Diez años menos que Colin Montgomerie ha tardado Robert MacIntyre en ganar el primer gran doblete del golf escocés. El zurdo se ha coronado este domingo a los 29 años en el Old Course de St Andrews. Ha conquistado el Alfred Dunhill Links Championship apenas un año después de ganar el Scottish Open. Ya tiene los dos. El fabuloso Monty fue el único paisano de MacIntyre capaz de hacer algo parecido. Ahora, lo único que le falta a Bob es un Open Championship en Escocia. Lo más bonito. Lo más importante. La trilogía. Lo que nunca consiguió Montgomerie.
Ha sido una victoria fría como el tiempo escocés. Sí, había público, la casa del golf lo ha bendecido como sólo aquellos aficionados saben hacer, pero faltaba algo. Mucho. Para empezar, la emoción de una última jornada saliendo a jugar todos en el mismo campo y en orden contrario a la clasificación. Los más rompedores siguen creyendo que los que no se adaptan al formato a tiro de LIV Golf es sólo porque son unos antiguos, unos rancios, unos cerrados de mente. Habrá de todo. Pero lo de hoy en St Andrews es una demostración más de que cada deporte tiene sus liturgias y hay cosas más prescindibles que otras. La victoria de MacIntyre ha sido descafeinada.
¿Le resta algún mérito a MacIntyre? En absoluto. Más bien al contrario. Lo único que hace es darle todavía más relevancia a su conquista. Por venir de donde viene: Ryder Cup (más fiesta por todo lo alto los dos días siguientes). Por ser como ha sido la semana: el jueves hizo un día de película, se jugó en mitad de un infierno el viernes, la ronda del sábado saltó por los aires y la única que ha sido completamente normal, con viento eso sí, ha sido hoy. No son las condiciones ideales para alguien que viene reventado de Bethpage. Un monumento debería poner a MacIntyre en su pueblo de Oban. O dos. Porque seguro que ya tiene uno.
La victoria de MacIntyre no ha tenido ninguna historia. Impecable. Nada que objetar. Tres tarjetas de 66 golpes. Lo mismo da que fuera Carnoustie, Kingsbarns o el Old Course. Eso sí, le ayudó el hecho de jugar Carnoustie en las mejores condiciones el jueves. Sólo tres bogeys en 54 hoyos. Sensacional. Precisamente, hoy cometía el único cuando la victoria ya estaba en el bolsillo, en el 17 de St Andrews, en el mítico Road Hole. Poco importaba. La frialdad de su triunfo se ha debido, sobre todo, a las horas de salida. Cuando él ha acabado había jugadores a los que todavía les faltaban nueve hoyos. Nadie iba ya a cogerlo, pero toca esperar. Descafeinado.
MacIntyre tiene el don de la oportunidad. No sólo gana torneos buenos, sino que conllevan una gran carga emocional. Quizá es precisamente esto lo que más le mueve. Quitando su primer triunfo en Chipre en el DP World Tour (al margen de la lograda en Kuwait en el Mena Tour en 2017), Bob ha ganado en Italia, en el campo de la Ryder Cup. Ha ganado en Canadá en el PGA Tour, con su padre de caddie. Ha ganado en Escocia, qué decir. Y ahora ha ganado en el Old Course. Qué más se puede pedir. Pues eso, el Open en Escocia… y a poder ser en St Andrews. Es la quinta victoria de su carrera.
MacIntyre ha ganado con cuatro golpes de ventaja sobre Tyrrell Hatton, otro que cada vez que pisa el DP World Tour lo hace bien. Qué competidor. Otro que venía de la Ryder Cup. Otro que venía del domingo más horrible de su vida por la presión. Como si nada. Curiosamente, han jugado juntos este domingo. A cinco golpes en la tercera posición han acabado Richard Sterne, que amarra un año más la tarjeta, y John Parry, que da otro paso de gigante para la tarjeta del PGA Tour.



