
Shane Lowry ha llegado al Club de Campo Villa de Madrid con la sonrisa todavía fresca y el pulso, al fin, más estable. O eso parece. No es sencillo cambiar de piel apenas unos días después de una Ryder en Bethpage que se le quedará tatuada “para toda la vida”. “Vuelves al modo torneo, te levantas mañana y toca competir en un gran campeonato nacional con tanta historia”, resume. Es su vida. Aun así, admite el peaje emocional del viaje: “Vienes de un subidón enorme y no voy a mentir: puede ser difícil volver a los torneos ‘normales’. Pero al final eres competidor y siempre quieres ser tu mejor versión”.
La llave de ese regreso la encuentra en dos registros. La primera, Madrid, y la segunda, su palabra. Un hombre de honor. “Ya estaba comprometido a venir y me honra cumplirlo. Madrid es un lugar increíble y es un gran torneo. Es mejor subirse de nuevo al caballo rápido que quedarse en casa dándole vueltas”, concede.
Lowry no esquiva la escena que en cierto modo ha cambiado para siempre su dimensión como golfista. O al menos, le ha añadido una nueva: ese último putt de su duelo contra Russell Henley con Bethpage rugiendo. “Sabía lo grande que era. Estás deseando que falle mientras intentas leer el tuyo y no puedes meterte del todo hasta que no falla. Cuando lo hizo, entré en mi rutina. Habíamos hablado mucho de lo difícil que es ese ambiente. Ha sido de las cosas más duras que he tenido que hacer en un campo… y entró”. Lo cuenta con una mezcla de alivio y vértigo, la misma que le lleva a calibrar la magnitud de lo vivido: “Por cómo lo había construido en mi cabeza y lo mucho que trabajé para esa semana en Bethpage… para mí estuvo incluso por encima del Open. Es algo que le voy a contar a mis nietos”.
Precisamente, hablando de aquel momento, hay una persona que se le viene a la cabeza. “Honestamente, Olazábal es el mejor hombre que he conocido”, pronuncia despacio, como quien coloca una medalla. “Lo más duro del putt del 18 fue mirar y verlo sentado al frente del green, llorando. Sientes el peso de la historia: Seve, todo lo que significa. Tenerle ahí y que me abrazara al embocar fue increíble. Y la relación con Jon que he construido estos años… creo que como equipo Bethpage nos unió mucho; después éramos como hermanos. Eso fue algo maravilloso de toda la semana».
El irlandés ha tenido la oportunidad este miércoles de bajar las pulsaciones jugando nueve hoyos en el ProAm con Carlos Alcaraz. “Le he dicho que su golf no es increíble, vale, pero es bastante mejor que mi tenis. Pasar un par de horas con él, con lo que ya ha logrado siendo tan joven, fue genial”. Entre celebración y celebración —“cayeron unas cuantas botellas de vino y champán con Luke y Rory”—, Lowry insistió en cambiar el chip a tiempo: “Cuando todo termina, miras al futuro: esta semana, la siguiente, y seguir”.
Lowry bendice la decisión de Augusta y el Royal & Ancient de otorgar una plaza para el Masters y el Open a través del Open de España. «Han hecho muy bien en ponerlos en ese pedestal: si ganas aquí, entras. Son de lo mejor de nuestro deporte”. Y cuando la conversación se asoma a 2031, sonríe de nuevo: “La Ryder en España será un éxito. Sede preciosa, logística sencilla, Barcelona muy cerca y la mejor afición: la europea”.
Shane llega con el depósito de emociones lleno, pero con la brújula bien orientada: competir. Y con un ancla que no se le va de la cabeza: aquel abrazo con Olazábal al pie del 18. Si necesitaba un motivo para encenderse de nuevo en el Open de España, lo tiene. Ahora toca ver si el eco de Bethpage puede convertirse, también, en rugido en el Club de Campo. Este jueves y viernes sentirá a la afición española jugando con Ángel Hidalgo y Jon Rahm.


