Manu Elvira lleva su ritmo. Pero qué ritmo. Cada año mete una marcha más. Un poco mejor. Un poco más alto. Un poco más cerca de ganar. Un poco más cerca de la Final de Dubai. Un poco más cerca de los mejores. Paso a paso. Golpe a golpe. Manu no salta las marchas de dos en dos. Embraga como Dios manda. No pasa de primera a tercera. Lleva un orden. Pero qué orden. No ha dado un paso atrás en toda su carrera.
Desde 2019 ha ido creciendo. Cada año un poco mejor en el Challenge Tour hasta que ascendió en 2023 sin necesidad de ganar un torneo. Dos temporadas ha completado en el DP World Tour y más de lo mismo. En 2024 acabó en el puesto 102º de la Race to Dubai y en 2025 subió al 68º. Cierto es que 2026 no ha hecho más que empezar, pero ya está el 40º. Más de lo mismo con el ranking mundial. Manu es una letra del tesoro. Metes tu dinero a plazo fijo y cada año te da un poco más. No es el Euromillón, pero nunca te dejará sin blanca.
No entró en el Dubai Invitational y estrena 2026 esta semana en el Emirates. El nuevo cambio de marcha ya está preparado y tiene nombre y apellidos. «Quiero ganar mi primer torneo este año. He estado cerca un par de veces. Meterme en las tarjetas del PGA Tour es más ambicioso, pero la Final de Dubai es realista. También quiero acercarme al top 100 mundial y poder aspirar a jugar algún Major». En realidad, casi todo está relacionado. Si alcanzas alguna de esas cosas, las otras vienen pegadas.
Eso sí, que haya expectativas, que existan esos objetivos notables, no significa que Manu haya despegado los pies del suelo. Quiere todo eso y más, pero tiene claro que es difícil y que si no sale tampoco es el fin de semana. «Hay que ir torneo a torneo y no ‘comer con los ojos’. Nunca sabes cuándo te puede salir la semana. He visto a Nacho la semana pasada: el lunes decía que había perdido el swing y el domingo levantó el trofeo. Nunca sabes. Hay que hacer lo mejor que puedas en cada entrenamiento y en cada vuelta: a veces sale bien, a veces sale mal… y quién sabe, igual el domingo acabas levantando un trofeo», explica.
El pequeño de los Elvira se ha preparado a destajo para ese cambio de marcha. No es de los que cree que el éxito cae del cielo. Más bien brota de la tierra, de cada paso que das, cada swing, cada sentadilla. «Le he metido mucha más caña al tema físico en el último mes y medio. He empezado a trabajar el físico con Diego Suazo lo llevamos bastante a rajatabla. Cuando fallo, él está ahí: “oye, no has hecho esto, no has hecho lo otro”. Intento no fallar, desde luego. Aparte de para el golf, es un tema de salud. El objetivo no es tanto ganar distancia, ya que pienso que voy bien en ese apartado, como tener más resistencia. Quiero llegar mejor al último tramo de la temporada. Yo juego mucho porque creo que es importante, cada semana hay puntos, y el año pasado lo noté en los backnine. El depósito de gasolina estaba al límite. La idea es poder hacer el mejor swing posible más veces y que el físico no sea un problema», explica.
Por supuesto, también ha trabajado el swing con su entrenador, Alfredo Gutiérrez. «Sobre todo se trata de no perder los fundamentos del swing y, a la vez, trabajar cosillas: que si el swing un poquito más corto o lo que sea. Pero siempre sobre las mismas bases. Tenemos un método fijado de toda la vida y no intentamos salirnos de ahí. Obviamente, una semana el swing está mejor y otra peor, pero buscamos que los fallos sean los mínimos posibles», apunta.
Para ese cambio de marcha que ya está preparando, no hay duda de que la victoria de su hermano Nacho el pasado domingo es un aliciente extra. Es como si le metes gasolina Sin Plomo 98 al motor en lugar de 95. Sin aditivos, claro. «Me alegra mucho que haya ganado tres veces y más aún que haya podido ver dos de ellas en directo. Verlo ganar te inspira: dices “yo también quiero ganar”. Sé que es difícil, pero te motiva. Lo tienes en casa, sabes cómo juega, te enseña… y tú quieres aspirar a lo mismo. Lo llevas en los genes. El gen Elvira, me decía Pablo Larrazábal antes».
En este sentido, Manu tiene claro que la influencia de su hermano es tremendamente positiva. Tanto como que le da todo el crédito de haber salvado la tarjeta en 2024. «Es un gusto. Desde que llegué al Tour me han acogido todos muy bien. Y sigo pensando que mantener la carta el primer año, que siempre es complicado, lo logré gracias a Nacho y a todos estos (en referencia al resto de la Armada): me acogieron, me explicaron todo, me hicieron sentir como si ya hubiese jugado antes. Fue una gran ayuda».
En dos años ha vivido un máster acelerado. El golf de alta competición te puede atropellar, pero este cántabro de 29 años es hábil asimilando la información. Escucha y aprende. No le cuesta enumerar sus cuatro grandes enseñanzas en este tiempo: «tienes que estar preparado porque nunca sabes cuándo va a ser tu semana, también al revés, estás jugando bien y de pronto todo se nubla; otra cosa que he aprendido a la fuerza es que un golpe que ya has pegado, ya está: se queda en el pasado. Muchas veces sigo dándole vueltas a un mal swing de uno o dos hoyos atrás; cada semana hay que jugar con lo que uno tiene: nunca vas a tener el swing al cien por cien, hay que competir. Si estás fallando más a la derecha, te proteges por la izquierda; buscar siempre el lado bueno para fallar. A veces yo me dejo un approach complicado y tengo que decir: “si no la estoy pegando bien, voy a buscar el sitio donde sé que puedo hacer cuatro”, eliminar el doble o el triple de la ecuación. Y por último y más importante: la paciencia. es la mejor herramienta en este deporte. Lo viví en Mauricio hace un mes: el domingo no jugué bien, pero dije “voy a ser paciente, sé que hay oportunidades”. Fallé golpes, tuve suerte (la suerte influye), la fallas a las matas, la encuentras… te las apañas para hacer cuatro, eres paciente, caen un par de birdies y acabé con -2 y saqué un top ten cuando parecía que no iba a salir».
La victoria de Nacho el domingo fue un subidón. Vivirla en directo, una gozada. No obstante, recuerda que fue «muy duro». Sin paños calientes. «Cuando llegué al campo había hecho dos bogeys en el 8 y 9 y la tiró al agua en el 10… Y me dije, qué hago, me voy, ¿no? Después, en el 18 lo pasé muy mal. Les quería gritar que Shane Lowry había hecho doble bogey para que supieran que les valía el cuatro para ganar. Cuando vi la pelota acabar entre el agua y la bandera, casi me da una arritmia. Ese fue el único momento que lo pasé realmente mal por dentro.
Luego fue una alegría tremenda. Al final lo manejaron de la mejor manera posible y el resto es historia».
Como historia del golf español sería si algún día se cumpliera el auténtico sueño de Manu Elvira: «si algún día puedo jugar la Ryder Cup con mi hermano, después ya me puedo morir tranquilo».



