Rory McIlroy (-5) y Tyrrell Hatton (-5) lideran el DP World Tour Championship, la final del circuito europeo, después de la primera jornada. Vaya dos. Hatton, como se ve, no está dispuesto a dejar escapar una sola oportunidad de sumar puntos para la Ryder Cup: una vez finalizaron sus ineludibles compromisos con LIV Golf, viene de ser décimo en el Open de España, de ganar el Alfred Dunhill Links y de ser segundo la semana pasada en Abu Dhabi… No pierde el tiempo. Este grado de eficacia sólo está al alcance de jugadores de gran talla. Al volcánico inglés sólo le queda una asignatura por aprobar en la alta competición, que por otro lado no es cualquier cosa: los Grandes. Ha jugado ya 38 y ni siquiera atesora un puesto entre los tres primeros. Quién lo diría, pero es lo que hay. Los Grandes son los Grandes y a Hatton, de momento, se le atragantan.
En cuanto a Rory… El norirlandés, como es bien sabido, tiene entre ceja y ceja conseguir su sexto triunfo en el ranking europeo del año y hoy está ya mucho más cerca de hacerlo. En realidad, casi lo estaba antes de arrancar la actividad este jueves en el Earth course del Jumeirah Golf Estates dubaití, pero es que a su vuelta de 67 golpes y a su liderato se ha unido una gris actuación de Thriston Lawrence (+1), el único jugador que puede arrebatarle el entorchado y que, además, necesita ganar para conseguirlo. No es cuestión de descartar ya al sudafricano, pero desde luego se ha quedado, a las primeras de cambio, sin margen alguno de maniobra. Ahora sólo le queda apretar, apretar y apretar.
No está el Earth course para soltarse desde el tee, no al menos a lo loco. El rough de bermuda parece este año más denso y puñetero que nunca. Casi da miedo ver cómo se quedan algunas bolas, más que anidadas, ancladas. Y Lawrence no ha estado precisamente muy lúcido desde el tee. Ya puede mejorar en este aspecto si no quiere despedirse del objetivo mañana mismo, al paso por el meridiano de la segunda vuelta…
Rory, la verdad, camina por este campo como por el patio de su casa. Es la decimocuarta vez que juega este torneo. Sólo se ha perdido dos ediciones (2017 y 2020) y suma ya 53 rondas de competición, incluyendo la de hoy, más que nadie en la historia. Sabe perfectamente dónde se puede forzar un poquito y donde nada en absoluto. Sabe que en el Earth course el registro notable debe caer como fruta madura. Sabe mucho, más que nadie. En apariencia, ni siquiera le hace falta desplegar su mejor versión para firmar tarjetas de 68, 67, o 69 golpes, una detrás de otra, como el que hace churros. En 53 rondas sólo ha jugado cinco veces por encima del par y su media de golpes es de 68,53. En fin, viene de ser 22º en la edición del año pasado, su peor resultado en este torneo, y difícil será que Rory tropiece dos veces en la misma piedra. Da la sensación de que al tran-tran (su tran-tran, claro, que no es el tran-tran de los mortales) se dará una opción más o menos remota en los últimos nueve hoyos del domingo. Al tran-tran también andaba la semana pasada buscando una oportunidad en la ronda final. Hoy tampoco ha estado súper desde el tee, pero terminaba enchufando un purazo de cerca de quince metros en el 17 para compensar. Raro, muy raro será que no acabe entre los diez primeros, en cuyo caso, ni una reacción esplendorosa de Lawrence podría arrebatarle la Race.
Andan en juego algunas de las diez tarjetas del PGA Tour que se repartirán este domingo. Queda mucho torneo por delante, pero de momento el sofoco se lo lleva Sebastian Soderberg (+5), que llegaba a la cita dentro del paquete de los diez afortunados (el noveno, para ser más exactos), pero que hoy ha firmado un 77 y pone en riesgo este formidable premio a una gran temporada.



