Nick Faldo, Bernahrd Langer, Ian Woosnm y Sandy Lyle se sientan juntos por primera vez en una divertida y agradable conversación para un podcast del DP World Tour. Si tienen noventa minutos inviertan en esta delicia: «Es la primera vez que nos sentamos juntos en una mesa para una entrevista» reconoce Woosnam. No llevan treinta segundos de entrevista e inmediatamente el primer nombre que sale a la palestra por el propio Ian es el del genio de Pedreña: «Ojalá estuviera aquí Seve, le echo mucho de menos, prácticamente cada día». El legado de Seve es eterno y no deja de impresionar que sea un compañero de batallas el encargado de remarcarlo. Sin duda, el Big Five del Circuito Europeo y que llevaron al tour a cotas inimaginables. 16 Majors, 96 puntos de Ryder Cup y 211 semanas como Número Uno entre los cinco. Ahí es nada en cinco jugadores de una generación de leyenda que nacieron con apenas doce meses de diferencia.
La complicidad entre los cuatro presentes es palpable y todos reconocen a Seve como el gran impulsor de lo que es hoy el circuito. Sandy Lyle, ganador de dos Grandes y cinco Ryders en la mochila así lo cuenta: «Creo que el prendió la mecha. Seve se hizo profesional con apenas 16 años si no recuerdo mal y ya me llegaban a mi historias de un chico que apuntaba muchas maneras. Fue el mechero que incendió todo».
El propio Sandy, un año más joven, recuerda perfectamente la primera vez que se cruzaron: «Yo todavía era un joven amateur y jugué un Pro Am. En un momento determinado Seve se giró y me dijo que era un buen jugador y que las cosas me iban a ir bien». Ese fue el inicio de una bonita relación en la que Lyle cuenta como se iban en cada torneo a hacer entrenamientos juntos y se retaban a hacer golpes difíciles o con hierros 5 desde la arena.
Faldo no olvida tampoco su primer recuerdo con Seve. «Estábamos en Irlanda en el Irish Open, el había ganado recientemente algún torneo, los dos teníamos 19 años. Ahí nos hicimos nuestra primera fotografía juntos».
El inglés narra la influencia de Seve en su carrera y en la Ryder: «Hasta aquella época todos los jugadores eran muy individualistas, lo siguen siendo, pero íbamos a lo nuestro y si queríamos mejorar de vida teníamos que ganar, pero en eso también Seve fue un pilar del cambio y sin duda la Ryder el vehículo para hacerlo posible. Todavía recuerdo cuando perdimos la Ryder de 1983 por un solo punto, estábamos derruidos en el vestuario y entró Seve nos miró a nosotros y a Tony Jacklin y nos dijo que teníamos que estar contentos que habíamos demostrado que podíamos ganarles», comenta Faldo. «Antes de esa Ryder solo unos pocos creían que era posible, al terminar todos estábamos convencidos».
Del Ballesteros capitán, Faldo tiene una imagen grabada: «Cuando llegué a Valderrama me recibió con jamón y melón, me dijo que solo quería que lo disfrutara y que me relajara porque lo importante era que pasáramos un gran semana de competición… eso sí llegó el sábado por la noche y se transformó, le recuerdo gritando y dando golpes en la mesa diciendo que solo servía ganar y que no quería malos golpes el domingo». Así era Seve.
Una de las mejores historias de toda la conversación es cómo Bernhard Langer ganó su primer torneo en el Tour… Dos semanas antes de su victoria, Langer estaba en el putting green de Sunningdale cuando Seve le pidió ver su putter: «Se lo di, tiró tres putts, me devolvió el putter… y se fue caminando llevándose el palo. Y yo pensando: “Un momento, Seve”. Así que le digo: “¿Qué te parece mi putter?”. Él responde: “¿De verdad quieres saberlo?”. Le digo que sí, que por eso se lo preguntaba. Yo admiraba a Seve, probablemente era el mejor pateador que había en ese momento. Me dice: “Bueno, si de verdad quieres saberlo, creo que es demasiado ligero y no tiene suficiente loft. Es una basura, básicamente”.
Dicho y hecho. Langer fue directo a la tienda del club, donde encontró un putter usado, arrinconado en una esquina, y decidió comprarlo. Resultó que había pertenecido a una señora de 85 años que había dejado el golf, así que se lo llevó por solo 5 libras. Esa semana terminó tercero, la siguiente fue segundo y, siete días después, ganó su primer torneo en el Tour en el Dunlop Masters.
En noventa minutos, la conversación ha tenido margen para ir por numerosos derroteros. Langer, por su parte, ha recordado cómo fue su fortuito acceso al golf. Reconoce que era muy bueno en muchos deportes, le encanta esquiar, el ping pong, correr y era muy buen futbolista, pero ¿cómo conoció el alemán el mundo del golf?: «Mi hermano mayor, que después se convirtió en mi manager, apareció en casa con varios billetes, yo tenía nueve años y en un contexto de una familia bastante pobre así que yo me quedé alucinando. Me contó que había hecho de caddie en un club de golf, pero que yo era muy joven para eso. No sabía ni lo que significaba ser caddie, pero vi los billetes y no acepté la negativa y después de insistirle mucho cogí yo mi bicicleta y aparecí en el campo, pregunté y me asignaron un jugador. Salí con su bolsa el primer día y resultó que era el campeón del club, tenía handicap 2 y me dijo que le había caído bien y que yo le iba a llevar la bolsa siempre. Mi primer amor con el golf fue por hacer dinero, no por jugarlo» resuelve entre risas el alemán.
Bernhard recuerda con cariño que sus primeros palos de hecho se los doy ese mismo jugador del club que los estaba cambiando por unos nuevos. Tres palos nuevos unido que a los caddies les permitían practicar en algunos ratos hizo que empezara a jugar con cierta frecuencia. Así comenzó el imperio de Bernhard, por un puñado de dinero y ayudar a la familia. «Era impensable que un chico como yo de un pueblito de 800 personas en medio de Baviera se dedicara a este deporte. De hecho mis amigos de clases se reían de mí. Cosas de la vida parece que acerté». El recorrido de Nick Faldo tiene cierta similitud y confiesa que su entrenador quiso persuadirle de que lo dejara… «solo uno de cada 10.000 consigue llegar a ser profesional» le insistía, «pues yo llegaré a ser ese uno» le dijo Faldo con seguridad.
De los inicios en el circuito el alemán recuerda con bastante humor cómo eran las sesiones de prácticas: «Los clubes nos daban bolas muy malas para entrenar, no sabías si el mal vuelo era por tu culpa o que la bola era pésima. Así que decidimos llevar nuestras propias bolas, pero claro los caddies tenían que estar allí para recogerlas mientras todos entrenábamos. Era muy divertido verles intentar esquivar pelotazos. Hubo alguno que perdió uno o dos dientes», cierra entre risas Langer.
Tres de ellos también han sido capitanes de Ryder. Langer agrandó más su leyenda con un histórico triunfo en suelo norteamericano y Woosnan alargó la racha reteniendo la copa dos años más tarde en Irlanda. Para ambos, sin dudar, la mejor semana de su carrera.
Dos más tarde el turno fue para Nick Faldo en Valhalla. Una experiencia brutalmente infernal «La peor semana de mi vida. La he borrado de mi cabeza, no quiero recordarla. Cuando pierdes un torneo, el lunes trabajas para recomponerte, cuando pierdes una Ryder eres masacrado por los medios y por todo el mundo del golf, nadie quiere hablarte pasas al ostracismo más absoluto. Fue una experiencia brutal, quieres defender a tus jugadores, pero en mi caso no fue nada agradable. Habitualmente cuando los jugadores están compitiendo por la mañana todos desean jugar por la tarde, a mi me pasó lo contrario. Por ejemplo me acerqué a Sergio y le dije que iba a jugar y me contestó que no, que estaba harto, que no quería jugar un segundo más, que llevaba dos semanas con antibióticos y estaba machacado. Obviamente no jugó, pero los periodistas se me echaron encima por no poner al mejor jugador y yo no podía decir la verdad. Fue muy difícil de gestionar», cierra el mito inglés.
Sandy Lyle también ha tenido esa experiencia de amor y odio con la Ryder. «Jugué cinco veces lo cual es algo espectacular, pero me he quedado con la espina de no haber sido capitán. No me quedó otra que mirar hacia adelante, pero está claro que no fue fácil». El escocés jugó en cinco ocasiones, aunque en 1989 el mismo hizo uno de los movimientos más difíciles: «Yo no estaba jugando nada bien y llamé a Tony Jacklin y le dije que aunque agradecía que fuera a estar en el equipo no estaba en un nivel suficiente así que le dije que metiera a otro». No es nada fácil reconocerlo. Pura clase.


