Por Daniel Palma
JUEVES 28
Difícil tarea la de intentar poner en orden tantas sensaciones como ahora mismo se agolpan en mi cabeza…
Hace ya unas horas que nuestra ronda terminó, pero aún estoy en estado de shock. Se mezclan a partes iguales la decepción y la rabia en mi cabeza. Casi me atrevería a decir que el golf no es justo, pero sería más fruto del calentón que de otra cosa. Si hay un análisis que hacer en frío, la conclusión es que tenemos lo que nos merecemos.
Llegamos temprano al campo y rápidamente se nota que algo ha cambiado respecto a días anteriores. Hoy la calle de prácticas roza un silencio de velatorio; las caras de los jugadores muestran tensión y las bromas son escasas. Rompe la tónica Gonzalo Fernández-Castaño con su habitual buen humor. Espero que tenga suerte y su pequeñín aguante sin ver la luz al menos hasta el lunes.
Comenzamos la jornada de “trabajo” en el chipping green para calentar los músculos. El leaderboard ya muestra los primeros números azules, algunos deberían ser azul oscuro. Intuimos que los greenes por fin han alcanzado la rapidez habitual del Valderrama de torneo.
De allí, pasamos a la calle de prácticas, donde Raúl, totalmente recuperado de sus problemas de estómago de la víspera vuelve a pegar a la bola con mucha calidad. Se me apaga la luz de alarma que ayer se me encendió, y poco a poco me voy imbuyendo en el torneo metido plenamente en mi papel de caddy.
Al pasar al putting green, a tan sólo media hora de nuestro horario de salida, me doy cuenta de que realmente estoy muy nervioso, cosa que me sorprende. No me fastidies, si ¡¡¡yo sólo cargo con la bolsa!!!, me digo intentando tranquilizarme. Intento nulo.
Cuando llegamos al tee del 1 llega uno de los momentos más trascendentales para mí. Una amable señora me entrega el flamante peto blanco con el apellido de mi amigo en el pecho y la espalda. Ahora sí que “la hemos cagado”. Me tiembla todo como si fuera el día de mi boda. Si yo tuviera que pegar un golpe en ese momento sería capaz de darla al aire. Con ganas de soltar la bolsa y salir corriendo, intento armarme de valor, saco mi libro de distancias como por inercia, haciendo cálculos absurdos a sabiendas de que el palo a pegar es, al igual que en los tres días de prácticas, el driver.
Atino a dárselo a Raúl previo limpiado de cabeza y puño con mi toalla recién mojada por enésima vez. Creo que limpié el puño tan fuerte por los nervios que lo dejé lijado y pulido.
Miro a Raúl y lo noto tenso, mucho público rodea nuestra partida; muchas caras conocidas de amigos y familiares del de Guadiaro. Hasta mi padre y mi madre que hace de marshall por enésima vez están allí. ¡¡¡Dios!!!, parece el día de mi primera comunión.
Raúl pincha la bola, golpea su driver mientras recuerdo esas películas donde en un instante el tiempo se detiene y sólo oigo mi corazón latir deprisa en mi cabeza.
El golpe es malo, no demasiado pero va desviado a la izquierda. Es el peor driver que ha pegado en los últimos cuatro días. Me cuelgo la bolsa y echo a andar sin rumbo fijo, aún aturdido pero sintiendo poco a poco como la sangre vuelve a circular por mis entumecidas extremidades.
Al llegar a la bola la cosa está fea. En un rough alto, a 138 metros de bandera y con un hueco pequeño para pasarla. Raúl pega un hierro 9 que dibuja la trayectoria imaginada y la clava a poco más de tres metros del hoyo. Genial. Gran comienzo, pienso. El putt para birdie se pasa casi metro y medio, aunque un letal pateador como “mi jefe” esta semana no tiene problemas en firmar el par. Respiro, fumo compulsivamente, o no sé si respiro compulsivamente y fumo. Hacer de caddy por dinero debe ser duro, pero hacerlo por amistad sabiendo lo que un amigo tuyo se juega es durísimo. Al menos a mi me está matando.
En el tee del dos, Raúl ganchea el driver por más de 30 metros. La bola tras tocar en la copa de un alcornoque y golpear en la cabeza de un pobre señor, se queda prácticamente injugable. Nueva genialidad del jefe y salimos del hoyo con bogey.
No nos afecta demasiado, al menos yo trato de que no me afecte y así intento transmitírselo a mi jugador. Sabemos que los fallos van a llegar y que este campo cobra un caro peaje por cada uno de ellos.
A pesar de mi buena cara y mis ánimos transmitidos, este primer bogey ha sido una puñalada en mi pecho, una lanzada en mi costado que me abre una hemorragia por donde se me escapa el aire. Venía concienciado en que esto iba a pasar, pero me cuesta asumirlo.
Los hoyos van pasando, los nervios se han esfumado y Raúl va salvando pares, tirando buenos putts de birdies que aún no han querido entrar. Los greenes nos han sorprendido desfavorablemente, ya que lo que creíamos iban a ser cristales indomables son en realidad tapices irregulares en velocidad, tirando a lentos para lo esperado.
En el hoyo 7, el más difícil del campo, un nuevo driver errado por la izquierda deja la bola casi apoyada en el pie de un centenario alcornoque. Maldigo nuestra suerte porque intuyo que desde allí es imposible firmar menos de un doble bogey. Sólo un golpe perfecto con el wedge de 60º hace que la bola vuelva a calle, pero aún a 195 metros de green. Firmamos doble bogey para acumular +4.
Los resultados que vemos en la pizarra son malos en general. El +4 que llevamos en ese momento, aunque malo, no es definitivo, y unos buenos segundos nueve nos meten ahí.
Jugamos muy bien el tramo del 8 al 14, sumando pares y dejando birdies claros en el campo, pero el rush final es devastador. Bogeys al 15, 16 y 18 acaban por destrozar la tarjeta y buena parte de mis ilusiones.
Raúl no se enfada demasiado al terminar. Es consciente de que ha jugado mal, sobre todo desde el tee (paradójicamente uno de sus puntos fuertes), y este campo no te perdona.
Valderrama es un monstruo agazapado, acechante en todo momento, a la espera del mínimo error para golpearte con toda su fuerza. Si fallas calle lo pagas; si fallas green lo pagas, si estás en green en el lado malo, también pagas tributo. Lo odio y lo amo, lo venero y lo maldigo.
Me siento mal al terminar, muy mal. Me pregunto si en algún momento podía haber hecho algo más. No soy capaz de atribuirme ningún error claro en cuanto a cálculo de distancias o elección de palo, pero estoy enfadado conmigo mismo. Mi jugador no merece este castigo, o mejor dicho, su juego de hoy si lo merece, pero no él como persona.
Tengo que agradecerle sus palabras de ánimo ensalzando mi trabajo de hoy. Me ha valorado como caddy aún a sabiendas de mis muchas deficiencias. Me lo ha puesto fácil, y en todo momento ha confiado en mis apreciaciones. Es un tío grande, nunca lo dudé.
Prácticamente cerramos la tabla de clasificación, y mañana necesitamos como mínimo firmar un 68 si queremos jugar el fin de semana. Tengo muy claro que es posible. Y soñar es gratis…


