho más difícil de explicar. Hay que vivirlo.



