
Alejandro del Rey (-22) ha ganado el Ras Al Khaimah Championship con una tarjeta final de 66 golpes en el Al Hamra Golf Club y una ventaja de cuatro sobre su inmediato perseguidor, Marcus Armitage (-18). El inglés no ha dado su brazo a torcer, pero incluso habiendo firmado un notable registro de 68 golpes apenas ha podido contener el torrente de recursos y habilidades del jugador español.
Del Rey estrena así su palmarés en el DP World Tour, lo que en sí mismo ya marca una línea en el suelo que lo separa de la mayoría. Y no será ésta la última huella que deje, pues su perfil es el de un jugador señalado para volar alto. Muy alto.
Es curioso. Alejandro era de esos jugadores que antes incluso de hacerse profesional ya cargaba con el peso de la púrpura. Sería por su victoria en el Eisenhower Trophy de 2018 (campeonato del mundo amateur). O por sus evidentes y deslumbrantes capacidades, un pegador descomunal que además siempre había mostrado una gran habilidad en el juego corto.
Ganó en el Alps Tour (septiembre de 2020) pocas semanas después de hacerse profesional, confirmando de alguna manera las expectativas. Y tampoco tardó demasiado en ganar en el Challenge Tour (julio de 2022). Luego, en la élite, ha tardado un poquito más, pero tampoco es que la espera se haya hecho muy larga. Es un jugador que se sale de la norma, pero paradójicamente su progresión está siendo ordenada y al alza, con escasos picos. Sea como sea, la sensación que prevalece después de su estreno ganador en los emiratos es que hoy, al fin, Del Rey ha recuperado su lugar natural en el mundo (del golf), el de los levitadores, el de los ganadores, el de los que están llamados a destacar en lo suyo. Luego, mucho ojo, también hay que saber llevar semejante lastre con naturalidad.
Más allá de su brillante resultado final en la hora de la verdad, que puede terminar dándose de muchas maneras, Del Rey ha confirmado hoy que no se siente un intruso en el partido estelar del domingo en un torneo del DP World Tour. Todos los profesionales están ‘diseñados’ y aleccionados para expresar tal convencimiento: soy un tipo para los grandes días. Muy pocos, o ninguno, reconocerían lo contrario. Después, por suerte o por desgracia, no todos son capaces de confirmarlo. O lo consiguen mucho más tarde, después de un largo periodo, y no en su torneo número 70 en la primera división, como hoy a hecho Del Rey. Tampoco él ha ganado a las primeras de cambio. De hecho no era la primera vez que salía en los últimos partidos del domingo. Pero aprende rápido.
Arrancaba con birdies en los hoyos 1 y 2, dejándole claro a Armitage por qué clase de senda escarpada iba a transitar la jornada. Hay birdies y birdies y los suyos, estos del arranque, había sido poderosos, dejando la bola muy cerca de la bandera en ambos casos. Si el sábado había cogido sólo tres calles, el domingo apenas iba a cazar dos: es que no las cogía ni saliendo con hierro desde el tee… Pero le daba igual: hoy su talento podía con todo y con todos. (Abramos aquí un paréntesis: esta semana, en Ras Al Khaimah, en un campo como el del Al Hamra, en efecto le ha dado igual, pero él sabe bien que si de verdad aspira a una plaza fija en el top 50 mundial, por decir algo, o si aspira a jugar todos los Grandes y a disputar hasta el final alguno de ellos, tendrá que enderezar ese driver de una manera más regular. No hay otra).
Malo sería que Del Rey se diera un atracón de azúcar en las próximas horas, en los próximos días o semanas, que lo dejara fuera de juego. Los elogios (todos los de esta crónica, por ejemplo) hay que digerirlos con suma prudencia. Y relativizarlos. Malo sería, pero queda uno por transcribir: el madrileño sentenciaba el torneo con un trío de birdies en los hoyos 11, 12 y 13 que bien podría haber firmado Severiano Ballesteros. En el 11, par 3, embocaba un chip delicado para birdie; en el 12, después de fallar la calle por mucho, se las arreglaba para llevar la bola al centro del green desde la arena del desierto y a 180 metros de la bandera (la bola, es verdad, estaba mucho mejor colocada de lo que había merecido su drive) y terminaba enchufando un purazo de unos quince metros; y remataba en el 13 pegando un gran segundo disparo desde el rough y embocando un putt de unos tres metros. Podría añadirse a esta serie el par que salvaba en el 14, par 5, después de meterse en numerosos y variados líos, sacando a la palestra esas manos templadas que tiene para ejecutar un chipecito maravilloso, aunque no fuera el más complicado del mundo.
Nadie es como Seve. Del Rey tampoco. Pero en ocasiones puntuales algunos lo parecen. Del Rey podría ser uno de ellos.


