«Hola, me llamo Seb y mi bola de golf puede alcanzar los 400 kilómetros por hora». Así se presenta en el tee del 10 el australiano Sebastian Twaddell, especialista en long drive que ha jugado este miércoles el Pro Am del Hero Dubai Desert Classic con Rafa Cabrera Bello. «Ven que nos vamos a divertir con el bicho», dice el canario entre bromas.
El tamaño de Seb ya ofrece una pista. Es un armario empotrado. Un cuatro por cuatro. Un ropero de tres puertas. Una nevera americana. Un camión de mudanzas. Un trastero. Un bloque de pisos. Un auténtico animal. Mide dos metros y, aún así, es más fácil saltarlo que rodearlo. Su cuerpo está esculpido en el gimnasio. El tamaño de su brazo es más o menos con las dos piernas juntas de Rafa. En un campeonato de guantazos lo descalifican por abusón.
Twaddell ostenta el récord del mundo registrado por Trackman de velocidad de palo y de bola. El primero es de 272,9 kilómetros por hora. En el segundo ha llegado hasta 397,19. De locos. Rafa lo explica de la manera más gráfica posible: «Mi velocidad de bola, unas 170 millas por hora (al cambio son más de 270 kilómetros hora) es como su velocidad de palo. Es bárbaro. Si los dos la empalamos desde el tee, me saca fácil más de cien metros», relata Rafa. Damos fe.
Hay expectación a su alrededor. Rory McIlroy, que viene en el partido siguiente, se adelanta para verlo. Tiene un swing poderoso, ancho y con paradiña. Recuerda al de Adrian Meronk, pero en bruto. Hace un backswing más o menos controlado, frena el movimiento a mitad de camino en la bajada, vuelve a subir y suelta un latigazo descomunal. Pobre bola. Tiembla el suelo.

La fuerza la tiene, pero ahora toca ver si es capaz de conseguir que la bola termine en los límites geográficos de Dubai. En el 10 falla la salida muy por la izquierda. Se queda injugable. No crean que Twaddell es una atracción de circo sin más, es un jugador profesional y ha llegado a ser hándicap +4, algo serio, pero desde hace unos años está dedicado al long drive.
En el hoyo 12 detona la primera bomba radiocontrolada. Su drive es sensacional. Describe un efecto al draw maravilloso y se deja de segundo menos de 100 metros. Pega desde atrás, como Rafa. Aquí le ha sacado al canario unos 80 metros. George y Sandra, los otros dos compañeros de partido de Seb, celebran la suerte de tenerlo en su equipo. El formato es Tour Scramble, es decir, se coge la mejor salida de la cuatro, incluido el profesional, y desde ahí cada uno juega su bola. «¿De verdad queréis que pegue el drive?», sonríe gracioso George, un americano de origen sirio asentado en la Costa del Sol. Un tipo listo.
Tee del 13. Clímax. Par 5. Si los pros ya tienen problemas para encontrar la línea exacta que permita al driver quedarse en calle en este hoyos, es decir, no cruzarse a la derecha si sale más abierto de la cuenta, o quedarse en la cuneta de la izquierda si se cierra o va más corto, imaginen para huracán Twaddell. Hay un pequeño parón porque se tira de dos. Por si acaso, McIlroy acaba rápido en el green del 12 y se acerca al tee del 13 para ver al fenómeno…

La bola de Seb sale muy, muy, pero que muy por la izquierda de las líneas habituales que cogen incluso los más pegadores. La sensación es que incluso puede estar en la calle del 8, que viene de frente por la izquierda. Rafa cree que estará en la zona de rough y arena, a medio camino entre los dos hoyos. Seb no opina porque es la primera vez que juega el campo y no lo conoce. Rory no tiene ninguna duda: «Esa bola está en el centro de la calle». Parece imposible, pero McIlroy tiene razón. Allí está. A 100 metros de la entrada de green. Sirva como recuerdo que es un par 5. George y Sandra se relamen. Ha hecho más de 400 metros. Hay que reírse. Rory se ríe.
En el 14 la pierde por la izquierda, en el 16 la falla muy por la derecha y en el 17, con la madera 3, acaba por la izquierda a la altura de green. Si las metiera todas en la calle sería el Número Uno del mundo. O casi. En el 18 llega una nueva bomba. Tres en nueve hoyos. Ni tan mal. La saca por el sitio y vuelve a superar los 400 metros. La deja de nuevo a tiro de wedge, hierro 9 como máximo. El 18 es, ya lo saben, par 5. Aquí le ha sacado más de 100 metros a Rafa. Cierto es que el canario se ha visto algo frenado por el rough de la izquierda. «¡Toma ya! Esa que te la saque el dentista…», comenta Rafa fascinado.
Saliendo del tee del 18 se inicia una interesante conversación entre Rafa y Seb. El australiano confiesa que le está pegando al 80 por ciento para intentar ser algo más seguro. Rafa le pregunta que cuál sería el porcentaje al que tendría que pegar para ser consistente cogiendo calles. Twaddell no lo sabe. La realidad es que ni siquiera entrena para eso, sino para lanzar el palo lo más fuerte y rápido posible. El resto de su juego no es nada malo, algo descontrolado con los hierros, pero fino alrededor de green y deja buenas sensaciones con el putt.

¿Llegará el día que un jugador así pueda dominar el golf tradicional? ¿Se podrá controlar la bola a esas velocidades? Es inevitable hacerse la pregunta viendo al muchachito. Rafa lo ve muy difícil. Es una cuestión matemática. «Rory, uno de los más largos del mundo, tiene una dispersión del tres por ciento en sus drives de 300 metros. Es decir, puede fallar unos nueve metros a la derecha y la izquierda. Si nos vamos a drives de 400, pongamos que la dispersión aumentaría mínimo al 4-5 por ciento. Hablamos ya de fallos que pueden irse a las 12-15 metros, mucho peor si hace viento», explica.
Nada que objetar a lo que dice Rafa. La única duda que se mantiene es si algún día la dispersión podrá ser cero. Ahora mismo parece imposible, pero la ciencia avanza que es una barbaridad, como diría don Hilarión.
Mientras llegamos o no a ese punto, no olviden pedirse a Twaddell para su próximo partido de Pro Am. Es una gozada.



