
Glenn Murray lleva, como quien dice, todo el Siglo XXI junto a Sergio García. Fiel caddie sudafricano, escudero y amigo. Hombre de rostro risueño, huye de los focos y no es amigo tampoco de discursos adornados de cara a la galería…
Esta tarde de domingo, cuando el de Castellón atendía aún a los medios, Glenn nos guiñaba un ojo, y apuntaba rotundo: “he’s coming, he’s coming”. Ya viene. Pueden hacerse todas las traducciones literales o literarias que se quieran, porque al final todas nos llevan al mismo sitio: Sergio ha retomado con tino la senda del éxito que pisó con garbo a finales de 2011. Parece cuestión de tiempo que vuelva a ponerse para ganar. Hoy, de hecho, ha rondado la presa con un parcial de seis menos en once hoyos.
Glenn es, entre otras cosas, plenamente consciente de que el juego y los resultados de su jefe dependen en buena medida de la actitud, de toda esa parte indescifrable que es la mente de un deportista de élite. Y por eso está tranquilo. Porque ha visto de qué modo Sergio asumía, por ejemplo, esos seis últimos putts de la vuelta, casi todos perfectamente tocados, pero fallados al fin y al cabo por un error en la lectura de la caída o en la aplicación correcta de la fuerza exacta.
El jugador español mostraba su decepción al acabar la tercera y última vuelta del Qatar Masters, pero no aquella frustración envenenada de antaño. Es muy probable que nada ni nadie hubieran parado hoy a Paul Lawrie, inmenso, pero Sergio ha sentido, como es lógico, que estaba llamando de nuevo a las puertas del triunfo.


